Opinión

Cualquiera podría protagonizar una película como la de BP y su derrame petrolero

 
 
 

 

Derrame en California. (AP)

Jessy, 41 años amando la vida. Gracias.

Esta semana fui a ver Deepwater Horizon (Horizonte Profundo), la película que aborda el derrame de petróleo más grande registrado en la historia, y que le costó la vida a 11 personas cuando estalló la plataforma que lleva ese nombre, propiedad de Transocean y operada por la petrolera mundial BP.

Sin meternos a recordar muchos números, algunos amigos petroleros consultados me comentaron que la lección más importante del accidente para el mundo fueron los protocolos puente, es decir, procedimientos establecidos para actuar bajo determinada situación en acuerdo con todos los involucrados.

No quiero hacer spoilers (le dicen ahora a 'contarte la película') pero la trama se centra en eso, en señalar una absurda y permanente falta de comunicación entre la petrolera, la perforadora y el contratista que opera la plataforma.

Para México, el desafortunado derrame llegó en un momento oportuno, pues en 2010, cuando ocurrió la tragedia, aún no se lograba la apertura del sector petrolero como existe ahora, y el accidente en Estados Unidos dio pie a que la Comisión Nacional de Hidrocarburos, la agencia que otorga los permisos para explotar estos recursos, revisara con lupa los cambios de la reforma energética en materia petrolera.

De ahí que se incorporaron medidas como que es necesario y totalmente imprescindible que tanto operadores, perforadores y contratistas se reúnan para revisar y discutir el programa de perforación para luego hacer pruebas, acordar los mantenimientos y llevar a certificar los equipos que resultan estratégicos, y de todo esto dejando registro en papel.

Aunque de acuerdo con los expertos, nada ni nadie nos exenta de sufrir una tragedia de este tipo, y que tuvo un impacto ecológico terrible para las costas que rodean al Golfo de México.

“Como industria tuvimos que aprender de lo malo”, reconoce una fuente que estuvo cerca en la elaboración de las leyes que dieron origen a la nueva regulación derivada de la reforma energética.

Lo preocupante, dicen, es que aún con los desastres aprendidos, “hay muchas decisiones en esta industria que se toman así como en la película, al chingadazo”, dijo otra fuente.

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SIETE AÑOS SIN LyFC

Ayer se cumplieron siete años de la extinción de Luz y Fuerza del Centro, una extinción que fue decretada desde 1975 en la primera Ley del Servicio Público de Energía Eléctrica, en donde ordenaba expresamente que “quedarán sin efecto todas las concesiones otorgadas para la prestación del servicio público de energía eléctrica… Las empresas concesionarias entrarán o continuarán en disolución y liquidación y prestarán el servicio hasta ser totalmente liquidados”, pero que por una habilidad casi irreal del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) no sólo sobrevivieron sino que se fortalecieron con el paso de las décadas hasta que la noche en que México ganó su pase al Mundial de Fútbol 2010, el gobierno de Felipe Calderón decidió decretar su extinción, pagando un alto costo político.

Entiendo que la extinción de Luz y Fuerza es un tema sensible para una parte de la sociedad, pues 44 mil familias de quedaron sin trabajo de un día a otro aquella noche. Incluso personas cercanas a mi círculo familiar estuvieron en esa situación, pero no se me olvidan las amenazas de golpizas por redes sociales y aquel día en que bloquearon las oficinas del periódico para el que trabajaba en aquel entonces tan sólo por cubrir periodísticamente el tema.

A siete años de distancia el SME es participante de la industria eléctrica, ganó un par de contratos en la última subasta de largo plazo para suministrarle a la CFE energía por un par de décadas. ¿Quién lo diría, no? Ojalá que hayan comprendido qué es la rentabilidad y cómo se usa.

Correo: atorresh@elfinanciero.com.mx

Twitter: @Atzayaelh

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