Opinión

Cuando no queda nadie en quien confiar

 
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Mancera

En la cátedra que imparto en el Tecnológico de Monterrey sobre el marco legal de los negocios para no abogados tenemos como premisa fundamental la creación de empresas que –dentro del marco de la ley- generen desarrollo social al mismo tiempo que rentabilidad financiera.
Esta es un teoría ya muy en boga en otros países asiáticos y europeos y, sin embargo, en México parece que la cultura empresarial apenas comienza a cambiar dirigiéndose hacia los negocios que tienen una alta rentabilidad social y que generan ganancias para sus inversionistas. En el caso de México, o por lo menos en los casos que quien esto escribe ha podido conocer, muchos de estos negocios de índole social se han generado ante un desdén del gobierno por resolver una problemática social que aqueja a miles de ciudadanos. Y aunque parezca una postura muy liberal desde el punto de vista económico, se ha visto que el que los particulares logren cubrir dichas fallas gubernamentales pueden derivar en la generación de un desarrollo más armónico y sobre todo más acelerado para las sociedades. Así han surgido de todo tipo de propuestas, desde aquellos que han inventado viviendas antisísmicas a precios muy bajos, hasta los que proponen que mediante juegos en teléfonos inteligentes los niños se obliguen a hacer ejercicio a cambio de obtener premios de empresas que les patrocinan, pasando por los modelos de medicina y odontología social, entre otros. La desconfianza en las instituciones gubernamentales no es gratuita, se ha acentuado debido a escándalos de corrupción, negligencia, desdén, impunidad e impudicia de una clase gobernante que no sabe – o no quiere- responder a los desafíos de una sociedad en constante crecimiento. En este contexto, las opciones no son muchas: Unirse a la lucha política o bien, realizar esfuerzos ciudadanos que sustituyan a las estructuras de gobierno que no funcionan y cuyas fallas afectan de manera importante el bienestar de la población. La primera opción es loable pero complicada. Existen políticos que quieren ser honestos y ver por el bien de México, pero algo pasa dentro de ese ente incomprensible llamado “poder” que hace que incluso los que tienen las mejores intenciones, no puedan instrumentarlas debido a la gran cantidad de intereses que existen y que se sobreponen al interés nacional. Lo anterior sin contar aquellos “servidores públicos” que se cambian de bando y sirven a la corrupción y atentan contra el desarrollo nacional. La segunda opción está latente en México, un país que como vemos cada que hay una tragedia, se conforma por una sociedad solidaria, actuante y decente. Los ejemplos ante los terremotos de septiembre pasado, son un claro ejemplo de lo que se logra cuando una sociedad tiene la motivación adecuada. En contraparte, hay que decir que salvo en los casos de emergencia nacional, somos una población bastante apática que deja las grandes decisiones en manos de políticos por quienes sentimos una repulsión y desconfianza absoluta. Esto parece contradictorio, y lo es. Es por ello que cuando los jóvenes se ponen de pie y comienzan a vislumbrar que pueden hacer empresas con alcance social, que generen riqueza al tiempo que ayudan al desarrollo social, renace una luz de esperanza al saber que cada vez un número mayor de la personas se concientiza de que para alcanzar el desarrollo social, no se requiere necesariamente de estructuras gubernamentales clientelares y oxidadas por la corrupción. Estas nuevas generaciones de empresarios pueden ser quienes, al creer en México y trabajar por solucionar lo que le duele a la gente, impongan una nueva conciencia empresarial-social que ayude al país. Es decir, cuando no queda nadie en quien confiar, tenemos que confiar en nosotros mismos. Eso puede ser el cambio de verdad.

Twitter: @carlosjaviergon

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