Opinión

De peces gordos y un fiscal daltónico

   
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Ricardo Anaya, dirigente nacional del PAN.

El pasado miércoles tuve el honor de participar en un foro organizado por el Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República y por el Colectivo Designaciones contra la Corrupción e Impunidad, donde hablamos sobre la futura fiscalía anticorrupción (más formalmente Fiscalía Especializada en Materia de Delitos Relacionados con Hechos de Corrupción). Aprovecho este espacio para compartir algunas de las ideas que expuse en el foro.

Comienzo por subrayar que el combate a la corrupción es mucho más que las investigaciones de alto perfil que vemos, o quisiéramos ver, en la prensa. La corrupción en México es un problema generalizado que desafortunadamente no se resolverá metiendo a la cárcel a unos cuantos 'peces gordos'. La corrupción –entendida como el mal uso de recursos y facultades públicas en beneficio de intereses particulares– forma parte de la lógica de nuestro sistema político y nuestra administración pública. Por lo tanto, si verdaderamente queremos avanzar en el combate a la corrupción, más que enfocarnos en personas corruptas, es necesario que pensemos en términos de 'sistemas de corrupción'. La corrupción está presente en alguna medida en la mayor parte de las grandes obras públicas de los gobiernos. La corrupción también es la norma en la operación cotidiana de una parte importante de las instituciones y los servicios públicos, desde la carrera magisterial, pasando por las compras de Pemex y el otorgamiento de permisos de construcción, hasta la labor de los policías, los ministerios públicos, los jueces y la operación de las cárceles.

Cada una de estas actividades constituye un sistema de corrupción. Para funcionar, cada sistema requiere la participación –más o menos voluntaria, dependiendo el caso– de decenas o cientos de funcionarios públicos. Sobre todo se requiere la colaboración, así sea por omisión, de quienes trabajan en las oficialías mayores y las contralorías. Los sistemas de corrupción se construyen en torno a una lealtad personal entre quienes toman las decisiones y quienes las ejecutan al interior de las instituciones de gobierno. Por ello, la instauración de servicios de carrera profesionales reales (y no de la simulación que, con honrosas excepciones, opera en la administración pública federal y de los estados) es un aspecto clave para desarticular sistemas de corrupción.

Por supuesto, lo anterior no quiere decir que se deba dejar en paz a los peces gordos –jarochos y de otras aguas– que se han convertido en figuras emblemáticas de la corrupción. Las investigaciones en contra de figuras públicas son necesarias para mandar el mensaje de que el combate a la corrupción va en serio y deberá formar parte de la agenda de la nueva fiscalía. Sin embargo, ésta debe ir más allá. Su éxito no se puede medir exclusivamente en términos de investigaciones abiertas o sentencias firmes. La nueva fiscalía deberá actuar de forma coordinada con las otras instancias del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) con el fin de modificar prácticas arraigadas.

Un tema que se debatirá próximamente es el nombramiento del nuevo fiscal anticorrupción. Por supuesto, si se quiere que la fiscalía y el SNA arranquen con un mínimo de credibilidad, es indispensable que quien encabece la nueva fiscalía sea una figura con reconocimiento público y con independencia respecto a los partidos políticos. Al respecto, Ricardo Anaya dijo que el nuevo fiscal anticorrupción debe ser 'daltónico'. El daltonismo es un padecimiento de la vista que en algunos casos –como bien señaló Anaya– impide distinguir cualquier color. Sin embargo, en otros casos el daltonismo sólo impide distinguir algunos colores, incluyendo el rojo, el verde y algunas tonalidades de azul. Así que más que un fiscal daltónico pidamos uno de verdad ciego, cuyo prestigio personal se imponga a los reclamos que vendrán a la hora de las sanciones.

Sin embargo, igualmente importante será que el nuevo fiscal cuente con los recursos y, en particular, con el personal adecuado para desempeñar su tarea de forma eficaz. Como señaló en el foro del pasado miércoles Eduardo Bohórquez, de Transparencia Mexicana, la construcción institucional de la nueva fiscalía anticorrupción será una labor sumamente compleja. El mejor legado que podría dejar el primer fiscal sería la construcción de una fiscalía con cuadros profesionales e independientes, que no herede las simulaciones y las mañas de la PGR, de la Secretaría de la Función Pública y de las otras instituciones que por años se han dedicado a simular que combaten a la corrupción.

De forma adicional, el nuevo fiscal también podría enfocarse en investigar a algunos peces gordos y en desmantelar sistemas de corrupción que constituyan blancos fáciles (prácticas generalizadas de corrupción que están plenamente documentadas y que irritan profundamente a la población). Con ello mandaría un mensaje de que el nuevo SNA es un asunto de acciones, no sólo de palabras, e incluso logre que algunos funcionarios lo piensen dos veces antes de seguir solapando prácticas de corrupción en sus ámbitos de responsabilidad.

Twitter: @laloguerrero

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