Opinión

Crónica de un agandalle anunciado

 
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Ricardo Anaya, ayer, en el WTC, donde anunció sus intenciones de contender por la candidatura presidencial de la coalición PAN, PRD y MC.

Lo dijo hasta el cansancio, lo negó cuantas veces le preguntaron, incluso se molestaba ante el insistente cuestionamiento sobre el uso de los vastos recursos que tenía a la mano como presidente del PAN para construir su candidatura.

El autodestape de Ricardo Anaya fue el epílogo de una carrera que inició cuando tuvo la posibilidad de saltar a la dirigencia del Partido Acción Nacional, luego de traicionar a su mentor, Gustavo Madero. A partir de ese momento, comenzó a deshacerse de sus enemigos y de todo aquel que osara cruzarse en su camino.

Con la inocencia en el rostro y la perversidad en el corazón, impuso su voluntad sobre sus detractores.

Así, paso a paso, fue construyendo una candidatura basada en el engaño y la perfidia.

La ambición y su obsesión por el poder no tienen límites, incluso se ha dedicado a denostar a periodistas y medios de comunicación que han denunciado, con pruebas contundentes, su inusual enriquecimiento, así como el de su familia política. Hizo uso de recursos públicos para defenderse de la acusación y, como buen dictador, ha intentado callar las voces disidentes.

La derrota electoral en Coahuila y Estado de México permitió ver la auténtica personalidad de Anaya, al desacreditar a las autoridades electorales, tanto estatales como federal, así como a los tribunales en la materia. Por un lado vociferaba que hubo fraude y, por otro, intentaba negociar con el gobierno para que le entregaran por lo menos Coahuila. Fuimos testigos de una mala versión de Andrés Manuel López Obrador.

Luego, sedujo a Alejandra Barrales y a Dante Delgado para conformar un Frente en donde, de inicio, les repartió el pastel: para ella la capital del país, para él posiciones en el Congreso y el camino libre en Jalisco. Desde que se conformó el Frente se conocían las particularidades y detalles de la negociación. Sin embargo, la realidad puso a cada quien en su lugar, a ellos como mentirosos.

Ya con el Frente plegado a sus designios, arreció la presión sobre los panistas de cepa que no comulgaban con sus deseos.

Así, este perverso y malogrado discípulo de Maquiavelo no se tentó el corazón para hacerle la vida imposible a Margarita hasta lograr su exclusión.

Así, calló las voces disidentes a su proyecto que habían en el seno de su partido, como Rafael Moreno Valle, y con los senadores rebeldes que, por cierto, no descansará hasta expulsarlos.

Y luego siguió contra los externos, como Miguel Ángel Mancera.

Este es Ricardo Anaya, el clon de Roberto Madrazo, aquel presidente del PRI que a la postre fue su candidato presidencial, para posteriormente perder la elección y caer hasta el tercer lugar. La similitud de perfiles y de ambiciones entre estos dos personajes es inaudita, tanto en su concepción del poder como en su conformación ética y de valores. Ya habrá ocasión para desarrollar el tema.

Lo lamentable del agandalle es que lleva al Frente al fracaso; de hecho, a partir de la salida de Margarita Zavala las encuestas empiezan a reflejar la caída de esta alianza que al principio se vislumbraba como una autentica opción de cambio, pero que Ricardo Anaya con su postura antidemocrática la echó a perder.

Este hombre se presenta ahora ante los mexicanos como el salvador de la patria, impoluto e iluminado clamando justicia e inclusión social, acusando al gobierno de todos los males, principalmente el de la corrupción, a ver si no se muerde la lengua. Encantará a ilusos y se encargará aún más de dividir a los mexicanos. Que dios los coja confesados.

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