Opinión

De nuevo el dólar va hacia arriba

27 agosto 2013 5:10

 
 
El dólar vuelve a dirigirse hacia arriba.
 
 
En las ventanillas bancarias, ayer se cotizó la divisa estadounidense en 13.40 pesos. Esto significa una depreciación de 3.1 por ciento respecto al nivel de hace 30 días y de 9.3 por ciento con relación al mínimo de este año, que se presentó a principios de mayo.
 
 
La razón es la misma que ha estado presente en los últimos meses: hay el temor de que pronto suban las tasas de interés ante la reducción de los estímulos monetarios por parte de la Fed.
 
 
La diferencia es que antes se visualizaba ese hecho como algo que podría ocurrir en el mediano plazo y hoy, esa determinación del banco central estadounidense está probablemente a unas tres semanas de ocurrir.
 
 
De acuerdo con un sondeo realizado por Bloomberg, el 65 por ciento de los especialistas consultados opinan que el próximo miércoles 18 de septiembre, cuando concluya la reunión de la Fed, habrá de anunciarse el temido recorte de estímulos.
 
 
Pero, además del gran telón de fondo que constituye este temor entre los inversionistas, hay algo específico en México que hizo que ayer, nuestro peso, con la caída que tuvo, fuera la moneda que más se depreció respecto al dólar considerando a las 31 divisas que más se negocian en los mercados.
 
 
Quizás el tema sea la alta liquidez que tiene nuestra moneda y que conduce a que los instrumentos financieros denominados en ella sean fáciles de vender.
 
 
Pero, así sea por coincidencia, resulta que también está en la agenda del país el tema de las amenazas a las reformas.
 
 
Se empieza a hablar aquí y allá de que la disyuntiva es ir adelante con la Ley del Servicio Profesional Docente, que da sustancia a la evaluación educativa, a través de reprimir a los miles de integrantes de la CNTE que se concentran en la Ciudad de México o echarse para atrás en la reforma.
 
 
Y ni el gobierno de Miguel Mancera ni el de Enrique Peña están en disposición de lanzar la represión.
 
 
El riesgo mayor de las reformas consiste precisamente en ser rehenes de esa presunta disyuntiva.
 
 
Sacar adelante las reformas implica una combinación de inteligencia política, habilidad para usar la información, capacidad de operación y, de ser necesario, el uso legítimo de la fuerza.
 
 
Nadie, en su sano juicio, podría cuestionar que el diálogo debe privilegiarse. Pero no puede renunciarse al uso de la fuerza para hacer valer la ley.
 
 
Ello implica renunciar a la razón más elemental de la existencia del Estado.
 
 
No debe caerse en la trampa de confundir la represión con la defensa de los intereses de la comunidad frente a quienes atentan contra ella.
 
 
Renunciar al uso de la fuerza implica una capitulación.
 
 
Lo implica porque en cualquier otra medida de las que ha emprendido el gobierno de Peña, como ayer lo señaló el propio presidente, podría haber resistencia de los afectados y con un plantón en el Zócalo o con bloqueos en calles y avenidas, lograr que se optara por evitar el conflicto.
 
 
Ajuste ¿suave?
 
 
Ha empezado a recorrer entre los mercados financieros la percepción de que la reforma fiscal que se presentará en tres semanas no va a ser tan fuerte como se creía.
 
 
Se argumenta el pobre desempeño de la economía este año, que volvería a tener un golpe si la reforma fiscal implicara una carga adicional de 4 a 5 puntos del PIB.
 
 
Ayer mismo, en un reporte de Banamex, se estimó el impacto en 0.5 a 1.5 por ciento del PIB, es decir, desde 85 hasta 250 mil millones de pesos.
 
 
Tiene su lógica ese razonamiento. Sin embargo, también habría que tomar en cuenta que el gobierno sabe que lo que no haga ahora, difícilmente se va a poder hacer en los siguientes dos años. Así que también hay razones para pensar que la reforma podría tener un horizonte de largo plazo, más allá de su resultado inmediato.
 
 
Por lo pronto, el tema de la reforma fiscal y sus implicaciones ya está en todas las agendas.
 
 
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