Opinión

2 de octubre

   

Las casas están destechadas.
Enrojecidos tienen sus muros(...)

José Emilio Pacheco,
noviembre 6, 1968

En esta fecha tan simbólica, me resultó difícil la elección del tema para la columna de hoy, por la coexistencia entre la celebración de los Juegos Olímpicos de 1968; algunos eventos en el mundo del arte internacional y la tragedia de la noche del 2 de octubre, que ahora, con los recientes sucesos de violencia en Iguala, no se pueden desasociar.
Los acontecimientos del 68 y sus repercusiones han dado forma al México actual. Todos: políticos, actores culturales, sociedad civil, deberíamos reflexionar que ese año fue crucial para nuestra historia, sobre todo en el ámbito artístico.

En 1963, la Ciudad de México ganó la sede para los XIX Juegos Olímpicos, se formó, entonces, el Comité Organizador por decreto presidencial, dirigido por Pedro Ramírez Vázquez. Era la primera vez que a un arquitecto se le comisionaba la organización de las Grandes Justas.Esa decisión cambió el horizonte del Valle de México.

Además de las construcciones necesarias para las competencias –obras emblemáticas del paisaje urbano actual como la Alberca Olímpica, el Palacio de los Deportes, la ampliación del Estadio Olímpico Universitario, la unidad habitacional Villa Olímpica al sur de la ciudad–, la misión del Comité fue crear una nueva imagen de México, de modernidad, progreso, unidad, paz, riqueza y vanguardia cultural.
Ramírez Vázquez encargó a Eduardo Terrazas, a los diseñadores Lance Wyman y Peter Murdoch, la imagen gráfica del certamen, sabiendo de antemano la importancia del lenguaje visual para comunicar dicha identidad.

El famoso diseño radial de MÉXICO 68, sintético, de influencia Pop art, junto con las siluetas minimalistas de las diversas disciplinas deportivas, fueron reconocidos internacionalmente como un ejemplo de vanguardia gráfica y perfecta integración de la tradición y con lo contemporáneo.
Y dentro de esa semántica, el Comité revivió la visión helénica de los juegos e incluyó la celebración de la Olimpiada Cultural, que sería una programación de diversos eventos artísticos (danza, música, artes visuales) de los países que participaban en las contiendas deportivas
La Ruta de la Amistad fue el proyecto mejor logrado de esta Olimpiada Cultural, además de ser la iniciativa de arte público más grande que ha visto esta ciudad. El circuito que todavía permanece sobre Periférico Sur, que iba de San Jerónimo a Cuemanco con 17 kilómetros en total, incluía 22 esculturas de artistas como Helen Escobedo, Mathias Goeritz, Germán Cueto, Alexander Calder, Pierre Székely, Grzegorz Kowalski, entre otros.

El impulso del Estado mexicano por crear un proyecto cultural moderno e integral se vio truncado. Tras la brutal represión en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco quedó en claro que las instituciones mexicanas no tenían lo necesario para ser aquel Estado moderno al que aspiraban. El resultado fue una sociedad dividida por el miedo y la sospecha. A 46 años, las cosas no son muy distintas en nuestro país, es necesario una presión externa para impulsar iniciativas culturales trascendentes, y al final, las políticas e instituciones gubernamentales prefieren mantener un status quo precario.

Es posible un México con agendas culturales modernas y a la altura de los tiempos. Para no olvidarlo, tenemos testigos arquitectónicos y artísticos a lo largo y ancho de nuestra ciudad.