Opinión

Corrupción e impunidad, cáncer de México

 
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Interesantes, muy interesantes, las conferencias que impartieron, entre otros, María Amparo Casar y Juan E. Pardinas el pasado 9 de noviembre sobre corrupción e impunidad. Transamos y no avanzamos, nos dijeron estos dignos representantes del IMCO -Instituto
Mexicano para la Competitividad A. C.- y su dura y certera aseveración es un dardo que debe penetrar en la conciencia de todos los mexicanos y hacernos reflexionar, por una parte, sobre el brutal costo que tiene la corrupción para nuestro país, y, por la otra, sobre lo que cada uno de nosotros debemos hacer para combatirla. La corrupción, nos dice mi colega José Luis Beato, Presidente de la Coparmex en la Ciudad de México, “cuesta a Latinoamérica más de 142,000 millones de dólares anuales, cerca del 3% del producto interno bruto de la región”.

En un apretado resumen, señalo aquello que más me llamó la atención de la interesantísima intervención de Juan E. Pardinas: La corrupción no es un problema exclusivo de México, pero la impunidad tiene dimensiones insospechadas en vista de que los escándalos no tienen consecuencias en los tribunales pero sí son capaces de frenar nuestra economía y desgarrar la convivencia social. Los gobiernos con más denuncias de corrupción, son aquellos que gastan más dinero en construcción de obras públicas. El éxito de quienes trabajan para el gobierno no depende de la innovación, la eficiencia o la disposición a asumir riesgos, sino de los contactos directos con las autoridades “correctas”. Cambian los gobiernos –muchos de ellos cada tres años- y cambian los equipos humanos para rodearse de sus predilectos, independientemente de la capacidad demostrada que puedan tener algunos o muchos de los que se sacrifican ¿Sería esto lógico en la empresa privada? se pregunta Pardinas y la respuesta es obvia: el capital más valioso de una empresa es su gente y ésta, la más capaz, hay que conservarla a toda costa; pero en el sector público el éxito no depende de la capacidad del empleado o del funcionario, sino de los contactos directos con las autoridades correctas. Es la corrupción el principal obstáculo para la competitividad y el país se hunde por la baja competitividad que sufre en la mayor parte de sus sectores productivos. Un alto a la impunidad, concluye Pardinas, es uno de los grandes desafíos que tenemos para evitar el freno a nuestra economía y el desgarramiento de la convivencia social.

Por su parte, María Amparo Casar hace un durísimo diagnóstico de las consecuencias de la corrupción, señalando, entre muchas otras cosas, que es el enemigo público número 1 de nuestro país, ya que frena el desarrollo de la economía, derrota al emprendedurismo, disminuye la productividad , favorece el rentismo, inhibe la inversión, genera descontento con la democracia, debilita a las instituciones, fomenta clientelismo, daña la credibilidad, disminuye el bienestar social, reduce la eficiencia del gasto, limita la movilidad y obstaculiza la justicia. María Amparo, en su interesantísima intervención, profundiza en estas aseveraciones, señala que los mexicanos somos tolerantes y permisivos y hace una reflexión que nos debe conmover: La corrupción no es exclusiva de México, la impunidad sí. Algo que me impresionó del análisis de esta intelectual, es la revelación del desencanto con la democracia que hemos tenido los mexicanos: La satisfacción promedio en América Latina con este sistema de gobierno es del 39%, muy baja, ciertamente, pero en México ha pasado en los últimos 6 años, del 41% en el 2006 al 21% en el 2013. Las cifras hablan por sí solas pero la pregunta es obligada ¿Y qué puede ser mejor que la democracia para nuestro país? Mi opinión personal es que nunca, nunca, debemos regresar al sistema autoritario que padecimos durante muchos años, por lo que nuestra única alternativa es la de lograr que nuestra democracia funcione ¿Cómo? Dejo abierta la pregunta, pero me atrevo a aseverar que no es sólo un problema de nuestros gobernantes. El óptimo funcionamiento de la democracia necesita de la participación tanto los gobernantes como los gobernados, recayendo en estos últimos la responsabilidad de exigir resultados a los primeros.

Las magníficas conferencias que escuchamos, nos obligan a reflexionar y yo me atrevo a aseverar después de la reflexión: Qué bueno es escuchar el duro diagnóstico de nuestro país, pero llegó el momento de la acción. Quedarnos en la reflexión es insuficiente ¡Debemos actuar! sí, actuar. La pregunta que queda en el aire, y reto a que cada quien intente contestar, es ¿En qué debe consistir nuestra actuación?

Mañana será otro día.

Presidente de Sociedad en Movimiento.

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