Opinión

¿Cómo superar la crisis de credibilidad y confianza?

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El presidente Peña Nieto durante una visita a Guerrero. en octubre de 2013. (Archivo/Cuartoscuro)

En una entrevista reciente concedida al Financial Times, el presidente Enrique Peña Nieto reconoció que el país está “plagado de incredulidad y desconfianza”. El presidente tiene razones para estar preocupado. Después de la masacre en Iguala y del escándalo por los aparentes conflictos de interés que involucran propiedades de su círculo cercano, el nivel de aprobación de Peña Nieto se desplomó. A principios de 2013 alrededor de 55 por ciento de la población aprobaba su gestión; para enero de este año esta cifra se había reducido a 25 por ciento.

Los bajos niveles de aprobación del presidente son críticos, pero no son inéditos ni irreversibles. El gobierno de Ernesto Zedillo inició con una sorpresiva devaluación del peso y con una crisis económica severa. En ese contexto, Zedillo obtuvo en enero de 1995 el nivel más bajo de aprobación presidencial del que se tenga registro en México (de acuerdo con la serie publicada este mes por Ulises Beltrán en la revista Nexos). Su nivel de aprobación en ese momento fue ligeramente superior a 20 por ciento, no muy abajo del mínimo alcanzado por Peña Nieto en enero de este año. Sin embargo, Zedillo se recuperó y concluyó su sexenio como un presidente popular, con niveles de aprobación superiores a 60 por ciento.

Por su parte, Peña Nieto ha identificado bien el problema: la mayor parte de los mexicanos ya no confían en su gobierno, y esta desconfianza no sólo afecta su imagen personal, sino que también puede desincentivar la inversión en el país. Desafortunadamente el gobierno no ha impulsado todavía acciones para recuperar la confianza. Para lograrlo, no bastará con que las reformas estructurales arrojen resultados positivos en el plano económico (lo que además, parece poco probable con la caída del precio del petróleo y los recortes presupuestales que se han anunciado), más bien será necesario que el presidente tome acciones que demuestren el compromiso de su gobierno con el interés público.

Eric Uslaner es un académico de la Universidad de Maryland que ha estudiado por décadas la relación entre la confianza y las instituciones políticas. En un libro publicado en 2002, Uslaner examina los “fundamentos morales” de la confianza. Una de sus conclusiones es reveladora: la confianza entre personas que se conocen personalmente –en la que se enfocan otros análisis académicos– es un tema relativamente trivial. De alguna forma, en todas las sociedades existen lazos de confianza entre familiares, o entre personas cercanas por su origen social, su militancia política o sus intereses personales. “Lealtad” es el término más apropiado para referirse al vínculo entre estas personas. Otra cosa muy distinta es la confianza entre personas que difícilmente se sentarían a tomar un café. Sin embargo, el grado de confianza entre personas que no tienen nada en común es una variable central para explicar las diferencias en el desarrollo político y económico que observamos en distintas sociedades.

Siguiendo esta lógica, la confianza es un valor que trasciende –y que incluso se opone– a la lealtad al interior de las camarillas políticas. La confianza es un acuerdo implícito de que todos tenemos el compromiso de actuar de acuerdo a principios universales. El repunte de la aprobación de Zedillo hacia el final de su sexenio se debió primordialmente a la imparcialidad, la “sana distancia” como la llamaba el presidente, que demostró durante el proceso electoral del año 2000 (cuando su partido, el PRI, perdió por primera vez en la historia la presidencia). Los mexicanos reconocieron de esta forma que el presidente antepuso un principio universal, a la lealtad personal hacia su partido.

El gobierno de Peña Nieto ha abonado en algunos casos a la construcción de la confianza. Por ejemplo, con la firma del Pacto por México, o el arresto de Elba Esther Gordillo (que fue un golpe simbólico muy importante al pacto de impunidad que en buena medida sigue cobijando a la clase política). Sin embargo, más recientemente la insistencia de Peña Nieto de nombrar allegados para encargos clave ha consolidado la imagen de un presidente comprometido por intereses y lealtades personales. Un primer desatino fue la decisión de nombrar como secretario de la Función Pública a Virgilio Andrade, una persona de gran capacidad pero cercana a Los Pinos. Debido a esta cercanía, pocos creen que vaya en serio la investigación que el nuevo secretario habrá de realizar respecto a las propiedades de la esposa del presidente y el secretario de Hacienda.

En los últimos días se ha escrito mucho (casi todo en contra) sobre la postulación de Eduardo Medina Mora a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Más allá de los méritos o deficiencias personales del exprocurador, su cercanía con distintos personajes de la clase política manda precisamente la señal de que el grupo en el poder intenta sortear la crisis apoyándose en lealtades personales.

Si se quiere superar la crisis de credibilidad y confianza valdría la pena intentar justamente lo contrario: demostrar que el presidente puede confiar en personas con la capacidad y la experiencia requeridas, que no conoce personalmente.

Twitter: @laloguerrero

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