Opinión

Cuando el amor duele

 
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Entender y ayudar a una pareja que vive en violencia es uno de los retos profesionales y morales más grandes de un psicoterapeuta. Dejar claras las desigualdades de poder y responsabilidad entre el perpetrador y la víctima es fundamental. Virginia Goldner, una de las especialistas que más han estudiado el tema, se pregunta si es posible intervenir terapéuticamente en relaciones de abuso para hacer el amor más seguro para las mujeres y menos amenazante para los hombres.

Las relaciones violentas son vínculos melodramáticos, llenos de desesperación, estructurados por el conflicto y los ciclos de reconciliación. Son el modelo más elocuente y peligroso de las contradicciones inevitables en todas las relaciones íntimas.

No somos moralmente superiores a las parejas violentas. Ellos podrían ser nosotros. Ellos son un recordatorio de que la familia no es un oasis del mundo exterior y que puede llegar a ser la institución social más violenta.

El género y el poder están entretejidos en la vida íntima, por lo que la violencia y la desigualdad no pueden entenderse sólo en términos psicológicos.

El género es una categoría simbólica, social y cultural que estructura la forma en que las parejas experimentan su relación. Si una pareja que vive violencia llega al consultorio, el terapeuta ofrecerá ayuda a los dos, sin perder de vista que uno es el perpetrador y el otro la víctima; que lo que se enfrenta es una relación injusta, insegura, peligrosa y desigual.

La tolerancia frente a la violencia debe ser igual a cero y el foco del trabajo terapéutico es la equidad y la rendición de cuentas. Aunque algunos filósofos de la posmodernidad critiquen la terapia afirmando que “construye subjetividad y no sólo la evidencia” es innegable que tenemos cierta autoridad moral en la esfera de la vida personal. Intervenimos e influimos en la práctica del amor, los pleitos, el sexo, la crianza de los hijos.

Las parejas violentas son la versión extrema de los conflictos emocionales sobre dependencia, autonomía y separación que todas las parejas tienen que negociar. Los problemas de apego son especialmente graves en estas relaciones.

La masculinidad se vive como un estado ilusorio de omnipotencia, en el que la dependencia tiene que ser expulsada y proyectada en el otro femenino. La feminidad se construye como el depósito de todo lo que el hombre repudia. La mujer es el objeto dependiente que se deshace de su ser sujeto y lo proyecta en el hombre, sometiéndose psíquica y a veces físicamente a su dominio. El hombre es el sujeto autónomo y la mujer (o lo femenino) es su objeto.

En el 97 por ciento de las parejas heterosexuales, la violencia física, el abuso emocional y las estrategias de control social, la ejercen los hombres.

Los hombres que usan la violencia para expresar todas sus emociones tienen problemas profundos con la separación y de ahí provienen sus celos. Sostienen una creencia extraña de que las mujeres deben protegerlos de los sentimientos dolorosos.

Se observa una transmisión generacional de la violencia y la victimización. Los hombres violentos fueron frecuentemente niños violentados. Las mujeres victimizadas fueron debilitadas por la devaluación y la indiferencia del padre y la madre.

Se ha equiparado la explosividad cíclica del adulto violento con la protesta del infante inseguro, adicto a la madre, esforzándose para que lo mire y tratando de castigarla por no estar siempre disponible para él.
Algunos niños víctimas de violencia se identifican con el padre 'poderoso' (sádico) y se alejan de la madre victimizada. En sus relatos adultos se preguntan cómo su madre pudo vivir con un hombre así y expresan odio por su debilidad. También aceptan con dolor que se parecen al padre, amargados y enojados todo el tiempo.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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