Opinión

Cuauhtémoc Blanco, 'foul' a la democracia

  
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Cuauhtémoc Blanco (Cuartoscuro)

Cuauhtémoc Blanco está desde hace muchos años en el negocio de las patadas. Antes fue en estadios, ahora en un ayuntamiento. Quién iba a decirle al famoso hijo de Tepito que a él, alguien que en las canchas nunca dudó en recurrir a la marrullería para sacar ventaja, la vida le iba a dar oportunidad de conocer –y por lo visto sobrevivir– un ambiente aún más lleno de artimañas que el del futbol, como lo es el de la política mexicana.

Ave de tempestades, Cuauhtémoc ha vivido el 2016 en medio de la polémica. Desde sus primeras semanas al frente de la alcaldía de Cuernavaca, en enero pasado, el exfutbolista enfrentó cargos por presuntos delitos (de los que luego fue exonerado). Y cerrará el año en la misma forma, con acusaciones tan graves que han llevado al Congreso de Morelos a destituirlo, trámite que está pendiente pues el edil ha logrado que la Suprema Corte de Justicia de la Nación se involucre en su caso.

Lo que es incuestionable es que Cuauhtémoc Blanco se prestó para un invento que salió muy mal a los aprendices de brujo que lo idearon (el partido Social Demócrata), pero cuyos costos más altos correrán a cargo tanto de los partidos –que en desprestigio ya andaban sobrados— y a los cuernavaquenses.

Claro que Blanco no es víctima de lo que le acontece. Con independencia de lo que en su momento dictaminen los jueces, el exdelantero no decidió el año pasado incursionar en la política producto de un súbito nacimiento de la conciencia, parafraseando a la Nobel guatemalteca Rigoberta Menchú.

No. Nada hay en la función pública del hoy alcalde que permita concluir que los motivos de Cuauhtémoc para lanzarse de candidato, primero, y de aferrarse al cargo de alcalde, después, tienen raigambre en una vocación democrática, ni siquiera política.

¿Qué pretende ganar hoy Cuauhtémoc al pelear su permanencia? Seguramente fuero para evitar que la jugarreta del voraz partido que le lanzó al ruedo no se le revierta. Por eso sigue ahí, jugando al Tancredo, inamovible a pesar de reportajes que han documentado desde sospechosos pagos a familiares hasta un millonario contrato por la candidatura.

Encima, Blanco y sus manejadores (¿o habría que decir sus cómplices?) han demostrado que él tenía la 'preparación' necesaria para lidiar con avatares de nuestra política, donde la salida más fácil hacia la impunidad es hacerse la víctima (cosa que a Cuauhtémoc el futbolista de tiempo atrás se le da), prestarse al juego sucio (ídem), moverse en el terreno del foul y arroparse en masas que huelen a puro palero, como las que desde noviembre marchan en 'su favor'. Blanco se debe sentir como en sus mejores tiempos en el Azteca.

Sólo habría que estar atento de que la incursión de Cuauhtémoc en la política no sea utilizada por los detractores de la participación de ciudadanos sin partido en cuestiones electorales.

Porque Blanco es todo, menos un ciudadano metido a político.

Fue en 2015 un instrumento, y lo peor es que ahora lo sigue siendo. Del PSD antes, de quien le convenga ahora.

Pero la suerte de Cuauhtémoc ya no dependerá sólo de los tribunales. El tema se ha politizado. Así como el gobernador Graco Ramírez le intentó disminuir, hoy otro perredista (René Bejarano) le respalda, sabedor de que Blanco y Cuernavaca suponen valiosos activos.

Hay maneras de pegarle en las espinillas al juego democrático, pero la que día a día escenifican Blanco, sus detractores y sus patrocinadores es una mala jugada, un autogol que nadie en la tribuna debería aplaudir.

Twitter: @salcamarena

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