Opinión

De dónde y ¿para dónde?

 
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Zócalo Ciudad de México (Bloomberg)

En esta primera entrega del año, quisiera compartir con el generoso lector de El Financiero una breve comunicación escrita originalmente para celebrar el 40 aniversario de la revista Nexos. A tal celebración concurrimos 96 autores para abordar en torno a la cuestión central de “México mañana”. Aquí va, un tanto revisada, mi colaboración para tan gozosa fecha.

¿Dónde estamos como sociedad nacional y parte activa de la comunidad internacional? ¿Hacia dónde se dirigen nuestros pasos, como Estado nacional y componente de una futura, más generosa y menos veleidosa globalización?

Estos dos paquetes de cuestiones forman mi horizonte, me obligan a referirme al pasado más o menos cercano y no me dejan en paz en cuanto a lo que pueda venir en el futuro cercano, al que todavía pueda pretender pertenecer.

Estamos en el vórtice de un cambio de época que resume y potencia los formidables cambios que definieron la era que habría arrancado con el desplome de la URSS, el fin de la Guerra Fría y el despunte acelerado de una profunda interdependencia comercial y financiera, económica y hasta política.

Esa temporada habría a su vez empezado al calor de otra gran crisis, articulada por las mutaciones petroleras y el desafío estructural lanzado por el Tercer Mundo, ocurrida en los años setenta del siglo XX y de la cual emergería la fórmula neoliberal que ha dominado el mundo y el pensamiento sobre él desde entonces.

Época de cambios y cambio de época. En esta encrucijada vivimos y por eso no es hipérbole imaginarnos en un interregno o una transición que no ha dejado de ser dolorosa pero que puede serlo todavía más si los conflictos bélicos avanzan y la economía no logra recuperarse de manera generalizada.

Europa resiente con violencia su cercanía con una geopolítica de diseño arcano y colonial y sus habitantes ven con angustia un tránsito demográfico dominado por el envejecimiento y la migración, portador de acentuados acorralamientos a sus identidades y expectativas civilizatorias, hasta hace unos años firmemente aferradas al gran proyecto de la Unión Europea.

Sólo en Asia despuntan proyectos hegemónicos con cimientos más o menos sólidos en la producción y la innovación, pero sus dos gigantes distan mucho de haber fincado las bases de una reproducción duradera de su cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación amplia e intercambio democrático robusto.
Desde nuestro “Extremo Occidente”, como lo llamara el estudioso Alain Rouquié, sufrimos el malestar en la democracia que sin chistar puede volverse malestar con la democracia, desprecio de sus virtudes y promesas y hasta ruptura de las normas construidas en estos años de abandono de las dictaduras y adopción entusiasta del código democrático y su Estado de derecho.

La economía registra deslices, recesiones y caídas y el bienestar aparece endeble, mientras que la equidad y la hora de la igualdad propugnada por la CEPAL siguen en reserva.

El auge de las materias primas duró poco, pero la realidad y la perspectiva de un crecimiento lento se han apoderado del horizonte y el escenario presente. Nada de lo anterior nos es ajeno. Se trata de una manera irónica de homenajear al poeta paz y sentirnos “contemporáneos de todos los hombres”.

El cambio estructural globalizador, dirigido a erigir cuanto antes una economía abierta y de mercado, no devino crecimiento alto y sostenido de la economía y la redistribución social se desparramó en altas cuotas de pobreza, vulnerabilidad y mal empleo, precario y mal pagado.
Las condiciones sociales y políticas son endebles y las instituciones pertinentes raquíticas; incapaces de absorber una ola masiva de reclamo democrático que esta vez tenga como divisa principal la protección social generalizada y el abatimiento sostenido de la desigualdad económica y social.

Ambos reclamos, que una versión moderna de la solidaridad y la fraternidad resumiría virtuosamente, suponen la existencia de un Estado social y democrático cuya reforma se ha pospuesto sine díe desde que su necesidad se percibió e hizo parte del discurso político democrático a fines del siglo XX.

Transición política inconclusa y cambio económico sin traducción social efectiva y justiciera, debido a su escaso y veleidoso dinamismo, forman la encrucijada que la sociedad mexicana de hoy tiene que sortear si quiere un futuro habitable y superar los retos de su nueva transición, que ya empezó, hacia una demografía dominada por adultos mayores cuya pobreza no puede llevarse con cargo al esfuerzo individual.

De aquí que sueñe con una nueva ola de recuperación de aquellos “sentimientos de la nación” que el cura Morelos nos legara y que los liberales sociales y los revolucionarios que los siguieron buscaron hacer realidad a través de la política, la cultura y un Estado democrático.

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