Opinión

Crisis sistémica de México

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A pesar de que se ha reforzado la seguridad en la región de Tierra Caliente, la percepción de inseguridad se mantiene entre empresarios y pobladores. (Archivo/Cuartoscuro)

El sábado 21 de febrero tuvo lugar un importante Foro del Centro Tepoztlán Víctor Urquidi sobre la crisis sistémica que vive hoy México. Llegó a interesantes conclusiones que pretendemos dar a conocer próximamente.

El 26 de septiembre de 2014 desaparecieron 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa y fueron asesinadas seis personas en Iguala, Guerrero. Ello se sumó al asesinato de 22 personas en Tlatlaya el 30 de junio de 2014. Estos acontecimientos fueron la gota que derramó el vaso de una situación de estancamiento económico, violencia y descomposición social acumulada desde hacía varias décadas.

Ya pasaron seis meses desde los hechos de Ayotzinapa. El gobierno ha intentado todo tipo de argucias y acciones para concluir con las investigaciones y el descontento de la sociedad, pero a cada paso que da surgen más novedades problemáticas y dudas, a veces alimentadas por filtraciones desde el exterior. La comunicación es poco efectiva; no parece haber intención de dialogar en serio y ofrecer respuestas cabales a los verdaderos problemas, sino de darle la vuelta a las cosas y ver si la sociedad cede y se olvida por cansancio. Las acciones del gobierno, incluyendo la reciente sustitución de Murillo Karam de la Procuraduría, por la controvertida Arely Gomez vinculada al circuito mediático político dominante del país, suscitan más especulaciones y preguntas que tranquilidad en la sociedad indignada.

Hay problemas estructurales profundos en el ámbito político, económico y social. Urge un liderazgo moral visionario y un cambio de modelo. El actual, igual que en España y Grecia, ya se agotó. La transición democrática de Fox se amorcilló. El Pacto por México, con todas sus promesas y defectos de origen, se perdió en los cambios estructurales y en el espejo negro de la corrupción y la desconfianza.

Desafortunadamente no se ven opciones viables para cambiar ese modelo. La legislación electoral no permite crear nuevos partidos en el corto plazo. No hay un PODEMOS en el horizonte. La refundación del país, tan necesaria, no deja de ser un sueño imposible; que en el actual dominio de poderes fácticos puede llevarnos “de Guatemala a Guatepeor”.

En el Foro, Francisco Valdés Ugalde, Mauricio Merino y Marie Claire Acosta hicieron perspicaces exposiciones sobre la descomposición del sistema político; la falta de transparencia y de rendición de cuentas; la cínica y galopante corrupción; la impunidad frente al crimen, y las violaciones sistemáticas del Estado de derecho.

Gustavo Gordillo, Javier Jiménez Espriu y el suscrito planteamos los retos económicos sectoriales y regionales, agudizados desde hace tres décadas: la falta de crecimiento; los problemas de subsistencia del campesino en las zonas rurales ante un entorno global lleno de subsidios y barreras; la ineficaz y corrupta explotación de los recursos naturales de los sectores minero y energético; las brechas productivas, sociales y de infraestructura; la falta de políticas productivas regionales, en particular en el sur del país; la debilidad del modelo exportador, sin mercado interno.

Graciela Bensusán, Guadalupe Ordaz e Iliana Yaschine se ocuparon de la crisis social: la creciente informalidad, precariedad laboral e insuficiencia del salario, que llevan a la desesperanza, la migración y a empleos criminales; la gran transformación de la familia mexicana en las últimas tres décadas, sin respuesta apropiada del gobierno y de la sociedad; y los límites de los programas sociales -Oportunidades, Prospera y la Cruzada contra el Hambre- que son un alivio, con todas sus vicisitudes, pero que no modifican las condiciones básicas de pobreza, marginación y desigualdad, y sí permiten su reproducción.

Los participantes examinamos la crisis sistémica y multidimensional que vive México y la manera en que estos fenómenos se entrelazan, retroalimentan y provocan círculos viciosos, generando inevitablemente una descomposición institucional y una sensación de desesperanza y autodestrucción, que los múltiples discursos y algunas respuestas aisladas de los tres poderes y los partidos políticos no logran contrarrestar.

Urge una visión fresca para desarrollar medidas de fondo, que vayan mucho más allá de los mecanismos de seguridad y las capturas sensacionalistas de líderes criminales como La Tuta, apoyados en las fuerzas armadas y una Policía omnipresente, pero ambas insuficientes para arrancar el cáncer que destroza al país.

Se necesita una batería de políticas y acciones integradas que considere la complejidad de los orígenes del problema y los efectos que las violencias y la delincuencia han tenido en la vida del país, más allá de las preocupantes cifras de delitos. Urge un nuevo modelo que inspire confianza y esperanza, no medidas como las anunciadas por el presidente en su discurso del 27 de noviembre, con todas sus limitaciones y ausencias.

Muchos de los problemas demandan un enfoque específico, como detectar qué orilla a la población a involucrarse en actividades ilícitas o plegarse a ellas. Pero las circunstancias son muy diversas entre sí. Medidas uniformes no ayudarán a recuperar la gobernanza en zonas afectadas por la “violencia crónica” y el crimen organizado, y con población indígena marginada, como es el caso del sur del país (Chiapas, Guerrero, Oaxaca), pero también de Michoacán, Estado de México, Puebla, Veracruz, Tamaulipas y muchos municipios y miniregiones fallidos.

Emergieron los efectos de la inseguridad, violencia, corrupción e impunidad sobre los deteriorados niveles de inversión, producción, empleo, salarios e ingreso de la mayoría de la población, en contraste con los altos grados de concentración del ingreso, la riqueza y los privilegios de las élites políticas, gobernantes y empresariales.

Se consideró que asumir esos impactos permitirá definir posibles opciones de políticas públicas e intervenciones de diversos actores económicos y sociales más pertinentes a la nueva realidad que enfrentamos. Hay que dejar de pensar que podemos restituir el pasado. La nostalgia y la continuación de prácticas corruptas e injustas sólo conducirán al deterioro y la autodestrucción del país.

El autor es investigador asociado de El Colegio de México y presidente del Centro Tepoztlán AC.

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