Opinión

Cuerpos desechables para almas putrefactas

 
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Marcha

El título de esta colaboración pretende englobar en una sola frase el terrible drama que estamos viviendo en México respecto a los asesinatos cada vez más frecuentes –y al alza– de mujeres. Mujeres que son nuestras madres, nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras amigas, nuestras paisanas.

Los feminicidios en nuestro país son un problema de salud pública en su origen, porque responden a una educación deficiente en casa, en las escuelas y en las iglesias, en que no hemos sabido transmitir a nuestros varones el valor de la vida y el temor a las consecuencias a sesgarla. No parece importar, no hay temor a nada ni a nadie lo que nos ha llevado a tener en promedio siete asesinatos de mujeres diarios, algo insoportable en una sociedad que se dice moderna, incluyente e igualitaria.

Este fenómeno ha sido atacado con la parsimonia propia del valemadrismo que caracteriza a nuestra mediocre clase política. Se han hecho reformas constitucionales, legales, se han creado figuras jurídicas nuevas, delitos específicos, burocracias especializadas y nada de eso ha servido para nada. Aunado a lo anterior, tenemos unas iglesias –particularmente la católica– que a semejanza de extremistas de otros tiempos y otras latitudes, siguen negando a la mujer sus derechos fundamentales, las condenan a tener hijos que no quieren y a vivir matrimonios infelices en donde muchas veces encuentran la muerte a manos de sus cónyuges.

La rancia moral ante todo, antes que ofender a la divinidad, no importa que ahí mismo se halle la muerte. Lo más grave de todo es que esta situación no es nueva, se viene vislumbrando desde hace muchos años, desde que Ciudad Juárez saltó a la fama tristemente como un lugar en que la muerte de mujeres era algo común y hasta normal. En ese momento el Estado mexicano, la sociedad mexicana en su conjunto, debió haber actuado para la protección del género femenino, pero no pasó. Se tomaron medidas tibias, de relumbrón, se reformó la constitución para que nos dijeran que el hombre y la mujer son iguales. Y ya. Eso fue lo que se hizo. Pero no se educó a los hombres, no se educó a las madres de los hombres, no se educó a las mujeres para hacer valer sus voces ante familias y comunidades machistas y retrógradas.

Existen lugares en los estados más pobres de México en donde las mujeres siguen siendo objeto de transacciones, padres que venden o casan a sus hijas contra su voluntad; comunidades en donde no se aceptan resultados electorales para evitar que lleguen al poder candidatas electas por el simple hecho de ser mujeres. Los gobiernos han decidido –en estos casos– preservar los 'usos y costumbres' vergonzantes de comunidades indígenas en Oaxaca y Chiapas porque lo consideran parte de una cultura.

En alguna ocasión, platicando con el entonces candidato a la gubernatura de Oaxaca, Gabino Cué, quien esto escribe le preguntó que si privilegiaría los usos y costumbres o los derechos humanos. Contestó que lo segundo, porque eran parte de la cultura local. Esta visión se extrapola en toda la república, una cultura de desprecio a las mujeres, a quienes se pueden usar, abusar, sobajar, humillar porque se sabe que, ni las comunidades ni las autoridades civiles y religiosas, harán algo porque se demuestra su terrible incompetencia y su inutilidad en una sociedad adormecida.

Pareciera ser que la muerte de Mara en Puebla es la gota que derrama el vaso del hartazgo social, pero no es verdad. Dicho vaso se derramó hace mucho tiempo pero más allá de discursos, hipocresías, condenas a las víctimas, no pasó nada. Nada se solucionó. La solución existe en tener una sociedad más organizada. Recientemente se han publicado en redes sociales esfuerzos ciudadanos para proteger a la mujer de esta realidad lacerante, sin intervención de las autoridades sino mediante organización ciudadana. Tal vez sea el inicio de una solución, pero hay que ir más allá.

Eduquemos a nuestros varones, condenemos esas conductas, sancionemos a los agresores. Dejemos de hacer una sociedad en que las almas putrefactas vean a las mujeres como cuerpos desechables. Alcemos las voces hoy para protestar, exigir y también para educar. 

Twitter: @carlosjaviergon

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