Opinión

Democracia formal y democracia real

Hoy inicia formalmente el proceso electoral 2014-2015. El Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE) dará el banderazo de salida a las 11 de la mañana. Aunque las campañas de diputados federales inician hasta el 4 de abril del próximo año y las locales (gobernador, alcaldes y diputados) entre marzo y mayo, la preparación logística comienza con muchos meses de anticipación.

La democracia formal de las elecciones caminará de la mano de la democracia real que exhibe deterioro en muchos frentes. Habrá elecciones en Guerrero cuando la entidad se desmorona en corrupción, violencia y destrucción del tejido social. También en Michoacán que requiere una reconstrucción política y social que llevará varias décadas completar. La desaparición de 17 jóvenes normalistas en Iguala es uno de los recordatorios más trágicos de la lejanía entre el mundo de las instituciones políticas y el bajo mundo de la realidad violenta.

Muchos problemas padece la democracia mexicana. Menciono dos. Por una parte, una sociedad con escasos valores cívicos y apática a participar más allá de las urnas. Por otra parte, una baja cultura de la legalidad que alimenta la impunidad y contribuye al delito y la violencia.
Sin participación ciudadana, no hay contrapesos a la acción de gobierno. Según el Informe País sobre la Calidad de la Ciudadanía en México publicado por el INE y el Colegio de México, sólo 12 por ciento de los mexicanos ha asistido a una reunión de cabildo (la figura de gobierno más cercana a la gente); 9.0 por ciento ha firmado una petición en señal de protesta y 6.0 por ciento ha asistido a una manifestación o protesta pública.

La baja calidad ciudadana también se refleja en la escasa membresía a organizaciones cívicas: sólo 10 por ciento de la población forma parte de alguna organización religiosa; el resto de las organizaciones están muy por debajo: padres de familia (6.0 por ciento), partido político (3.3 por ciento), voluntariado o beneficencia (2.0 por ciento) y organización ambientalista (1.2 por ciento). En contraste, los gobiernos son empleadores de millones y millones de mexicanos. Un país estatólatra (venerador del Estado) pero ajeno al emprendimiento social.

Asimismo, el estudio del INE muestra la baja cultura de la legalidad que prevalece. 66 por ciento de los mexicanos cree que la ley se respeta poco o nada. Las cifras son consistentes con aquellas de la Encuesta Nacional de Valores de Banamex: 49 por ciento de los ciudadanos cree que rara vez o nunca se respetan las leyes en México.

La baja calidad de la ciudadanía va de la mano del creciente delito que México sufre. Según la Encuesta Nacional de Victimización del Inegi publicada la semana pasada, en 33.9 por ciento de los hogares mexicanos hay al menos una víctima de algún delito. Eso se traduce en 22.5 millones de víctimas el año pasado, una cifra mayor que en años anteriores. Sólo en 2013 habrían ocurrido en México 132 mil secuestros, cuando la cifra denunciada es de menos de dos mil.

La mayoría de ese enorme volumen de delitos queda impune. La cifra negra sigue en niveles muy altos: 93.8 por ciento de los delitos cometidos no son denunciados, ya sea por falta de confianza en las instituciones de justicia o porque el ciudadano no cree que la denuncia sirva de algo. Esto no sólo se traduce en el debilitamiento de las instituciones políticas, sino que afecta considerablemente la impunidad: nadie denuncia, nadie castiga. Delinquir es racional porque las expectativas de ser aprehendido y pagar con la libertad son muy bajas.

La alta incidencia delictiva va de la mano de la baja calidad de la democracia en dos sentidos. Cuando ocurren muchos delitos que quedan impunes se afecta el tejido de la sociedad: desconfianza, cinismo, alejamiento, apatía, justo lo opuesto de lo que se requiere para construir capital social. Asimismo, el delito también es consecuencia del mal desempeño de las instituciones de gobierno: policías corrompidas y mal capacitadas y un sistema de procuración de justicia quebrado que apenas recibe atención y los primeros pasos para decantarlo.

Que haya elecciones formales en medio del deterioro de la democracia real es una buena noticia. Pero si se celebra el formalismo democrático sin prestar atención al declive de calidad democrática, corremos el riesgo de festejar la fachada en lugar de rediseñar la estructura de la casa. El estado de Guerrero es la imagen nítida de una democracia que ha avanzado notoriamente en el formalismo electoral pero atrapada por sus vicios, su ilegalidad y la apatía de la sociedad.

El INE organizará bien las elecciones de 2015 a pesar de las deficiencias de la reforma electoral. Pero el profesionalismo del INE y ojalá la amplia participación de los mexicanos el día de la jornada electoral son insuficientes y con frecuencia irrelevantes para remediar los problemas estructurales de la democracia mexicana. La fachada se ve bien, pero las tuberías de la casa se han roto.

Twitter: @LCUgalde