Opinión

Corrupción, cáncer de México

 
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Bandera de México frente a Palacio Nacional

María Amparo Casar, distinguida académica del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), acaba de divulgar un interesantísimo estudio sobre la corrupción, de lectura obligada, que nos hace meditar sobre la incapacidad que hemos tenido para contener este cáncer, el de la corrupción, derivado principal, pero no únicamente, por la inmensa lacra que existe en el sector público, aún cuando también se percibe en el sector empresarial y en la sociedad en general. Este cáncer, cuyos daños en lo económico y en lo social son incalculables, está presente y corroe las entrañas de nuestro país.

Coincido con María Amparo Casar, la corrupción es una de las causas por las que México tiene un crecimiento raquítico que durante muchos años se ha situado alrededor de 2.0 por ciento cuando tenemos una capacidad, demostrada hace ya algunas décadas, de poder crecer a 6.0 por ciento o más y generar los empleos dignos que requiere nuestra población y me gustaría abordar sobre este ángulo del problema.

Es una vergüenza la economía informal que padecemos, en muchas ocasiones originada por falta de oportunidades en la economía formal; es una vergüenza la 'piratería' de productos formales y su venta indiscriminada; es una vergüenza el escuchar la autorizada voz del INE señalando que 54 por ciento de la población laboral percibe tres salarios mínimos o menos y que aquellos que sólo alcanzan un miserable salario mínimo de alrededor de 70 pesos están por arriba de 10% de la población laboral. Todo esto es una de las causas por las que el crimen organizado captura para sus filas a jóvenes y no tan jóvenes desempleados, que prefieren correr el riesgo de la violencia y hasta de la muerte frente a un futuro que les parece incierto y miserable. Y naturalmente la corrupción es parte de su diario actuar.

Crecimiento económico generador de empleos dignos, lo repetimos, es una de las exigencias que todos debemos hacer a nuestros gobernantes. Que faciliten en lugar de estorbar la creación de nuevas empresas; que faciliten en lugar de poner trabas, la marcha sana de las empresas ya constituidas; que exijan el cumplimiento de las obligaciones laborales y fiscales, pero que las leyes y normas que deban cumplirse estén al alcance no sólo de las grandes empresas, sino también de las medianas, pequeñas y microempresas, que son las mayores generadoras de empleos; que revisen el comportamiento de sus representantes y castiguen severamente a los que viven de la “mordida”; que los municipios compitan entre sí para ofrecer a las empresas las mejores condiciones para que se establezcan en ellos y apoyen así su sano crecimiento –el de las empresas y el de los municipios–; que se reconozca socialmente el mérito de los buenos empresarios generadores de riqueza que contribuyen con sus impuestos y con la generación de empleos al desarrollo del país.

No queremos empresas que exploten a sus trabajadores; no queremos empresas que coloquen en el mercado productos indignos; no queremos empresas que burlen sus obligaciones fiscales y laborales; no queremos empresas que corrompan a sus clientes para así colocar sus productos; no queremos empresas que vuelven ricos a sus propietarios a través de sus prácticas monopólicas. ¡Que quede claro!

Pero qué hermoso es ser empresario; un empresario, como hay muchos, socialmente responsable. Un empresario que haga de su actividad una forma digna de vivir de la que pueda sentirse orgulloso y contagie a otros para que emprendan y generen, como ellos, riqueza y empleos dignos.

La competencia no es, como antes, local, regional o nacional. Ahora es cada vez más internacional y para afrontarla debemos capacitarnos intensamente, independientemente del tamaño de la empresa. Vivir o morir, y sólo sobreviven los que entienden de manera cabal los nuevos signos de los tiempos.

Y no podemos dejar de mencionar, como factor clave del éxito, la presencia de organismos empresariales que “arropan” a las empresas de acuerdo a su especialidad y negocian condiciones que sería imposible llevar a cabo en la soledad de la individualidad.

El juego de México se parece al que tanto nos apasiona: el fútbol. El Estado y particularmente nuestra clase gobernante, está obligado a poner la cancha de juego en condiciones propicias; el árbitro es nuestro sistema de justicia, incluyendo a la Suprema Corte; los jugadores –lo más importante– son los empresarios y sus colaboradores; y el público, todos nosotros. Si cada quien participa en la parte que le corresponde, México será un jugador de calidad mundial. De otra manera estaremos, como ahora, en las ligas inferiores.

No perdamos la esperanza, pero pasemos de la crítica a la acción. Exijamos por una parte un gobierno que cumpla con su cometido y, por la otra, actuemos cada uno de nosotros en el campo en el que nos desenvolvamos, como ciudadanos responsables.

¡Sí! Una forma efectiva de atacar la corrupción es la de crear oportunidades para que la gente encuentre ocupación que le permita vivir con dignidad, evitando así, en lo posible, la tentación de apropiarse de lo ajeno. Ni más, pero tampoco ni menos.

Mañana será otro día.

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