Opinión

Dejar a los mitos en sus panteones

Es cosa de días para que la legislación secundaria de la reforma energética, que ya pasó por la Cámara de Senadores, también pase la aduana de la de Diputados. Y también para que el tema fiscal que tiene a la de Diputados como origen vaya a la de Senadores.

Nadie que conozca cuál es la dinámica política del país duda de que esta reforma ya esté promulgada y convertida en ley antes de que termine la primera quincena de agosto.

¿Significa esto que desde el próximo mes llegarán masivamente las inversiones extranjeras y tendremos un boom de la energía? O, como dicen los opositores a la reforma, ¿quiere decir que nos colonizarán los extranjeros desde el próximo mes?

La vida y la economía son mucho más complejas que lo que quieren hacernos creer frecuentemente los políticos. No tienen razón ni los apologistas ni los opositores.

Desde este espacio le he comentado en diversas ocasiones que, en mi opinión, el aspecto más trascendental en el corto plazo de la reforma no tiene que ver con la reforma constitucional sino con el cambio de esquemas que permitirá que en el país abunden los gasoductos y que este combustible llegue a centrales eléctricas, industrias, comercios, hogares y hasta a los automóviles.

No tengo ninguna duda de que los aspectos de la reforma energética que apuntan a la competencia del sector eléctrico o a la inversión privada en los hidrocarburos, van a tener un efecto positivo.

Pero, por ejemplo, la producción de más crudo en aguas profundas o de gas shale en Coahuila y Nuevo León, van a tardar varios años y van a ser significativos hasta después de este sexenio.

Lo que hemos estado viendo en el Poder Legislativo nos revela el hecho de que nuestros legisladores apuntan más al interés ideológico.

No he visto a nadie que esté discutiendo cómo agilizar y simplificar el desarrollo de los gasoductos, que frecuentemente se topan con la especulación asociada a los derechos de vía. Y en cambio, hay personajes de la prehistoria (como Manuel Bartlett) rasgándose las vestiduras por un asunto de propiedad que para todo propósito práctico es irrelevante.

Los críticos del cambio de reglas en el sector energético pierden de vista que por muchos años esta industria ha sido virtual propiedad de los sindicatos y de los burócratas.

Incluso la renta petrolera, que en buena medida se ha transferido a las entidades, ha acabado dilapidada por gobiernos locales que en el mejor de los casos han sido ineficientes y, en el peor, corruptos.

La reforma energética no es ninguna pulsera mágica. Si se ejecutara mal el tema de los gasoductos, sus efectos positivos tardarían más años y serían inciertos.

Pero no cambiar sí garantiza que la economía mexicana se quedaría varios años más en el estancamiento o en el crecimiento reptante.

Pero lo más importante es que una reforma como ésta muestra que como país estamos en disposición de pensar las cosas de nuevo, ver hacia adelante y de dejar a los mitos en sus panteones.

¿Podremos hacerlo realmente? Más nos vale.

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