Opinión

¿De verdad somos
tan diferentes?

¿Qué tan diferente es la economía mexicana respecto a la que tienen otros países emergentes?

Hay ciertas cualidades de la economía mexicana que nos distinguen de otros emergentes, sin duda. Pero a veces, me parece que tendemos a pensar que somos más diferentes de lo que realmente somos.

En el marco de la visita del secretario de Hacienda a Nueva York el día de ayer, éste se refirió a la reunión convocada por William Dudley, presidente de la Reserva Federal de Nueva York, a la que asistieron representantes de fondos de inversión.

En dicho encuentro, se abordó el tema del retiro de los estímulos monetarios y del efecto que podrían tener sobre las naciones emergentes “y cómo México tiene una posición distinta a la de muchos países emergentes, por tener fundamentales más sólidos”.

Entrecomillo la expresión del secretario de Hacienda, en la conferencia de prensa en Nueva York, ayer.

Tiene razón Luis Videgaray, hay muchos emergentes que no tienen fundamentales suficientemente sólidos.

Pero hay que tener cuidado de no creer que somos de otro mundo.
Seguimos siendo parte de los emergentes y muchos inversionistas así nos ven.

Por ejemplo, los siguientes países tienen calificaciones de Moody’s más altas que México: China, Chile, Botswana, República Checa, Estonia, Polonia, Eslovaquia; y Malasia está calificada como nosotros, A3.

Claro que estamos mejor calificados que Brasil, Argentina o Perú, por citar a algunos de América Latina.

Otro tema del que se ha hablado es que el peso mexicano es menos susceptible que otras monedas a la volatilidad que se ha presentado en los mercados.

Nuestra divisa cerró ayer en Nueva York a 13.28 por dólar, lo que implica una depreciación de 1.84 por ciento en este año. Pero el real de Brasil ha sufrido una caída de sólo 1.73 por ciento; la rupia de la India, de 0.27 por ciento; el ringgit de Malasia, de 1.5 por ciento o el won de Corea, de 1.5 por ciento. Claro, ni punto de comparación con el bath de Tailandia, que se depreció en 9.4 por ciento o con el peso argentino, que ya lleva una devaluación de 20.1 por ciento en el año.

Sin embargo, no hay una diferencia notoria respecto a lo que le ha pasado al peso en contraste con algunas varias de las monedas que referimos.

No quiero ser aguafiestas, pero a veces me parece que tenemos la tendencia a perder fácilmente las proporciones.

Es cierto que tenemos una extraordinaria oportunidad para consolidar el crecimiento del país y lograr que en los próximos años tengamos una de sus etapas más brillantes, pero no hay que confundir la oportunidad con realidad.

La oportunidad aparece cuando se hace posible algo que antes no lo era. Sin embargo, aún no es realidad.

Para convertir la oportunidad en realidad, se tienen que desencadenar acciones diversas, del gobierno y de la sociedad.

Quienes ya tenemos algunos años observando la realidad del país, sabemos que ésta no es la primera ocasión que México se ve frente a una oportunidad.

Pero pareciera que nos hemos especializado en dejarlas pasar por razones de lo más diverso.

Le cito sólo tres momentos. Al comenzar la década de los 80, en la etapa del boom petrolero, hubo la opción de gestar una estrategia industrial que aprovechara la ventaja comparativa que daba la abundancia de divisas. No sólo no se construyó una estrategia de crecimiento sino que se adoptaron políticas que desencadenaron la crisis de 1982.

Cuando firmamos el TLC, hubo la oportunidad de diseñar políticas para generalizar los beneficios que traería. No lo hicimos y el crecimiento se concentró en las empresas exportadoras.

Y, luego, con el triunfo de Fox y la alternancia, otra vez se creó una oportunidad de cambiar, que dejamos pasar por frivolidades y políticas inconsistentes.

Recordemos. Hoy sólo hay oportunidad, hay que hacerla todavía realidad.

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