Opinión

Corrupción e inflación enervan

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gasolinazo

Enrique Peña Nieto y los jóvenes formados en tecnológicos con los que habla en el día a día han ofendido repetidamente a los mexicanos. No tienen la menor idea de que una de las condiciones nobles de la política es dar lugar a los deseos y los malestares, las ansiedades y las dudas de la gente.

Claro, para hacerlo, hay que poder (com)padecer los sentimientos ciudadanos, saber lo que piensa, pero también lo que siente la gente. En su mayoría, los mexicanos pensamos que la marca de este sexenio será la corrupción, pero el aumento al precio de las gasolinas hizo estallar sentimientos de ofensa, enojo y de miedo.

La combinación de corrupción a ojos de todo mundo, con mayor costo de la vida por inflación de precios, es enervante.

Después de que se estuvo ventilando públicamente el latrocinio de varios gobernadores, después de que el veracruzano Javier Duarte se evadiera y de que las absurdas explicaciones de Osorio Chong se tomaran como una burla, justo en ese momento se anunció el descomunal aumento a las gasolinas como "necesario e inaplazable".

El alza de enero, y la de febrero, no serían necesarias -pensamos millones de mexicanos- si se recuperaran los miles de millones de pesos que se han malversado, dilapidado o robado en los gobiernos estatales y en el federal. Esa idea despierta sentimientos de hartazgo, frustración y enojo porque sabemos que eso no va a suceder sino al contrario, que las complicidades protegerán a los corruptos.

La desconfianza en que el gobierno proceda conforme a la conveniencia del país es otra de las crisis que vivimos; es la llamada “crisis de representación”, por el abismo que separa a la sociedad de las decisiones políticas que se toman desde el gobierno.

Ese divorcio lo revela también el nombramiento de Luis Videgaray para hacerse cargo de la otrora prestigiada política exterior mexicana.

El presidente sabía que Videgaray no tiene experiencia diplomática, pero qué importa, me imagino que consideró Peña Nieto, si tiene un amigo banquero que lo puso en contacto con Jared Kushner, yerno de Donald Trump, con quien orquestó la indigna recepción del entonces candidato estadounidense en Los Pinos.

No le alcanzará esa credencial a Videgaray para lograr que las políticas de la administración Trump sean un poco menos hostiles a México. Serán adversas porque el TLCAN no es sólo libre comercio sino integración productiva mexicano-estadounidense, a la que Trump le atribuye la pérdida de empleos en Estados Unidos.

La culpa del grave daño que Trump le causará a nuestra economía es de los gobiernos que, desde Carlos Salinas hasta Peña Nieto, pasando por los dos panistas, hicieron de la plena integración de México a Norteamérica el eje de su política económica, consistente en no hacer política para dejar que el mercado fuera el que trazara la integración.

La industria automotriz fue la que mejor sirvió a esos propósitos. Trump empezó su discurso ayer congratulándose del regreso a Estados Unidos de Ford, Chrysler-Fiat y confiando en que General Motors seguirá los mismos pasos.

Antes que haberle encargado a Videgaray las relaciones exteriores del país, por ser un conocido de un familiar del tirano, debían haberse definido propósitos del desarrollo, y las políticas y planes nacionales para superar las vulnerabilidades externas e internas de México.

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