Opinión

Desatinos y desproporciones

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Enrique Peña Nieto y Raúl Castro

El pasado viernes 6 y sábado 7 de noviembre, el presidente y general Raúl Castro pisó tierras mexicanas en la capital de Yucatán. Las prolongadas gestiones del régimen priísta por reconstruir las dañadas relaciones diplomáticas entre México y Cuba, dieron un resultado exitoso y fueron coronadas con la visita del presidente isleño. Visita de Estado que fue denominada, con todos los honres, bandas, guardias de honor, alfombras rojas y sendos discursos presidenciales.

El presidente Enrique Peña Nieto visitó Cuba en el 2013 para señalar con su presencia, su mensaje y su mano abierta a Raúl y a Fidel, que México estaba listo para retomar la histórica y legendaria “relación especial”. Parecía –en círculos políticos y diplomáticos- como la urgente necesidad de “sacarnos la espinita”, de recuperar la ancestral y cómplice relación con el régimen revolucionario vigente más prolongado del mundo.

La inolvidable pifia diplomática de Vicente Fox con el imborrable “comes y te vas” en aquella Cumbre en Monterrey, permanece como el punto máximo de los ridículos presidenciales –y vaya que en ese sexenio tuvimos de sobra.

Hace 13 años que Fidel vino a Monterrey y a México por última vez. Participó brevemente en aquella cumbre, se retiró de la comida de mandatarios –a la que no asistió- y fue a comer en privado con amigos mexicanos que tenía y tiene muchos, para después darse el lujo de cruzar comitivas presidenciales –con la de George Bush y todo su aparato de seguridad- en la carretera que une al aeropuerto con la sultana del norte. Cuando bajó el Air Force One en Monterrey, el avión de la Fuerza Aérea de Cuba estaba aún ahí, listo para ser abordado por el comandante y presidente. Las caravanas se cruzaron en la carretera, así de cerca y por segundos, estuvo Fidel de Bush, contrario a los deseos y exigencias de la propia Casa Blanca y del abyecto Fox al solicitarlo.

Ahora, 13 años después, tal vez en cumplimiento a exigencias de La Habana, otorgamos estatus de visita de estado y calidad de visitante distinguido –a la ciudad de Mérida por el gobierno local- al titular de la dictadura en funciones más antigua del continente y casi, del mundo.

Honrado con discursos y mensajes, himnos y firmas en letras doradas, Raúl cumplió su capricho de recibir honores de Jefe de Estado, aunque el mundo entero sepa a la perfección, que en Cuba se vive un régimen dictatorial de facto. Sin elecciones libres hace más de 55 años; sin un régimen cabal de libertades ciudadanas y de respeto a los derechos humanos; sin oposición política “permitida”, “tolerada” por un gobierno que sigue siendo el mismo, en manos de los mismos hace 56 años; sin medios de comunicación independientes, críticos, libres en radio, prensa o televisión.

Todo esto parece hacerse a un lado cuando el presidente Peña y su gobierno, le brindan honores al general cubano. La decisión histórica y políticamente correcta de Washington de cerrar el capítulo deshonroso del embargo, restablecer relaciones y normalizar actividades de negocios, viajes y comercio, es sin duda la necesaria en el siglo XXI.
Con todo, el presidente Obama ha hecho señalamientos en el sentido de las libertades políticas y democráticas, que aún necesita construir y demostrar Cuba.

Para México es ideal dar un paso adelante y recuperar su relación “privilegiada” de tantos años, ponerse adelante en la fila y promover inversiones y comercio. Todo perfecto, impecable. ¿Pero los honores? ¿los himnos? ¿el visitante distinguido?.

Resulta un contrasentido que México defienda en el mundo un discurso y una postura de defensa irrestricta a los derechos humanos, recibamos en casa a la comisión investigadora de la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso de Ayotzinapa –y con frecuencia, su sobre actuada posición- para luego ir a hacer reverencias y genuflexiones a la Dictadura cubana.

Atinada decisión la de restablecer relaciones de diálogo y respeto internacional; apropiada la de buscar acuerdos e intercambios en turismo, comercio, economía y energía.

Desproporcionado el protocolo, el boato y los honores dispensados. Nos lavamos la cara frente a los Castro, tal vez ahora, nos perdonen. ¡Qué desatino!

Twitter: @LKourchenko

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