Opinión

Creencias costosas

Como usted sabe, éste ha sido el invierno más frío en décadas en Estados Unidos, y uno de los más húmedos en Europa. Es menos probable que se haya percatado de que la temperatura global no ha subido en los últimos 15 años (desde 1999). Por lo mismo, lo más seguro es que usted esté convencido, como millones de personas, que estamos en un proceso de cambio climático provocado por el ser humano que amenaza con destruir nuestra forma de vida en unas pocas décadas.

Uno de los objetos de estudio más complejos es el clima. La cantidad de variables, sus relaciones, y nuestro conocimiento muy limitado de varios de los procesos, hacen que sea muy difícil asegurar algo en este tema. Hasta hace muy pocos años, ni siquiera se podía predecir razonablemente cuál sería el clima más allá de los cinco días inmediatos. A pesar de estas inmensas dificultades, se ha ido construyendo un consenso que afirma que la tierra se está calentando y que eso ocurre debido a los seres humanos. Más aún, se sostiene que el principal efecto es la cantidad de dióxido de carbono que generamos, que produce el llamado “efecto invernadero”. Sin embargo, la correlación entre dióxido de carbono y temperatura promedio global sólo funciona más o menos bien entre 1970 y fines de los noventa. Ni antes, ni después, la correlación se mantiene.

Es un lugar común quejarse de que las predicciones del clima siempre fallan, y ya también lo es criticar a los economistas porque sus modelos no son capaces de predecir adecuadamente. Por eso me parece increíble que las mismas personas que no creen en el meteorológico ni en los economistas sean capaces de creer en el tema del cambio climático. Si las primeras dos cosas, relativamente sencillas, no las podemos hacer bien, ¿por qué suponer que la tercera, que es muchísimo más complicada, sí la dominamos?

Me parece que hay tres razones que explican la popularidad del cambio climático. La primera es que los humanos estamos más preparados para evitar amenazas que para aprovechar oportunidades. Por eso nos llaman más la atención los desastres, muertes y escándalos que las buenas noticias. La segunda es que se ha alineado la política con el tema climático, con la izquierda mayoritariamente del lado del cambio climático y la derecha del lado “escéptico”. Y la izquierda, como es sabido, tiene una predilección por convertir sus temas en cuestiones morales. Así, cualquier crítica al tema del cambio climático, o al ecologismo, es acusado de no tener “autoridad moral”.

La tercera, no menor, es que el cambio climático ya es un gran negocio, y ha generado su propia dinámica. Miles de millones de dólares en becas y consultorías no son cosa menor. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático, en la ONU, es ya una fuerza política propia, aunque fue incapaz de presentar oficialmente su quinto reporte.

Quienes defienden el tema de cambio climático presionan porque haya políticas públicas para enfrentarlo. Pero las únicas posibles consisten en reducir el consumo de energéticos fósiles, que representan 82.6 por ciento de la energía total en el mundo. Les sigue la energía nuclear, con 5 por ciento, pero ésa ya tampoco la quieren.

¿Conviene reducir el bienestar actual de todos con base en algo que no entendemos?

Yo creo que no.