Opinión

Corrupción: instituciones y cultura

Hay una conocida referencia que habla de cómo cambia el carácter de los mexicanos cuando cruzan la frontera de Estados Unidos.

Refiere ésta, que los paisanos sufren una transformación y se vuelven respetuosos de las leyes. Dice la conocida historia que mientras en nuestro país son indisciplinados y flojos, en Estados Unidos se convierten en los mejores trabajadores.

Así que a veces la conclusión parece muy fácil y rápida: si tuviéramos instituciones como las tienen tras la frontera, seríamos otros.

A mi parecer, estas populares referencias no son precisas. Ni todos los mexicanos en nuestro país somos flojos e infractores de la ley ni tampoco todos los que emigran a Estados Unidos se vuelven respetuosos de ella.

De hecho, de entrada, si así lo fueran, no hubieran ingresado ilegalmente, como lo han hecho muchos millones.

A este respecto, una discusión que cobró notoriedad hace unos días es la referente a la corrupción, luego de una conversación del presidente Peña con un grupo de periodistas.

La afirmación de Peña en el sentido de que la corrupción en México era un fenómeno cultural, fue objeto de críticas.

Pero, la realidad es que sí hay fuertes ingredientes de carácter cultural en ese fenómeno.

No quiere decir que sea una parte de nuestro ADN y que resulte irremediable, pero sí que es un patrón de comportamiento aceptado por amplios grupos de la sociedad.

Déjeme ponerle un ejemplo.

Hace muchos años, cuando se planteó una renovación del personal de aduanas –todavía en el sexenio de Salinas de Gortari– se preparó sigilosamente a nuevos policías, reclutando personas con un perfil completamente diferente a los que allí se encontraban, jóvenes que no estuvieran ‘maleados’. En un operativo de un día, con el apoyo del Ejército, se sustituyó a la totalidad del personal de vigilancia a nivel nacional.

Contaba un funcionario en aquellos tiempos, que apenas varios meses después de que los jóvenes habían llegado, ya eran tan corruptos como aquellos a los que habían reemplazado. Una de las razones es que los operadores privados del comercio exterior se sentían más cómodos con un esquema de corrupción que con uno limpio.

A veces pareciera “políticamente incorrecto” decirlo por las críticas a las que uno se hace acreedor, pero el sector privado puede ser una fuente de corrupción mayor que el sector público.

Para enfrentar este problema se requieren acciones en diversas vertientes. Desde luego, que el servidor público que incurre en corrupción, debe saber que es objeto de escrutinio y que su detección puede tener consecuencias muy severas.

Pero debe ser el mismo caso para el sector privado. Y a veces eso es lo más complejo del problema.

Para tener estándares de honestidad, por ejemplo, como los de Chile, tendrá que haber, sí, un cambio cultural que deberá comenzar en la educación básica. De lo contrario, ni siquiera habrá la capacidad para construir las instituciones que requerimos para combatir la corrupción.

Paréntesis

Por vacaciones de su autor, esta columna se publicará de nuevo a partir del próximo 21 de octubre

Twitter: @E_Q_