Opinión

Cuatro causas de la irritación (y Trump)

   
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Haga lo que haga el presidente Peña Nieto se va a encontrar con una barrera de rechazo, derivada de la irritación social que se expresa en una bajísima aceptación a su forma de gobernar.

Lo trágico es que un presidente bien intencionado, con un potencial de carisma formidable (como lo fue en el Estado de México), que emprendió reformas históricas, hoy no cuente con el respaldo de la mayoría de la población.

Haga lo que haga va a ser vapuleado porque existe irritación ciudadana, en parte orquestada por un grupo político con amplia destreza en redes sociales, y también por omisiones y errores en la forma de gobernar.

1.- No se ha castigado la corrupción de funcionarios y gobernadores cuya ostentosa riqueza conocemos todos gracias a los medios de comunicación. ¿Por qué esta administración no ha procedido contra los que de manera evidente y probada se enriquecieron como sultanes a la sombra de un cargo público? Lo que queda es un amargo sedimento de impunidad e impotencia ante los abusos del poder.

2.- La economía no ha funcionado, aunque se vendan más coches. El crecimiento es mediocre, la desigualdad abismal (el ingreso promedio del decil más alto es 19.8 veces superior al de decil más bajo). Los salarios de los nuevos empleos son raquíticos. Existe la percepción de que los concursos de obra pública los ganan siempre los mismos. La deuda, un problema que nos habíamos sacudido, hoy hace encender focos de alerta y se encuentra “en el límite de lo tolerable” (Banco de México). Bien, hay deuda, pero no ha servido para detonar crecimiento económico. A dos años de que concluya la presente administración, el Programa Nacional de Infraestructura tiene un avance de apenas 28 por ciento, según publicó ayer EL FINANCIERO (pág. 18). ¿Dónde está el dinero de la deuda? ¿En gasto corriente?

3.- El Estado de derecho ha brillado por su ausencia. Cualquiera que se ampare en una pancarta política puede arruinarle el comercio o el trabajo a otro. O quemar autobuses, edificios, sabotear el transporte de bienes, tomar carreteras, dejar sin clases a millones de niños, parar trenes con insumos para la industria exportadora. La ley, como desde hace tiempo, sólo se aplica a los débiles y a los que se dejan. Y si a estas alturas del sexenio quisieran frenar el vandalismo de la CNTE, la opinión pública se pondría del lado de los violentos porque el gobierno no tiene respaldo social. La delincuencia sigue, y donde más duele: en el pesero, en la calle, en las casas de las zonas pobres. Los gobiernos estatales –salvo raras excepciones– no avanzan en mejorar sus policías y el hampa hace de las suyas contra la gente de escasos recursos. Hay una profunda irritación por los atropellos a los derechos humanos, en hechos muy mal explicados por el gobierno federal: Iguala, Tanhuato, Nochixtlán.

4.- Y finalmente la arrogancia de los servidores públicos creó una distancia sideral entre el gobierno y los ciudadanos. Esa arrogancia los hizo traer a México al personaje más odiado por los mexicanos, Donald Trump, para reunirse con el presidente de menor aprobación desde que se hacen encuestas. Ningunearon a los intelectuales, académicos, comunicadores, artistas, porque creyeron que no necesitaban a nadie en el proyecto modernizador. Desestimaron a los aliados indispensables en el campo de la cultura. Renunciaron a la tarea de convencer, de sumar, de debatir. Se bastaban solos. Solos están hoy, a dos años de entregar el poder.

Twitter: @PabloHiriart

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