Opinión

De Oliveira y Cuarón: cayendo


 
I. LA DESDICHA VIRULENTA. En Gebo y su sombra (Gebo et l'ombre, Francia-Portugal, 2012), límpido filme 42 del genial monstruo longevo lusitano ya de 105 años Manoel de Oliveira (Francisca 81, La carta 99), con guión suyo basado en la pieza homónima (23) del dramaturgo-novelista portugués de avanzada social a principios del siglo pasado Raul Brandao, el humilde contador anciano demasiado honrado que se lleva las cuentas a casa Gebo (Michel Lonsdale quebradizo) y su nuera abandonada Sofia (Leonor Silveira) han vivido ocultándole a la vieja madre/suegra preocupada obsesiva Doroteia (Claudia Cardinale decaída) la situación de pobreza en que se halla desde hace 8 años el hijo/marido fugado Joao (Ricardo Trepa), pero compartiendo los tres la misma situación de enquistada desdicha en una covacha común adonde sólo se acercan provectas criaturas miserables como el menesteroso gorrón de café Chamiço (Luis Miguel Cintra) y la decrépita mezquina transportadineros Candidinha (Jeanne Moreau), hasta el inopinado retorno del añorado desaparecido, vuelto un cínico desalmado que se precia de haber conocido la desdicha virulenta a cuya violencia aspira, ha sido devastado por ella y habrá de arrastrar a todos en su caída, al robar la intocable fortuna ajena que custodiaba el padre en una gaveta, antes de huir, dando pie a otra mentira piadosa para ocultar esa nueva ignominia a la madre.
 
 
La desdicha virulenta hace salir categóricamente a la luz cineliteraria una tentacular visión preexistencialista del mundo como nauseada farsa trágica, aunque todavía dentro de una tradición naturalista/posnaturalista, en la que habrán de manifestarse los conflictos fundamentales entre el recóndito yo vulnerado y la máscara pública, entre las necesidades individuales y las relacionales y sociales, entre una inútil mística idealista ("Ustedes ven la vida de manera diferente") y cierto nihilismo anárquico aún virulento en aquella época ("Todo mundo comete crímenes"), que poco a poco habrán de sacar hiperlúcidamente a lucir y a relucir una lúcida y lucidora/deslucidora pero arcaica y primigenia solidaridad con los desposeídos y con su vergüenza de existir ante el abuso y el saqueo establecidos como regla, contradictoriamente y sin solución posible.
 
 
La desdicha virulenta se finca en la severidad absoluta de larguísimos cuadros en visión frontal, con cortes exclusivos a 180 y 90 grados de lo que de hecho es una rigurosa y palpitante escena única archiextática, como último reducto esencial de la barroca Palabra y utopía del mismo Oliveira (00), colocando en el puesto de mando ascético a sus diálogos brillantemente conceptuales y a la fulgurante fotografía austera del suizo tanner-straubiano Renato Berta, más cerca del paradigma pictórico-tragicomediante paupérrimo de una Hamaca paraguaya (Encina 06) que del profético minimalismo del Dreyer a sinuosas ráfagas móviles de Gertrud (60), emulando una metaficcional relectura teatral y su sombra, la pieza profunda y su recreación rembrandtiana y su hiperconciencia y su glosa crítica a la vez. Y la desdicha virulenta se agita dentro de una parábola-objeto fílmico que compacta inteligentes actores en el límite de la autoconciencia y la contenida precisión impulsiva de los cuidadosos movimientos anímicos, jamás sofisticados, que encarnan, en grave crisis, arrasados sus afectos y seguridades, trastocados los valores de su ámbito simplemente humano, tras el viaje casi inmóvil de la augural risotada envilecida del Hijo críptico al sacrificio policial del ibseniano Padre crístico.
 
 
II. LA VOLTERETA INGRÁVIDA. En Gravedad (Gravity, EU-RU, 2013), trepidante opus 7 del mexicano ex cuequero globalizado del ya quincuagenario Alfonso Cuarón (tras 7 años de reflexión luego del oscurantista futurismo ProVida de Niños del hombre (06), con liberto original suyo y de su hijo Jonás (Año uña 07), la astronáutica doctora en medicina apenas entrenada Ryan Slone (Sandra Bullock sintiéndose la Juliette Binoche aerodinámica) y el teniente ingeniero astronauta Matt Kowalski (George Clooney tomándola por la leve) son golpeados por basura sideral y se mimetizan con ella cuando reparaban un tablero exterior de comunicaciones a 600 kms. de altura, se desprenden de su trasbordador destruido, quedan flotando en el espacio y su viaje interplanetario se torna una larga y obstinada e incesante voltereta ingrávida, en el transcurso de la cual visitan varias salvadoras plataformas satelitales (una rusa y una china, aparte de la estadounidense), pierden contacto con el inmostrable controlador de la misión (voz de Ed Harris pronto vuelto Houston a Ciegas) y pronto entre ellos dos, hasta que, imperada por la visión onírica de su compañero extraviado, la mujer logra desacoplar a solas una cápsula de aterrizaje para usarla como venturoso dispositivo que la impulsa hacia la Tierra.
 
 
La voltereta ingrávida tiene como única pero máxima y crucial función espectacular producir la sensación de una frenética aunque solitaria flotación espacial, un interminable vacío vertiginoso con el estómago pegado al diafragma, en caída libre infinita, definida por la fotografía al natural del condiscípulo por siempre Emmanuel Lubezki, pero hiperdependiente de un despliegue ilusionista feérico a lo Mèliès/Hugo (Scorsese 11) de regodeantes e inmersivos efectos visuales mejor apreciables en 3D o en Imax. La voltereta ingrávida vuelto perpetuum mobile se construye prácticamente sobre la nada de la microgravedad cero ad nauseam, si bien rebosante de incidentes e inéditas emociones excitantes como las de un redivivo Condenado a Muerte bressoniano en el mareador descenso a una laberíntica oquedad primigenia y el suspenso de una muy plagiable ciencia-ficción posKubrick/Tarkovski/Jones, con visionaria visionuda fe ciega en la tecnología espacial de hoy.
 
 
Y la voltereta ingrávida ha logrado su objetivo apoyándose en sostenes tan dudosos como la esquemática pero abultada anécdota monologal carente de oxígeno, la aventura extraordinaria jamás existencial ni metafísica (al ras de la acción verosímil/inverosímil acaso porque "la muchedumbre adora lo inexacto que parezca verdadero": Cocteau), el manual milusos de mecánica popular (para sortear en proezas las múltiples peripecias-pruebas cual inofensiva lluvia de meteoritos), el humor intempestivo como cándida reducción al absurdo (la figurilla disneyana sobrenadando, la protectora estampita de San Cristóbal, el vodka escondido que se empuja el espectro viril), la lección de moral express (el esfuerzo y la tenacidad como virtudes supremas), la chafísima filosofía gringa decrépito-hollywoodesca ("Aterrizaje es lanzamiento"), el conflicto psicológico profundo sacado de la manga (esa siderada culpa filicida cognitivamente resuelta vía FedEx), la submúsica enfática de un tal Steven Price y la natatoria oración de gracias a la arena playera ("Gracias"), al servicio de una estratosférica jaladota apantallatontitos, una trivial chistosada rutilante y un divertimento palomero pero oscareable.