Opinión

Contradicciones

 
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[El dólar es primero que nada, una moneda vehículo principalmente en el mercado interbancario / Bloomberg]

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional aprobó una renovación de la línea de crédito flexible que tiene el país por un periodo adicional de dos años. El monto del acuerdo, 88 mil millones de dólares, es mayor al de noviembre de 2014, de 67 mil millones. Es una buena noticia. Estos instrumentos sólo se otorgan a países con fundamentos macroeconómicos sólidos, inflación bajo control, sistemas financieros sanos y solventes, además de bien regulados, y políticas fiscales sostenibles. Aparte de México, sólo Colombia y Polonia tienen este instrumento, aunque por montos sustancialmente menores.

Es una herramienta que ojalá no sea necesario usar. Su propósito es la prevención de crisis en entornos de volatilidad y posibles salidas de capital. Este año, Banco de México pagó por la renovación y el incremento en el monto de esta línea, que funciona como un seguro, 200 millones de dólares.

La volatilidad permanece. A pesar de que ya hay más consenso sobre la probable subida de tasas por parte de la Reserva Federal, sigue existiendo incertidumbre sobre el ritmo que llevará el ajuste. La desaceleración global sigue presente y las perspectivas para muchas de las economías emergentes son desalentadoras. La potencial salida del Reino Unido de la Unión Europea, Brexit, añade a la incertidumbre global. Para México, las elecciones primarias de Estados Unidos, y posteriormente las presidenciales, presentan un riesgo adicional en términos comerciales y potencialmente migratorios.

En este entorno, la ampliación de la línea de crédito incrementa los recursos que tiene México para hacerle frente a una posible contingencia. El total de recursos disponibles asciende a 265 mil millones de dólares, incluyendo las reservas internacionales. Son buenas noticias para los mercados financieros con operaciones en México y una validación externa de las políticas macroeconómicas del país.

Dos días después del anuncio, se publicó uno de los varios índices de competitividad que existen en el que México disminuyó seis posiciones.

Pasó de estar en el lugar 39 a estar en el 45 (de un total de 61, en el que el peor es Venezuela). Los más competitivos son Hong Kong, Suiza y Estados Unidos. El International Institute for Management Development publica un índice que contempla variables relacionadas con el desempeño económico, la eficiencia gubernamental, la eficiencia empresarial y la infraestructura. También considera la corrupción y el soborno.

El Foro Económico Mundial también publica un índice de competitividad global. México ocupa el lugar 57 de 140, pero el pilar en el que se encuentra peor evaluado es el de instituciones. Ahí el país está en el lugar 109. Desglosar este pilar revela información poco alentadora.

Incluye aspectos como pagos irregulares y sobornos (ocupamos el lugar 103); confianza en los políticos (sitio 124); obstáculos regulatorios (123); costos que enfrentan las empresas derivados del crimen y la violencia (135) y crimen organizado (en el lugar 136 de 140).

Ayer, Luis Foncerrada, director del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, narraba en un artículo en El Universal que en foros de análisis financiero y económico el tema de corrupción prevalece. Basta con abrir un periódico o escuchar las noticias para inundarnos de escándalos de corrupción diarios. Los miles de millones de pesos robados en Veracruz en un entramado de empresas fantasma con transacciones millonarias en efectivo; el desvío de recursos en la campañas en Oaxaca y el enriquecimiento inexplicable de sus gobernantes; licitaciones amañadas y regalos millonarios de contratistas a funcionarios públicos, son sólo algunos ejemplos de la corrupción rampante que se vive en el país.

Cada vez que se quiere hablar de las noticias positivas del país, que sí las hay, aparece la corrupción para opacarlas. La corrupción cuesta en eficiencia, en productividad, en dinero. Nos cuesta en la percepción que tenemos de nosotros mismos y la que se tiene de nosotros en el exterior. Cuesta en inversión.

No se ve ninguna intención de hacerle frente. Las iniciativas que vienen de la sociedad no se quieren discutir. Todo se queda en discursos que distan de transformarse en compromisos. La corrupción no se quiere combatir. Tal vez eso nos está costando más.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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