Opinión

De qué se trata

   
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México

Me parece que estamos en un momento muy especial, que no está siendo bien comprendido. En la historia de México hemos vivido pocos regímenes políticos. Después de la Independencia, tardamos más de cuarenta años en iniciar la construcción real del Estado, con Juárez, que se consolidó en los treinta años de gobierno Porfirista. Como todas las dictaduras, el problema de la sucesión no estaba resuelto y entramos a un proceso violento que después se ha llamado Revolución: todos contra Díaz, el triunfo de Madero y la traición de Huerta, todos contra Huerta, todos contra todos, el triunfo de los Sonorenses y luego su autodestrucción, hasta que el general Cárdenas logró construir un nuevo régimen, adecuado a su tiempo, eficiente y fácilmente legitimable, porque reflejaba muchas características de la Colonia.

Ese régimen entró en crisis en 1988, con el rompimiento del hijo del general, y llegó a su fin en 1997, cuando el Poder Legislativo dejó de estar en manos del partido del presidente. El proceso de cambio del centro de poder no era trivial, y se resolvió sobornando a los gobernadores, que empezaron a recibir cada vez más dinero. La contracción del poder presidencial liberó a todas las corporaciones, provocando el ascenso de lo que ahora llaman 'poderes fácticos'. El intento de restauración de la actual administración fue un fracaso, y ahora estamos por terminar esa etapa, dos décadas después. De eso se trata 2018.

Cuando se analiza así, resulta más claro el porqué los partidos actúan como lo hacen. El PAN se creó para enfrentar al régimen de la Revolución, y cuando éste fracasó de plano (en 1982-1986), se convirtió en una verdadera opción de poder. El PRD fue resultado de la fractura interna del régimen, y permitió el acomodo pacífico de la misma, atemperando el golpismo por un tiempo. El regreso del PRI a la presidencia, y su intento de restauración, fuerzan a un nuevo arreglo.

En contra de la opinión publicada, nada hay de inercia en este proceso. No parece que el caudillo de 2006 y 2012 tenga posibilidades reales de competir en esta ocasión, porque el mercado del nacionalismo revolucionario se ha reducido significativamente. Tampoco es claro que la restauración priista haya tenido algo de éxito: gobiernan la menor cantidad de estados de toda su historia, y tienen a más de la mitad de la población francamente en contra, según las encuestas. Los ciudadanos parecen estar ya hartos de lo que mantuvo al viejo régimen en funcionamiento: la discrecionalidad, es decir, la impunidad, es decir, la corrupción e inseguridad.

Si esas dos opciones ofrecen lo mismo, el viejo régimen en dos versiones, una más ideológica y otra más pragmática, el espacio para una propuesta diferente, centrada en el fin de la discrecionalidad, me parece inmenso. La forma de construir dicha propuesta, en ideas y en personas, no depende del gusto de los que escribimos, sino de las posibilidades políticas. Por eso me parecen excesivas, si no francamente equivocadas, las críticas a la construcción del Frente Ciudadano, o como se llame. Si, como sostengo, nos encontramos en una etapa de reconfiguración política, entonces es necesario desarticular las viejas formas. El PAN de hoy no es el de 1939 ni el de mediados de los ochenta. El PRD ha dejado atrás al nacionalismo revolucionario que lo cimentó en su origen. Puesto que están formados por políticos, los mueve el acceso al poder. Enfrentar no sólo dos opciones restauradoras, sino una mentalidad construida por décadas de adoctrinamiento, exige pasos sólidos que desde la ingenuidad buenista son calificados de imposición, dictadura, o abuso de poder. Todo esto, si la frivolidad de Mancera o la codicia de Bautista, no lo hunden.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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