'Solo': Otra precuela innecesaria
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'Solo': Otra precuela innecesaria

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'Solo': Otra precuela innecesaria

08/06/2018

Antes de que estrenara la segunda trilogía de Star Wars, introduciendo casi el concepto de precuela en el vernáculo cinematográfico, George Lucas había jugado con ese formato, no solo en The Young Indiana Jones Chronicles –una serie didáctica en la que seguíamos a un Indiana Jones niño y adolescente por el mundo– sino en el prólogo de Indiana Jones and the Last Crusade, durante el cual el joven Indy (interpretado por River Phoenix) se veía involucrado en una aventura que servía como pretexto para mostrarnos el origen del látigo, el sombrero, su miedo a las serpientes y hasta de la cicatriz que Harrison Ford lleva en la barbilla. La película Solo: A Star Wars Story tiene la misma lógica: revelar, esta vez en dos horas, de dónde viene Han Solo (Alden Ehrenreich), cuándo conoció a Chewbacca, cómo se adueñó del Halcón Milenario y un largo etcétera. Por su novedad y brío, aquel prólogo de Indiana Jones entretenía. En cambio Solo parece existir por el puro afán de responder preguntas que nadie nunca se había hecho.

El problema no es que las respuestas decepcionen o que modifiquen de forma irreparable la idea que teníamos de ese icónico personaje. El encuentro con Chewbacca es simpático, la versión joven de Lando (Donald Glover) empata con el untuoso dandi que conocemos desde The Empire Strikes Back y uno de los más populares logros de Han –cuya ejecución ocupa la más elaborada secuencia de la película– entretiene. El elenco tampoco es el problema. Glover –un actor con gran tino cómico– se adueña del personaje de Lando, Emilia Clarke enternece como el primer amor de Han, y Ehrenreich hace lo mejor que puede con un papel que físicamente no le queda. Si Harrison Ford imprimía una parquedad digna de un western, el joven actor sonríe, feliz de salir en la foto; mientras Ford daba la impresión de ser ambiguo, la mirada de Ehrenreich transmite la más nítida bondad. Estas diferencias, insisto, no son tanto un comentario sobre la interpretación de ambos como sobre su apariencia. Ehrenreich tiene un rostro inocente y hasta dulce. No es casualidad que los hermanos Coen, cuyos elencos son casi siempre perfectos, le hayan dado su mejor papel en Hail, Caesar! como un actor de quinto pelo que apenas puede hablar. Los Coen, vaya, supieron leer su rostro y utilizarlo a su favor. Star Wars tuvo el desatino de elegirlo como el mayor bandido (en ciernes) de la galaxia.

Tampoco podemos culpar enteramente a Ron Howard, aunque su dirección más bien blanda va en detrimento de las grandes sorpresas de la historia, que el director aborda con prisa, como si él mismo no confiara en su importancia. El problema, más bien, es que Solo no tiene ninguna meta narrativa más allá de abrir sus cartas. Escrito por Lawrence Kasdan y su hijo Jonathan, el guion no es tanto una historia como una serie de revelaciones en busca de un hilo que las concatene. Una y otra vez la película da la impresión de perder fuerza y, habiendo explorado una vía, simplemente da un giro y explora otra avenida. Ninguna entrega de Star Wars ha estado más perdida en el espacio que ésta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.