Opinión

Déficit de credibilidad

    
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Smartphone, celular (Shutterstock)

Uno de los rasgos más notables que muestra la opinión pública mexicana, hoy en día, es su incredulidad. Estamos expuestos a un impresionante flujo de información que proviene de diversas fuentes a una velocidad trepidante, pero que termina topándose con un muro de escepticismo. La gran mayoría de los mexicanos no cree gran parte de la información a la que está expuesto, independientemente de cuál sea su origen.

Tomemos por ejemplo la noticia del sábado pasado: la detención del exgobernador Javier Duarte en Guatemala. Más que beneplácito, la noticia generó dudas. A su vez, las dudas provocan teorías conspirativas en torno a cada detalle que se reporta. El líder nacional de Morena tomó incluso medidas preventivas ante la amenaza latente de que Duarte lance acusaciones y señalamientos. Resultado: más dudas, más incredulidad.

Podemos seguir sumando ejemplos, pero el tema es que los mexicanos manejan la información política con desazón. La gran mayoría no cree lo que ve, lo que lee o lo que escucha en los medios, pero tampoco en las redes sociales, y mucho menos si la fuente directa son los políticos.

De acuerdo con la reciente encuesta nacional de EL FINANCIERO, realizada a finales de marzo, apenas 28 por ciento de los mexicanos le cree (mucho o algo) a lo que dicen los medios de comunicación, mientras que 71 por ciento no les cree. A internet y redes sociales no les va mejor: 22 por ciento cree la información que se transmite por esas vías, mientras que 67 por ciento no la cree.

Hay un marcado déficit de credibilidad tanto en los medios tradicionales, como en las nuevas tecnologías de información. Por cada mexicano que sí cree lo que se dice, hay hasta tres que no lo creen.

Ni siquiera la sociedad civil cuenta con una mayor credibilidad que los medios. Según la encuesta, realizada a mil 120 mexicanos adultos, sólo 23 por ciento cree lo que dicen las organizaciones civiles, frente a 73 por ciento que no les cree.

En la reciente confrontación de algunas organizaciones civiles con el gobierno por el controvertido nombramiento en Inegi, a las primeras se les cree un poco más, pero lo cierto es que la mayoría de los mexicanos no le cree a ninguno.

El caso Merodio no fue una batalla legal ni jurídica, sino una batalla por ganar a la opinión pública y tratar de influir en la decisión del Senado. En lo segundo ganó el gobierno; en lo primero perdieron ambas partes, al imperar la incredulidad.

El sondeo de EL FINANCIERO revela que solamente 11 por ciento de los entrevistados le cree a lo que dice el gobierno, mientras que 87 por ciento no le cree. Pero este enorme déficit de credibilidad no es solamente del gobierno, sino también de la clase política en su conjunto, sin importar el color o tendencia. Según la encuesta, 11 por ciento le cree a lo que dicen los políticos, mientras que 89 por ciento no les cree. Y no está por demás: en las campañas electorales los candidatos se acusan mutuamente de mentirosos. ¿A quién creerle?

De acuerdo con el estudio, 29 por ciento de los entrevistados dijo estar de acuerdo con la frase “la gente quiere creerles, pero los políticos no dicen la verdad”. En contraste, 68 por ciento considera que “aunque los políticos digan la verdad, la gente ya no les cree”.

Estos resultados son muy reveladores. Casi un tercio de los mexicanos está dispuesto a creerle a los políticos, con todo y que hay una expectativa latente de que no hablan con la verdad. Por otro lado, dos tercios de mexicanos ya no les creen a los políticos ni aunque digan la verdad. El panorama es desolador: los puentes de la credibilidad están casi todos quemados.

La tarea obvia hacia adelante es reconstruirlos, pero no se antoja fácil. Y una de las dificultades es, en mi opinión, el hecho de que hoy es socialmente aceptable decir que no se les cree a los políticos. La suspicacia se ha hecho moda. Habrá que ver quién y cómo la revierte con otra moda. Por lo pronto, nos dirigimos hacia 2018 en un acorazado de incredulidad.

Twitter: @almorenoal

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