Opinión

Contra el mal humor: el circo

 
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pobreza, mujeres, indígenas (Cuartoscuro/Archivo)

Nada como un espectáculo circense para paliar el mal humor y si el circo tiene varias pistas, mejor, así el respetable podrá solazarse y olvidar la tragedia cotidiana.

El miedo, el hambre, el desempleo y la frustración se olvidarán por completo. El polifacético elenco extraviará al auditorio y engañará la razón con simultáneos actos de acrobacia e ilusionismo.

Tarántulas monstruosas, seres deformados por castigo divino, malabares y piruetas distraen la atención. En una pista un grupo de payasos se lanza pasteles, se hace trampas y se propina golpes; en otro, un elegante personaje se enfrenta a amenazantes fieras; un equipo de valientes surca los aires con peligrosas maniobras sin red protectora, mientras una bella dulcinea cabalga temeraria en albo corcel. Al fondo, la triste melodía de un afligido comediante motiva la ternura.

El circo, cruel o cándido, ha sido desde tiempos inmemoriales, un espacio de catarsis pública que, pese a lo que se crea, no ha pasado de moda, más bien ha vuelto, como en Roma, a su arena original: la política.

En México, aunque desprovisto del pan de la clásica cita y potenciado por la tecnología mediática, el circo sigue presente en la realidad social.

A diario presenciamos actos de magia que desaparecen tanto cadáveres, como culpas o formidables presupuestos. Los payasos culminan sus inocuos y pasteleros debates entre besos y abrazos.

Dinosaurios parlantes, cual reliquias, reclaman veneración. Vedettes, comparsas, malabaristas y terribles fieras chimuelas y dóciles ante su domador, se suman al elenco.

No falta el prestidigitador, que, previa cuota, anuncia el futuro, no siempre de bonanza.

Cierra la fiesta de ilusiones y cabriolas el maestro de ceremonias quien, ricamente ataviado, agradece a la concurrencia sus aplausos y le invita a asistir a la siguiente función para olvidar el mal humor.

Viva el circo.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac México Norte.

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