Opinión

¿Cómo será el ‘destape’?

 
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Destape. (Especial)

Estamos a semanas de que el PRI defina a su candidato a la Presidencia de la República. Algunos piensan que la definición se hará pública en los últimos días de noviembre; otros piensan que será en los primeros días de diciembre.

El tema ya no es la fecha… y para otros tampoco ya es la identificación del personaje que será ungido como candidato presidencial.

El asunto es la modalidad que tendrá el ‘destape’.

El nombre de ‘destape’ fue acuñado en la década de los 50, en el siglo pasado. Moneros, como Abel Quezada, hicieron inolvidable la capucha, sólo con los ojos recortados.

Y, la denominación del ‘destape’, se derivaba de que había ‘tapados’, es decir, personajes que llevaban la capucha, de los cuales emergería el candidato del entonces todopoderoso e invencible PRI.

La ‘liturgia’ era tan relevante y trascendente que el ‘destape’ era mucho más importante que la elección presidencial.

La votación constitucional significaba un mero trámite, puesto que la definición de quien ocuparía la Presidencia de la República en los siguientes seis años, dependía por entero de la designación de su antecesor.

Hoy, las cosas son diferentes. En las últimas tres elecciones presidenciales, el PRI ganó una y perdió dos. Las cosas son diferentes en este momento y la definición de quien sea el candidato está lejos de significar en automático que sea el futuro presidente.

De hecho, por primera vez un presidente priista tendrá que definir su inclinación pensando en quién tiene más posibilidades de ganar la elección, lo que era una preocupación irrelevante en el pasado.

¿Cómo era el ‘destape’?

Los usos y costumbres decían que el presidente en funciones tenía que mantener ilusionados a los aspirantes casi hasta el último momento. Y, esto ocurría mandando señales que alimentaran su aspiración.

Pero también, había un momento en el que aparecían las ‘palabras mayores’, esas con las que tituló Luis Spota, una de sus novelas más célebres.

Días antes del gran momento, el elegido recibía señales que podrían interpretarse claramente como un indicio de que la decisión ya estaba tomada a su favor.

Pero, el ansia de recibir esas señales hizo incurrir en errores a algunos, desde Gilberto Flores Muñoz hasta Manuel Camacho, pasando por Alfredo del Mazo. Así que había que estar con cuidado.

El día clave, o quizás uno antes –no más– el elegido recibía, ya no los indicios sino la afirmación clara y nítida de que era el designado.

Y luego, venía lo que a veces se denominaba ‘la cargada de los búfalos’.

El aparato político priista, por intermediación de alguno de los líderes de los sectores, manifestaba su inclinación por el ‘destapado’ en alguna declaración pública.

Eso era la señal manifiesta de que la revelación de la ‘palabras mayores’ ya había sido hecha y las fuerzas vivas se lanzaban en carrera loca con sus contingentes a manifestar su apoyo al elegido.

Todo esto era parte de la ‘liturgia’.

Hoy, quizás se modernice algo, pero se mantendrán sin cambios los aspectos sustantivos de ella.

Para la competitividad del elegido, lo más importante es que reciba apoyo generalizado, más allá de las rabietas inevitables de los perdedores. No puede haber un ‘Camacho’ que respingue o un Bartlett que haga huelga de brazos caídos.

Como el PRI es el partido que está en el gobierno, a partir de esa fecha, todo cambiará, incluyendo los centros de gravedad del poder.

Es algo que no hemos visto desde hace 12 años y que redefinirá el escenario de los siguientes meses.

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