Opinión

Decisiones

   
1
    

    

Decisiones (Shutterstock)

Puede ser que rara vez nos cuestionemos sobre la importancia de decidir. Es posible que se deba a que pensamos que elegir de acuerdo a nuestros “verdaderos deseos” es muy importante. Que nada inhiba o censure el valor supremo de las decisiones individuales.

Quizá pensamos que la felicidad reside en elegir entre una cosa y otra. La cultura norteamericana es la máxima representante de esta forma de pensar en la que el individuo está por encima de la colectividad en términos de decisiones. Los Estados Unidos son maestros en ofrecerle al mundo 50 marcas de pantalones de mezclilla, 35 mil títulos de libros que pueden ser comprados en línea, sitios de encuentros románticos que ofrecen un millón de posibles candidatos, con la fantasía de también estar comprando felicidad y libertad al tener tanto de donde escoger.

Las investigaciones han probado lo contrario. Cuando hay más de 10 alternativas para elegir, la capacidad de discriminar las diferencias entre opciones disminuye. Por ejemplo, la compulsión por las citas románticas que se despierta (o se exacerba) en muchos adultos que usan la aplicación de Tinder, los ha alejado del paraíso fantaseado de la diversidad para sumergirlos en la angustia de la duda: siempre podrían encontrar a alguien mejor. Más guapo, inteligente, divertida, alta, delgado, interesante, etcétera.

Sheena Iyengar, quien es una notable investigadora que ha dedicado su vida profesional al estudio de las decisiones, encontró que en países como Japón, las elecciones con impacto colectivo son muchos más valoradas. O que elegir entre muchas opciones se considera un sinsentido o un acto temerario por personas que vivieron en regímenes totalitarios durante mucho tiempo.

Ante la ausencia de libertad, elegir les despertaba temor o desprecio.

Iyengar afirma que no hay grandes diferencias entre unas cosas y otras, sobre todo entre marcas, que hacen todo lo posible porque los consumidores crean que la suya es la mejor.

A veces es insuficiente la información o la preparación para elegir. Por ejemplo, unos padres que con tal de respetar el libre albedrío de sus hijos adolescentes, son incapaces de frustrar sus deseos sin tomar en cuenta que no cuentan todavía con todos los recursos para decidir sobre ciertos asuntos.

Es frecuente que la gente pase horas valiosas rumiando las decisiones que debe tomar. Cuándo y cómo actuar no puede responderse con una fórmula matemática que garantice la la mejor elección. La gente piensa y piensa sobre el momento perfecto para casarse, divorciarse, tener hijos, cambiar de trabajo. elegir una pareja y no otra o el destino de un viaje. Hasta el restaurante elegido para cenar puede volverse un dilema existencial.

Tal vez hemos creído sin cuestionárnoslo, que la libertad de elegir nos hará libres, felices y exitosos. Que podremos tener cualquier cosa que deseemos.

Iyengar también advierte sobre la parálisis del relativismo moral: si todas las decisiones son iguales, podríamos elegir nunca elegir, lo cual tampoco es una opción realista.

Quizá la idea más poderosa sobre tomar decisiones sea aceptar el riesgo implícito en decidir. A pesar de sesudas reflexiones, de análisis infinitos de ventajas y desventajas de una decisión contra otra, es posible que fallemos. Vivir también es correr riesgos.

Quizá en mentes exageradamente individualistas, no vendría mal pensar más en la colectividad. Tal vez los cerebros que han sido colonizados por el consumismo, podrían darse cuenta de que hay muy pequeñas diferencias entre un coche y otro, entre unos zapatos y otros, entre vivir en el tercer piso o en el cuarto.

Una de las grandes habilidades para la vida, es simplificar lo que es simple y quizá también, lo muy complejo.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
La violencia del desamor 
Simplemente humanos
Reflexión y diálogo interior