Opinión

De nuevo y como siempre, la corrupción

 
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Un fantasma recorre al mundo democrático: la corrupción, el sistema político adoptado por el mundo occidental y presentado como lo mejor que nos habría pasado está siendo cuestionado por el impacto que en el humor social está teniendo el tema de la corrupción.

Este cáncer no respeta ideologías, y en medio de un crecimiento económico mediocre, una caída en los precios de las materias primas y en una era de desarrollo en las tecnologías de la comunicación (redes sociales), una sociedad más escolarizada y exigente cuestiona aún más la representación de los políticos y sus partidos y pone serias dudas sobre los cimientos de la democracia al estar diariamente no sólo conociendo casos y actos de corrupción en todas las latitudes, sino también de su compañero de viaje: la impunidad. La ciudadanía percibe a los políticos como una clase que vive y se alimenta de la corrupción. ¿Pueden entonces la política y las instituciones carcomidas pararla? ¿Es falta de voluntad?

Este flagelo deja a su paso instituciones atrofiadas que dejan de trabajar por el desarrollo de la nación. La política deja de funcionar, se rompe el tejido social y la democracia queda expuesta y cuestionada.

La gente asocia al sistema democrático no sólo como un sistema político, sino también a uno de mayor bienestar que los otros sistemas conocidos, por ello su indignación con la clase política por su ineficiencia para gestionar el gobierno y las políticas públicas que redunden en un mejoramiento de sus condiciones de vida y en cambio observa día a día el enriquecimiento de quienes detentan el poder producto de la compañía y la forma de exhibir esta riqueza haciendo gala de la impunidad y del ejercicio del poder para su beneficio, pisoteando la ley. La indolencia y la complicidad de la clase política con la corrupción generan la desafección con la que responde la sociedad.

Hoy la crisis de representación ha llevado a que un partido no tenga mayoría y la formación de coaliciones de gobierno son necesarias para la gobernabilidad, en el punto que se rompe la coalición (ruptura en el bloque en el poder), los gobiernos caen e ingresan al tobogán de la ingobernabilidad o de la incertidumbre como en España y más recientemente en Brasil, pero lo hemos visto también en Guatemala, Argentina, Venezuela y Bolivia, entre otros.

De acuerdo a Transparencia Internacional, México tiene una calificación de 35 sobre 100 en materia de corrupción, y me atrevo a decir en plena discusión en el Congreso -sobre las herramientas que permitan contenerla- que el asunto no está en aprobar leyes sino en ejecutarlas.

Según las últimas encuestas relativas a la gestión presidencial, el rubro al combate contra la corrupción es el peor evaluado. Tres de cada cuatro entrevistados afirman que el manejo en contra la corrupción no es correcto. La cifra es de nueve de cada diez líderes entrevistados.

Sí, la corrupción es un fantasma rondando despachos y oficinas gubernamentales, pero el sector empresarial mucho tiene que ver en ello, y no existe antídoto para ello más que una mayor ciudadanía. Insisto, sólo los ciudadanos podemos poner un freno antes de que nuestra democracia se nos escape de las manos.

México es día con día testigo de casos de corrupción que prevalecen en la impunidad, asuntos de casas, de gobernadores millonarios y ahora los Panama Papers no hacen sino alimentar a una ciudadanía que busca salidas que pudieran ser equivocadas.

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