Opinión

Derecho a saber

02 octubre 2017 5:0
 
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sismo

ASUNCIÓN, Paraguay.- Esta semana se conmemoró el Día Internacional del Derecho a Saber. Extraviado entre las tragedias que nos aquejan y las efemérides que nos acechan, puede pasarse por alto la importancia de este derecho fundamental, hasta hace relativamente poco, no nato en México.

En tanto integrante del primer núcleo redactor de la Ley Federal de Transparencia (Grupo Oaxaca, como nos bautizó G. Thompson, del New York Times), la sociedad civil organizada de Paraguay me invitó a Asunción a un Congreso en el que sentaron a los precandidatos a la presidencia de la república para firmar un pacto protransparencia que pondrá en marcha quien gane. Si bien el camino del acceso a la información lleva mucho más tiempo y avances en México que en Paraguay, ¿pueden imaginarse a nuestros precandidatos en la misma mesa, frente a la sociedad civil y los medios, comprometiéndose juntos a transparentar sus acciones? Yo no.

Pocas características tan definitorias de nuestros tiempos como la información. Con más de 100 millones de teléfonos celulares en el país, acceso a redes y en general un mundo interconectado, el “estar enterados” se da por descontado. Más aún por los jóvenes que mueven sus dedos por teléfonos y tabletas de una manera inalcanzable para los no millennials.

Sin embargo, hay pocos sucesos tan relevantes en la historia como la forma en que nos fuimos conectando a través de la información. De las pinturas rupestres de la última glaciación (hace 40,000 años) al Código de Hammurabi (Babilonia, 1,750 aC.) mucha agua corrió para tener la primer ley pública; es decir, reglas que se comunicaban a los integrantes de una sociedad. Después de inventada la escritura, por muchos siglos los libros se difundieron en copias manuscritas hechas por copistas que no sabían leer, sino que imitaban signos que no comprendían. Había copias de libros, cuya hechura podía llevarse hasta diez años. En 1459, Gutenberg inventó la imprenta y cambió la historia para siempre con la difusión masiva del conocimiento. Tanto, que Lutero reconoció en ello una especie de hecho divino, pues con la impresión de la Biblia se quitaban intermediarios (curas, obispos, cardenales y el mismo Papa) entre los hombres y Dios.

El derecho a saber implica preguntas incómodas a los tenedores públicos de la información; y ya que estamos con Lutero, recordemos que su separación de la Iglesia católica comenzó con el cuestionamiento ético de las indulgencias. Sus tesis contra la avaricia y el paganismo fueron clavadas en las puertas de la iglesia del Palacio de Wittenberg, se copiaron y rápidamente se difundieron por toda Europa; uno de los casos más trascendentes del inicio de la imprenta.

Siguiendo con la historia, James Watt, en 1775, mejoró sustancialmente las máquinas de vapor (optimizando su energía) y ello derivó, entre otras cosas y hasta 1840, con el inicio de procesos mecánicos para triturar madera y convertirla en pulpa de celulosa que deviene en papel, superando por mucho el papiro egipcio, los pergaminos grecorromanos, las pieles de cabra curtidas con cal, bambú, seda, arroz, cáñamo y algodón.

De la pregunta incómoda de Lutero, la imprenta de Gutenberg y la máquina de Watt a la unión de redes y computadoras que comenzó en las universidades de California en el 69 (anunciando el comienzo de la Internet), el derecho a saber deviene en consecuencia ineludible.

Conmemorarlo sólo puede hacerse con la honra de hacer público lo que es público, lo que no sucede con el registro de algunos constructores de edificaciones caídas en el sismo, la nula transparencia del Fonden, las encuestas de Morena para escoger candidato al Gobierno de la Ciudad de México, las investigaciones sobre Odebrecht, la casa blanca, los familiares huachicoleros, los bienes de Anaya y un largo etcétera que se nos sigue presentando como zanahoria enfrente del camino del Estado.

Desde luego que también es momento de balances positivos. De ese remoto 2001 en el que un grupo de profesores empezamos a discutir la necesidad de regular la información pública, a la lógica de los gobiernos abiertos y el manejo de redes de hoy, la información ya está dispersa en el mundo para consultarse de manera remota (World Wide Web); los mexicanos sabemos más de lo nuestro y ya es parte de lo cotidiano la denuncia por opacidad o mentira; las herramientas jurídicas y tecnológicas para que el Estado cumpla con su obligación de informar, responder y rendir cuentas; y, en suma, para hacer valer nuestro derecho a saber.

Twitter: @salvadoronava

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