Opinión

Depresión

 
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Hombre exitoso

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo:
Epicuro de Samos

He vivido, hasta donde me alcanza la memoria, condenado al vacío de la insatisfacción. Fui muy pobre de niño y casi no tuve madre ni padre. Las carencias apremiantes los obligaron a dejarme encargado con quien podían: una tía, una vecina, la portera del edificio o quien estuviera disponible. El caos de mi crianza me dio una extraña libertad emocional, que hoy puedo reconocer como incapacidad para el apego.

Tenía varias madres adoptivas que cambiaban cada semana. Unas eran amables, otras frías y exigentes, algunas casi no me hablaban, pero. en general, me acostumbré a cambiar de cuidadoras y a despedirme para siempre sin derramar una sola lágrima.

Desarrollé dos síntomas derivados de mi infancia accidentada: una obsesión por las mujeres con pinta de buenas madres, nobles de corazón y capaces de cuidar. Me he enamorado decenas de veces a lo largo de cinco décadas de vida. Necesito seducir y después abandonar.

El segundo síntoma fue la aparición de un miedo enfermizo al sufrimiento y terror a la muerte. Además de caótica, mi vida infantil estuvo llena de maltratos físicos, de castigos atroces, de prohibiciones y exigencias inhumanas. Mis padres fueron más duros conmigo que con mis hermanos. Supongo que por ser el hijo mayor, las expectativas eran más altas. Quizá soñaban con que los sacaría de la pobreza algún día.

El sueño se volvió realidad y me convertí en el hijo exitoso de una familia de perdedores, que jamás salieron del pequeño pueblo en el que nacimos. Yo me fui de la casa en la que nací cuando cumplí 18 años y jamás regresé. Solamente a veces, cuando había algo que celebrar, a darles regalos y dinero, a resolver algún problema, a tirarles en la cara que había logrado domar a la vida como ninguno de ellos soñó.

Viví mi vida buscando el placer y evitando el sufrimiento lo más posible. Mi hedonismo no era una filosofía de vida, sino un arma mortal: Despedido de varios trabajos por irresponsable, divorciado tres veces por infidelidad sistemática, adicto a las mujeres maternales y al alcohol.

Podrán imaginarse que no he sido feliz. Me encuentro con mis recuerdos cuando sueño, el pasado se vuelve presente, los muertos reviven, las personas a las que he lastimado regresan por venganza mientras intento dormir.

A pesar de las muchas mujeres que he tenido, de los bienes materiales que he logrado acumular, a pesar de que he tenido más de lo que necesito, hay algo muerto adentro de mí. Lo siento cuando el tiempo pasa rápido y me lleno de angustia al verme desolado. He matado todos los afectos que algunos sentían por mí, me aterra la posibilidad de enfermarme, veo a mis padres viejos y vencidos.

Aunque he pensado que soy mejor que ellos, sé que el mundo ha dejado de interesarme y que me espera la nada cuando regrese a casa. Mi última ex mujer me odia y mis hijos también. En vano trato de consolarme con nuevas compañías, que últimamente tengo que pagar.

Podría destruir el pequeño y ridículo reino que he levantado, a cambio de un poco de ternura. Lo regalaría en un segundo si alguien me garantizara que dejaré de tener miedo de morir y que dejaré de odiar a los que han sabido vivir, necesitando menos que yo. Odio a la gente que está viva, que ama, que sabe quedarse, que siente gratitud.

Yo, el hombre de éxito, siempre acompañado por una mujer hermosa, soy en el fondo un pobre tipo deprimido, incapaz de sentir el placer que siempre perseguí. La gran paradoja de mi vida: Temo la muerte pero la muerte está dentro de mí.

Twitter: @valevillag

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