Opinión

Democracia para realistas

 
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¿Somos racionales los votantes? ¿Nuestro voto refleja nuestras preferencias ideológicas o nuestras posiciones en relación con distintas opciones de política pública? ¿La democracia asegura la elección de aquellos aspirantes a gobernar que mejor representan las preferencias y los intereses de la mayoría de los electores?

La respuesta del libro Democracia para realistas a las preguntas con las que abro este texto es un contundente “no”. Como muestran sus autores, Achen y Bartels, a través de diversos análisis empíricos rigurosos y originales sobre el comportamiento electoral en Estados Unidos a lo largo del siglo XX, los votantes suelen estar muy mal informados, no son particularmente racionales, y no deciden su voto a partir de sus preferencias ideológicas o de política pública.

En 1916, Woodrow Wilson logró, por un margen estrecho, la reelección presidencial. A diferencia de 1912, sin embargo, en 1916 Wilson perdió su estado natal: Nueva Jersey. Según muestran Achen y Bartels, ello fue el resultado del enojo y pánico causado por un conjunto de muertes por ataques de tiburón, poco antes de la elección presidencial entre los votantes de los pueblos de playa de ese estado.

En el año 2000, durante la contienda por la presidencia norteamericana, G.W. Bush abogaba por que los trabajadores pudiesen invertir sus impuestos de nómina en la bolsa de valores, mientras que Gore se oponía a ello. Análisis muy rigurosos del comportamiento de los votantes en relación a ese tema muestran que, contra lo que suele pensarse, las posiciones de los candidatos no recogieron las preferencias de sus electores, sino que estos últimos tendieron a mover sus posiciones para ajustarlas a la de su candidato predilecto.

Achen y Bartels argumentan que estos casos, lejos de ser una aberración en el funcionamiento normal de la democracia, ofrecen ejemplos típicos del papel decisivo que juega la emoción, modulada por las circunstancias más próximos a la contienda electoral y por la identificación partidaria o de grupo, en las decisiones de los votantes.

Lo que mueve las decisiones de los votantes a decidirse son las emociones y los eventos más próximos a la contienda electoral, tamizados por su identidad social. En particular, por la identificación con un partido político, construida a través de procesos de socialización temprana dentro de la familia, la escuela y/o el grupo étnico o social de pertenencia y –de vez en vez–modificada por coyunturas o sucesos críticos, tales como una guerra o un gran escándalo político.

Los ciudadanos no conocen con precisión sus propias preferencias y no suelen contar con (ni buscar) la información requerida para elegir entre candidatos con base en ellas. Los votantes actúan movidos por apegos o rechazos emocionales, influidos por sus identificaciones partidarias o de grupo, así como por el impacto de sucesos muy próximos temporalmente a la contienda electoral (incluyendo, centralmente, los que afectan su situación económica). Más que elegir, con base en un cálculo racional bien informado, al candidato/a que mejor representa sus preferencias e intereses, los electores primero se identifican con él o ella en función de su afiliación partidaria y de grupo y, en el camino, ajustan sus preferencias a los del candidato/a que mejor representa al colectivo social del cual se sienten o quieren sentirse parte.

En el caso de los votantes independientes (aquellos sin identificación partidaria dura, de los cuales hay un porcentaje creciente y cada vez más decisivo en muchos países, incluido México), cobran especial fuerza los elementos no racionales. En particular, las reverberaciones emotivas provocadas por el carisma o familiaridad del/la candidato/a, su asociación con un determinado grupo de referencia (de clase, ideológico, étnico o religioso), así como el clima social del momento electoral.

Si en algo se parecen los procesos electorales en México y Estados Unidos, lo que habremos de ver en la contienda que inicia, será mucha interpelación emocional y muy poca sustancia. Frente a ello, los únicos contrapesos efectivos son: alertar a los electores al respecto y, sobre todo, fortalecer la capacidad de los grupos mayoritarios con menor voz pública para articular y expresar sus preferencias. Esto último, pues, al final y como señalan Achen y Bartels, las elecciones las deciden no los individuos libres e informados, sino los grupos fuertes y bien organizados.

Twitter: @BlancaHerediaR

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