Opinión

Corrupción: para que la cuña apriete

 
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Abanico de billetes mexicanos. (Arturo Monroy)

La corrupción, la falta de Estado de derecho y la fragilidad institucional causan un daño evidente, pero difícil de medir, limitando la capacidad de una economía de atraer proyectos de inversión, o forzando a quien invierte a buscar una rentabilidad mayor que la que esperaría en economías más transparentes y con mayor certeza jurídica.

Los países pueden acostumbrarse y adaptarse a sistemas corruptos, siempre hay políticos y empresarios que se cobijan bajo el amparo de la impunidad. En México, hay grotescas fortunas familiares originadas en ambos lados de ese juego, que incluso parecen legitimarse al paso del tiempo.

Pero es posible que surjan nuevos escándalos que sean la gota que derrame el vaso del hartazgo popular. Me preocupa que el presidente Peña y sus allegados canten victoria porque los medios le quitaron el reflector a la 'casa clanca', Malinalco, OHL, Higa y demás embrollos. No hacer algo contundente volverá aún más cuesta arriba realizar las grandes obras de infraestructura indispensables, como la del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Más allá de eso, nos expone a que se descarrile la economía del país.

Digan lo que digan los críticos de Peña, el primer trienio de su administración es el de mayor crecimiento (2.0 por ciento anual aproximadamente) desde Zedillo (2.4 por ciento). Cabe señalar el altísimo crecimiento logrado por los dos presidentes más odiados en el pasado reciente. En la primera mitad del de Carlos Salinas se creció a tasa anual de 4.5 por ciento y 7.3 por ciento en el de José López Portillo. En ambos casos, la segunda mitad fue infinitamente más volátil y accidentada.

México ha dejado atrás esas crisis sexenales, ha logrado ventajas estructurales relevantes sobre el resto de la región, como la diversificación de nuestra industria y exportaciones, por ejemplo. Llevamos décadas de estabilidad, de seriedad y tecnocracia en la política económica. Pero el talón de Aquiles de esta administración podría estar en los escándalos no atendidos, y en los que vendrán en una segunda mitad del sexenio, por definición, más complicada.

Veamos el caso del escándalo de Petrobrás. Éste ha tenido un efecto devastador en la economía brasileña. Se estima que decrecerá cerca de 4.0 por ciento este año y más de 3.0 por ciento el que viene, a pesar del gasto implícito en la organización de los Juegos Olímpicos. Será la peor crisis en 80 años. La parálisis provocada por el escándalo y la incertidumbre que proviene de éste podría mermar el crecimiento de la economía más grande de América Latina por muchos años.

Surge repentinamente algún elemento que galvaniza décadas de frustración, y los escándalos adquieren vida propia y desembocan, incluso, en cacerías de brujas. En Brasil abundan ya los casos de empresarios que llevan meses detenidos, sin tener cargos formales en contra.

Los mismos funcionarios que hoy no hacen algo por fortalecer el Estado de derecho podrían acabar viéndose afectados el día de mañana por la falta de éste. Los mismos que se benefician de la grotesca falta de transparencia, podrían carecer de argumentos legales para defenderse, precisamente por la misma; poderoso hoy, víctima mañana.

Independientemente de la pírrica satisfacción karmática, se llevarían al país entre las patas.

La economía mundial está estancada, el riesgo de crisis geopolítica está latente y la sucesión de 2018 se hará presente en lo general, y en el PRI en particular, incluyendo la lucha entre gente cercana al presidente por posicionarse. Él se sentirá cada vez más solo y crecientemente vulnerable.

Para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo. La prioridad de la segunda mitad del sexenio de Peña Nieto tiene que ser iniciar un proceso real para combatir impunidad y fortalecer el Estado de derecho.

Debe empezar por nombrar a un grupo de gente inteligente, imparcial e incuestionable para que proponga una ruta crítica, poniendo objetivos y fechas límite; necesita hacerlo sin demagogia y con objetivos ambiciosos, pero alcanzables. Necesitamos forjar un marco legal e instituciones que permitan castigar en forma efectiva y transparente actos de corrupción y conflictos de interés.

Los empresarios tienen que hacer lo propio. Son ellos quienes deben señalar a quienes promueven actos de corrupción y han hecho de ésta su modus operandi. Es importante aislarlos e, incluso, denunciarlos.

Es totalmente diferente la dinámica de hacer este doble esfuerzo, a nivel privado y de gobierno, ante el deseo de que las cosas cambien y México rompa el nefasto ciclo de corrupción e impunidad que nos identifica internacionalmente, en vez de hacerlo cuando surjan nuevos escándalos que provoquen correcciones erráticas y accidentadas, o en el extremo, cambios de gobierno históricamente lamentables.

Hay carretadas de inversión internacional buscando morada. La crisis brasileña y la desaceleración china ponen a México en posición envidiable. Si iniciamos con seriedad la construcción de un Estado de derecho, recibiremos beneficios como en ningún otro momento. Es mejor hacer grandes cambios de forma proactiva y voluntaria.

Twitter: @jorgesuarezv

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