Opinión

Cuba, los años del tumulto

 
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Barack Obama Raúl Castro


Hace poco más de un año, el 17 de diciembre de 2014, Raúl Castro y Barack Obama anunciaron una serie de medidas diplomáticas tendientes a reanudar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Hacia el interior de la isla poco ha cambiado desde entonces. No se ha anunciado ninguna reforma de tipo político e incluso la represión contra los disidentes se ha recrudecido. Con una variante esencial: ahora cada vez podemos ver más escenas de inconformidad callejera en las redes. Pero eso que se ve en los videos –gente interpelando a las autoridades– no permea todavía a las instituciones cubanas.

Hacia el exterior sí que ha tenido repercusiones mayúsculas. Del mismo modo que un despertar democrático ocurrió en Medio Oriente tras el discurso de Obama en la Universidad de El Cairo en 2009, hemos podido ver una ola democrática recorriendo el continente luego del comienzo del deshielo entre Estados Unidos y Cuba; lo vimos en la victoria de Macri en Argentina, el triunfo de la oposición en Venezuela y el retiro del apoyo popular, tras los escándalos de corrupción, al partido de Dilma Rousseff en Brasil.

A propósito de Cuba, por estos días ha comenzado a circular Tumulto (Malpaso, 2015), las reflexiones autobiográficas de uno de los intelectuales europeos más destacados del presente, el alemán Hans Magnus Enzensberger. Consciente de que “los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna” a los 85 años Enzensberger acomete su empresa. En vez de agotar al lector con el recuento de su vida entera, Enzensberger recorre únicamente el periodo que va de 1965 a 1970; los años del tumulto, de la agitación sin fin, en su vida y en el mundo. Años de amores y desgarramientos, de encuentros extraordinarios, de viajes frenéticos por cinco continentes. ¿Qué queda de ellos? “Ruidos confusos, aterrizajes, disparos en salones, eslóganes, gritos, lagunas en la memoria”, dice Enzesberger.

De sus muchas estancias destacan dos: la de la Unión Soviética y la de Cuba. A su llegada a la isla “reinaba un ambiente relajado, eufórico”.

Enzensberger había abandonado escandalosamente Estados Unidos –donde gozaba de un jugoso estipendio universitario– seducido por los cubanos que lo contrataron como “técnico extranjero”. Él y su esposa fueron tratados a cuerpo de rey (al igual que un buen número de intelectuales latinoamericanos). Los intelectuales en aquel entonces –¿sólo aquel entonces?– servían para legitimar al régimen.

“Estaba furioso porque no existía el trabajo que me habían prometido.

¿Para qué me llamaron en realidad?”, gritaba” Enzensberger. Lo dejaron recorrer la isla durante semanas enteras. Vio varias veces de cerca de Fidel, dirigiéndose durante horas a su público hechizado mientras les hablaba sobre genética, psiquiatría o energía nuclear. “En la isla no puede haber más que un experto: él”. Enzensberger fue testigo de la llegada de los agentes de la KGB, que complementaron el trabajo de los Comités de Defensa de la Revolución: las células de barrio dedicadas al control por delación. Pudo darse cuenta de que, a diferencia de la URSS, en Cuba no reinaba el Partido. “El lugar del poder soviético lo había ocupado un sola persona: Fidel”.

De aquella época viene, a finales de los años sesenta, la quiebra de la economía cubana, de la que nunca se ha recuperado. A Castro, dice Enzensberger, “un ignorante en materia económica, le fastidiaba que la economía se negara a bailar al son que él tocaba”.

Viviendo en uno de los países más fértiles de la tierra, los cubanos de pronto no tenían suficiente para comer. Y, “como la crítica no estaba permitida y era imposible una resistencia abierta, el pueblo se defendió con el estraperlo, el nepotismo, el robo y el soborno”. Fue entonces que Fidel “un buen día, se acordó del azúcar”. Desoyendo a Martí, quien escribió que “comete suicidio un pueblo el día en que fía su subsistencia a un solo fruto”, Cuba paralizó su economía al concentrarse en alcanzar la cifra histórica de 10 millones de toneladas de azúcar. “Naturalmente, la zafra fue un desastre”.

Poco después Enzensberger firmaría una carta en apoyo de su amigo el poeta Heberto Padilla, que le costaría, como a Mario Vargas Llosa, el ostracismo de la isla. Para bien, en el caso de Enzensberger, que seguiría su camino como ensayista, narrador y poeta. Dejó atrás los años del tumulto. “Un día, todo se había acabado. Me sobrevino, no se por qué, una gran calma”. Ahora, a los 85 años, revisa su vida y la encuentra “sin sentido, fatigante, pero bella”.

Twitter@Fernandogr

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