Opinión

Covi-Frimmel y Gibney: revelando.


 
I. EL LETARGO IMAGINATIVO. En El brillo de los días (Austria, 2012), encantador opus 2 decididamente ficticio de la talentosa mancuerna docuficcionista ítaloaustriaca integrada por los apenas cuarentones Tizza Covi y Rainer Frimmel (Babooska 05, La pivellina 08), el actor teatral de vanguardia solitario por exitoso Philipp (Philipp Hochmair) se la pasa memorizando grandilocuentes parlamentos abstrusos y representando papeles hasta en 9 fascinadoras piezas distintas de cualesquiera Büchner, Handke, Dostoievski transcrito o Dermutz, para cosechar elogios y aplausos impecables, aunque sin tiempo ni ímpetu siquiera para llevar una vida personal o social mínimamente satisfactoria, oscilando entre Hamburgo y Viena. Pero un buen día su envejecido tío excirquero también solitario Walter (el entrañable Walter Saabel de La pivellina) le cae desde Roma a sus deptos en sus dos ciudades de residencia hipotética para ayudarlo como vestidor y maestro de diálogos, inducirlo a perder dinero en el hipódromo, inyectarle revitalizadora energía y encargarse de los hijitos del rebasado vecino inmigrante postsocialista Víctor (Vitali Leonti), llevándolos al museo de los feroces animales disecados o leyéndoles novelas del oeste de Karl May, para acabar acometiendo un descabellado plan para ir a traer desde la lejana Moldavia a la añorada madre de los peques, a bordo de una camioneta generosamente prestada por otro cercano vejestorio (Peter Pfluger) y reacondicionada con doble fondo bajo el camuflaje circense, mientras el sobrino estrella de la actuación inicia una nueva etapa de su carrera, sobre bases más libres y menos enajenantes, por encima del letargo imaginativo que lo paralizaba.
 
 
El letargo imaginativo jamás renuncia por completo a la docuficción, ya que los dicotómicos protagonistas están siendo interpretados en efecto por un genuino cirquero de larga ejecutoria trashumante y un excelente actor archidisciplinado que conservan sus nombres verdaderos, con personalidades radicalmente opuestas y mentalidades gozosamente antitéticas, aunque unas y otras complementarias por sorpresa, y cuyas interacciones mutuas estarán encaminadas a sacudir sus modorras existenciales, resucitándose recíprocamente sin saberlo, al atiborrarse y atiborrar a los demás de fantasía, para dejar de ser meros apéndices narcisistas y egocéntricos de sí mismos en el vacío. El letargo imaginativo replantea las eternas paradojas del comediante desde perspectivas más actuales e inteligentes que las clásicas o rutinarias, con rango de afable fábula funámbula y moderna: la paradoja prepóstuma del viejo actor sin pretensiones, aunque todavía deseoso de embarcarse hacia ya imposibles aventuras marinas, que ha retornado cual hijo pródigo sólo para ser repudiado por su familia original, pero a quien eso poco le importa porque está habituado a fundar por doquiera todas las heteróclitas familias extendidas que se le antojen, y la paradoja del célebre intérprete cuasi metafísico que se retrata maniáticamente en cuando fotomatón encuentra, porque en su inconsciente aún está deseoso de conquistar y retener ¡por fin! alguna auténtica identidad fija.
 
 
Y el letargo imaginativo se apoya en un discurso sobre las derivas nómadas/sedentarias para cancelarlo en sus contradicciones mismas (o miasmas), la del milusos lanzador de cuchillos a la deriva que se revelará capaz de las hazañas ilegales más desafiantes y la del ente ya petrificado en una irónica efigie de estuco sólo por él atesorable y venerada pero que, aún así, incluso rebasado por todo imprevisto problema práctico y con su maquinaria funcional lo que sigue de enrarecida, se revelará capaz de la monumental hazaña de valerle gorro las acerbas reseñas de sus ahora desfiguros involuntarios sobre la escena, recuperando ambos entonces el Brillo de los Días.

II. EL ENCUBRIMIENTO ECUMÉNICO. En Mea máxima culpa: silencio en la casa de Dios (EU, 2012), dolorosamente testimonial opus 14 del oscareado documentalista neoyorquino de 59 años Alex Gibney (Enron: los tipos que estafaron a América 05, Gonzo 09), se retoman las valerosas denuncias presentadas por 4 exalumnos del internado para niños sordos St. John de Milwaukee en los setenta, acerca del calvario que vivían cada noche que el cura rector Lawrence Murphy recorría sus dormitorios en busca de compañero de cama para prácticas de abuso sexual, y en seguida se detalla el escándalo mundial producido, la ambigua reacción del arzobispo local, las gestiones legales sin respuesta por parte de autoridades eclesiásticas superiores, el brote de análogos escándalos en Irlanda, así como por toda Europa o México, y el silencio en el Vaticano en épocas del papa Juan Pablo II, hasta que, a la muerte de éste y con base en pruebas incontrovertibles, pocos años después, el exprefecto jurídico vaticano Joseph A. Ratzinger, ya entronizado como Papa Benedicto XVI, llegase a presentar una disculpa pública en su intento por ponerle freno al deterioro del prestigio eclesiástico a causa del coro de acusaciones universales por pederastia.
 
 
El encubrimiento ecuménico reseña, analiza y certifica con gran cuidado sus asertos mediante un montaje-collage y a través de un relato docudramático, estructurado por una decena de segmentos rutilantemente intitulados "El Alertador" o "El Gran Inquisidor" o "El Cura Cantor" o "El Diablo con Disfraz", dosificando su galería de retratos y sus golpes de efecto como una corrosiva pero contundente colección de jugosas revelaciones, sean el intermezzo del cura rockero irlandés Tony Walsh imitador de Elvis Presley pero violador compulsivo de 200 niños, la fiscalía rehabilitadora de curas pederastas llamada los Siervos de Peráclito, la Congregación para la Doctrina de la Fe como sucedáneo de la antigua Santa Inquisición, las zalamerías del legionario crístico Marcial Maciel a los pies del papa, la videograbación clandestina en b/n de un fársico enfrentamiento violento con el cura Murphy, vuelto huidizo guiñapo medroso sólo defendido en el jardín de su refugio terminal por una manoteante monja sordomuda, el irrebatible status del Vaticano como Estado por encima de toda Ley (concedido por Mussolini), el mundo paralelo casi fantástico de un colegio de Verona donde ocurrió lo mismo que en Milwaukee y al mismo tiempo, o las justificaciones absurdas de los infelices sociópatas ("Lo hacía para cargar con la culpa del pecador y en seguida rezaba y me arrepentía").
 
 
Y el encubrimiento ecuménico se adhiere finalmente a un alegre e irrisorio Poder Sordo, autoproclamado desde una irónica impotencia por las víctimas propiciatorias, difundiendo por doquier su causa y siempre hablando a señas que no dudan de referirse en varias ocasiones a un "ensordecedor silencio", antes de estrellarse, fuera de cualquier afán de provocación shocking, contra los infranqueables diques del derecho canónico, dejando a su paso un extraño sabor amargo de impotencia secular y desaliento imperecedero.