Opinión

Coppola y Linklater: virtualizando


 
I. EL HURTO SUNTUARIO. En Ladrones de la fama (EU-RU-Francia-Alemania-Japón, 2013), opus 5 de la heredera dinástica neoyorquina de 42 años Sofia Coppola (Perdidos en Tokio 03, En un rincón del corazón 10), con base en el reportaje "Los sospechosos usaban Louboutines" de Nancy Jo Sales aparecido en Vanity Fair, toda la banda rinde su declaración y el despistado chavo acomplejadazo paradójicamente megaguapo (Israel Broussard) empieza confesando...
 
 
... haberse fascinado e involucrado desde su primer día de prepa para rechazados en Los Angeles con la manipuladora adolescente chinoamericana Becca (Katie Chang), hechos los mejores amigos, acudido a típicas fiestas grifas de su medio y comenzado a invadir supermansiones de la localidad para sentirse a sus anchas y apoderarse de codiciadas ropas de marca y artículos suntuarios y carrazos y joyas de celebridades cuyas ausencias localizaban por Internet (Paris Hilton, Audrina Patridge, Orlando Bloom, Megan Fox, Lindsay Lohan), subiendo cínicas fotos autoincriminadoras al Facebook y pronto haciendo participar en sus hurtos a la contradictoria activista humanitaria hija de madre invasiva Nicki (Emma Watson sensacional), a la luminosa rubia huequita Chloe (Claire Julien) y a la atrabancadísima embotada Sam (Taissa Farmiga), hasta ser detectados por cámaras de seguridad, volverse pasto de TVnoticieros sensacionalistas y arrestados finalmente como culpables de amasar un botín de más de 3 millones de dólares. El hurto suntuario construye la perfecta ficción en espejo gracias a la abundancia del mil por hora y a la bella redundancia, una fascinante película sobre la fascinación por las mercancías de lujo, un filme en apariencia más que vacío sobre la vaciedad (como lo fue la frenética dislocada Spring Breakers: viviendo al límite de Korine 13), una autárquica fábula sin fábula ni moraleja ni pálido asomo de juicio moral o condena, una cinta-ensayo-crónica-nota roja reconstruida sobre el robo que se roba ella misma las mejores cualidades de los anteriores trabajos ultravisualistas-neoformalistas de la virtuosística realizadora intentando entender cómo y por qué asaltaban las casas de sus homólogos millonarios, puesto que Las vírgenes suicidas (99) ya se conforman con usurpar identidades próximo-remotas en vez de quitarse la vida, los extraviados en el deslumbramiento están ahora Perdidos en Tokio a nivel cósmico-evanescente, la majestuosa plástica ultraexquisita apenas dialogada de María Antonieta como rockstar de época (06) se revela una omnipotencia bovaryana, y la persecución de la celebridad con todas sus consecuencias de En un rincón del corazón alcanza su punto de ignición en las conciencias comunes: forma pura, irritación y decepción seguras en una cinta que es puro esplendor espectacular y fina ironía concluyente episodio por episodio ("La seguridad de poder hacer lo que quieras"/"Si no puedes ser famoso, sé infame"/"¿Qué te dijo Lindsay, cuando coincidieron en la prisión?"). El hurto suntuario hace un ensayo sintomático sobre Las cosas como nadie lo había logrado desde la homónima novela profética de Perec, poblado e exclusiva por una profusión dionisiaca de objetos-fetiche, objetos-signo y objetos-seducción que deshacen la realidad de sujetos-objeto, sean billetes-abanico o zapatillas rosas tranvestistas, ya que aquí no se saquean bienes sino un estilo de vida, para ver mejor las efímeramente satisfechas ambiciones de viles frustrados del consumo (los sueños de Paty Chapoy producen monstruos), de un colosal consumo cruelmente ajeno e inasequible por siempre. Y el hurto suntuario suprime de antemano todo rasgo psicológico distintivo y niega cualquier profundidad a la energía avasalladora de sus eufóricos robos en cadena porque está llevando la mentalidad estragada por las redes sociales hasta sus extremas consecuencias behaviouristas: la falta de vida privada, el exhibicionismo compulsivo y la existencia relacional vuelta virtual, y recitando su dirección electrónica aún en la peor adversidad: otra de sociópatas indefensos e insumisos.
 
 
II. LA PAREJA INTERMINABLE. En Antes de la medianoche (EU-Francia, 2013), filme 16 del exindependiente rebelde texano ya de 53 años Richard Linklater (Slacker 91, Bernie 11), con guión suyo y de sus dos actores protagónicos para concluir en grande una paradigmática trilogía sobre efímeros (re)encuentros románticos incisivamente ultradialogados en Viena o París de los mismos viajeros otrora jóvenes que inició Antes del amanecer (95) y continuó Antes del anochecer (04), el célebre novelista en cosmopolita migración creadora Jesse Wallace (Ethan Hawke) y la experta en turbinas eólicas francesa Celine (Julie Delpy) se han casado, engendrado un par de encantadoras niñitas, asentado durante años en Europa, vacaciona desde hace seis semanas en la paradisiaca isla griega de Kalamata y ahora es premiada por afluentes amigos locales con una noche en un regio hotel de superlujo, sin saber que los miembros de esa pareja de 41 años en apariencia modelo, aprovecharán la ocasión, en vez de hacer sexo en libertad, para hacer estallar verbal y acremente su disfuncional/archifuncional relación amorosa. La pareja interminable recurre al ambiguo parloteo incesante para relevar a la cursilería de aquellos reencuentros románticos intermitentes, vueltos nostalgia y culpa y acicate, con una dominancia de apabullantes ráfagas de invectivas, de malevolencia y de agudeza en altas dosis, si bien jamás letales, un poco a lo Rohmer esquina con el argentino posmoderno Perrone, apoyándose en el autoexcitado histrionismo encantador de Hawke-Delpy, aunque sin el carisma antiglamouroso de Albert Finney y Audrey Hepburn en Un camino para dos (Donen 67), ni la conmovedora austeridad minimal-hiperrealista de Bruno Todeschini-Valeria Bruni Tedeschi en Una pareja perfecta (Suwa 05), siempre en la cauda del Viaje en Italia (Rossellini 53) y su señera tutela pese a todo optimista, con 56 años por delante, acordados tras la visita a una regia capilla bizantina iluminada con velas, igual que la intimidad de ellos. La pareja interminable plantea la adversidad romántica a niveles del hombre roído por el abandono a su introvertido hijito Hank (Seamus Davey-Fitzpatrick) y la mujer embarazada harta de las labores domésticas porque se niega al sacrificio secular de su género, aunque ambos disfrutando de una fotografía etérea de Christos Voudouris demasiado consciente-insistente de estar virtualmente en el Jardín del Edén y, tornando casi prescindible la compacta edición, de un régimen de severos planos largos, eternos, aunque paradójicamente de ligereza imposible. Y la pareja interminable se redefine con grandes tendencias al vicio circuloso, al foso infinito y la cruel condena junto a la piscina de El gran hotel (Goulding 32), en ese final abierto a todas las reconciliaciones posibles, cual cuento de nunca acabar, monstruosamente lúcido y autoconsciente.