Opinión

De cómo contar
una historia

 
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muro

Donde sea que alguien está peleando por un lugar para pararse
O por un trabajo decente, o por una mano que le ayude
Donde sea que alguien está luchando para ser libre
Mira a sus ojos, madre, y me verás a mi


Bruce Springsteen, The ghost of Tom Joad 1995
Basado en el libro de John Steinbeck, Las uvas de la ira

Las exposiciones Bienvenidos de la artista brasileña Marilá Dardot se presenta en Arredondo\Arozarena, así como la exhibición de Diego Salvador Ríos (1988, Ciudad de México) Nunca Godo, en la Galería Lodos, cada una a su modo y desde perspectivas diferentes, habla sobre la emigración.

Le exhibición de Dardot toma como punto de partida 'Los niños perdidos' de Valeria Luiselli y una pieza que hizo hace un par de años durante una residencia en Fundación Casa Wabi, mientras yo dirigía. La artista utilizó el gran muro de concreto de Tadao Ando como lienzo de la escritura que llevo a cabo cada día de su estancia.

Cada mañana Dardot escogía algún encabezado de periódico para transcribirlo con agua sobre el inmenso muro que separa la montaña, del mar. Para la artista la obra fue una manera de traer el mundo externo a este aislado y paradisiaco espacio; en particular la  desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, que acababa de suceder al momento de la residencia de Dardot, y había que encontrar la forma de hablar y sublimar aquel horror. La pieza son grabaciones de video siempre con el mismo encuadre, un pedazo de cielo y el
muro que sirve como soporte para la escritura de la artista, que no ha ni acabado de escribir la frase con agua, cuando ésta ya se evaporó, como se evaporan y se mezclan las noticias y los tuits, del día a día en nuestra mente.

Un proceso que en sus propias palabras Dardot describe como “…los absurdos y horrores que somos impulsados ​​a olvidar para seguir viviendo, y obligados a recordar si queremos cambiar el mundo”.  Para Dardot, el artista tiene el compromiso de hacer preguntas sobre su realidad y su verdad; y esta pieza es ciertamente una expresión gráfica y visual de esos intereses y preocupaciones.

En su genial ensayo sobre el cuentacuentos, The Storyteller, Walter Benjamin reflexiona sobre el ocaso de quienes se dedican a contar historias y analiza como la sociedad moderna, después de la primera guerra mundial del siglo XX, asfixió este habito en nuestra sociedad. Marilá Dardot usa las historias de las noticias para recordarnos cuan  efímeras éstas pueden ser, en el mundo contemporáneo en que vivimos. Diego Salvador Ríos, en cambio, en esta exhibición cuenta una historia desde su experiencia personal. “Mira, es mi nueva pieza”, “Mira, mi nuevo dibujo”, “Mira, mi nueva escultura”, “Una corcholata, una nota en papel arrugado, una piedra”, cosas, chácharas, que para Fran o para mi podrían ser nada, pero que para Ríos lo son todo.

La exhibición de Ríos muestra la problemática de la emigración desde la propia experiencia, la personal, la exposición se divide en dos partes, principalmente. La primera es una especie de recibidor donde se encuentran documentos personales del artista, una fotocopia de su pasaporte hecho pieza, un sello de emigración de Estados Unidos que esta tachado y cruzado, copia de su cartilla, de las notas que le han dejado hablando de territorios en el edificio que habita, de lugares de estacionamiento, de situaciones que salen mal, de límites de todo tipo que no son respetados por el artista y que requieren de alguna excusa de alguna explicación, entradas que le son negadas a un país o a dos, por estar fuera de foco, como fuera de registro, que es en general lo que pasa con Ríos; está pero siempre al límite, llegando tarde, no respetando las normas, las convenciones establecidas.

Papeles que parecen formar la consistencia y esencia de quienes somos, individuos que transcurrimos de papel en papel, de trámite a trámite, de documento en documento. Mi madre cumple esta semana un año de haber fallecido y estando a solas con ella agonizando, el único momento que la vi asustada, era porque tenía visiones de papeles, de muchos papeles, y me preguntaba en medio de la sedación de morfina: “¿Esos papeles, esos papeles, eso es bueno o malo, Paty?”. Reflexionando sobre qué podía significar esa pregunta, de dónde podría venir esa angustia, a la única conclusión que llegué fue que tenía que ver con los papeles que rodean nuestra vida. Dejar atrás esos papeles era un poco la manera de despedirse de esta realidad de burocracia y trámites que a veces parece acapararlo todo….

Aunque después están los sin papeles, las masa de indocumentados, quienes no tiene rostro, no tienen historias personales, la que se mide en miles. Cifras frías, datos estadísticos. ¿Qué somos sino nuestras historias?

Esta semana vi la nueva película Blade Runner, y no puedo dejar de pensar en la mítica, última secuencia, de la de 1982, la original, la de Ridley Scott como director, cuando el replicante Roy Batty dice: “Yo he visto cosas que ustedes no creerían..., atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir”.

Y así es nuestra realidad Trumpeana. Estamos frente a un orden mundial que todo lo engulle, todo lo cambia; donde la resistencia se encuentra quizás en lo personal y nuestra capacidad para nombrarlo: las migraciones se cuentan en masa. Lo saben los canales de noticias, que para que una historia llegue a la gente, hay que ponerle nombre y rostro. O peor aún, convertirla en telenovela.

Y todas esas historias estarán también condenadas a perderse como frases escritas con agua en un gran muro o como lágrimas en la lluvia.

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