Opinión

¿Cómo se ve el mundo a dieciséis años de Y2K, quince del 9/11 y siete de Lehman Brothers?

 
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Lehman Brothers.

Hace poco más de dieciséis años el mundo estaba “vuelto loco” porque la mayoría de los sistemas operativos de las computadoras estaban hechas para lidiar sólo con los dos últimos dígitos del año (e.g. ’85 para 1985). Entonces surgieron todo tipo de profecías de terror que podrían ocurrir al cambio de las manecillas del reloj marcando las cero horas del 1 de enero del año 2000. Se pronosticaban todo tipo de catástrofes, desde servicios públicos sin poder operar, hasta registros bancarios mal calculados. A este fenómeno se le llamó Y2K (Year Two Thousand).

Al final, ese año nuevo que marcó el cambio del siglo pasó como tantos otros en donde no ocurrió ninguna debacle de las pronosticadas.

Así también pasó desapercibido el primer aumento de tasas de interés que llevó a cabo el Banco de la Reserva Federal de EU (Fed) hace un par de semanas. De manera similar a las vísperas del año 2000 con la espera del Y2K, el miedo a la catástrofe se apoderó de los mercados financieros internacionales en los meses que precedieron al momento en el que la Fed elevara la tasa de Fondos Federales. Cabe recordar que la última vez que la Fed había decidido elevar la tasa de política monetaria se llevó a cabo en junio de 2006. Inclusive, a la vorágine que experimentaban los mercados financieros internacionales con una ola exacerbada de volatilidad, se agregaba el hecho de que operadores del mercado (traders) con experiencia de más de ocho años no habían visto nunca antes un alza de tasas.

Si bien todavía queda la incertidumbre relacionada con la magnitud y la velocidad a la que la Fed instrumentará su ciclo de alza de tasas de interés hacia delante, considero que lo más importante de esta primera subida de tasas es que marcó el fin de la crisis económico-financiera global de 2008-2009. Un par de años antes de ese 15 de septiembre de 2008 en el que Lehman Brothers se declaró insolvente, la economía estadounidense ya venía experimentando una crisis importante. Las hipotecas que se otorgaron a personas que no cumplían los requisitos para ser sujetos de crédito o subprime –en un esquema en el que el alza continua y sostenida de los precios de los inmuebles permitía este tipo de conducta aparentemente irracional–, ya se había encargado de iniciar un periodo cíclico de contracción económica en Estados Unidos. No obstante lo anterior, fue la quiebra de Lehman Brothers el evento que marcó el inicio de la peor crisis global que se haya registrado desde la Gran Depresión de 1929. Hoy, a poco más de siete años del inicio de la crisis de proporciones bíblicas –financieramente hablando–, se siguen sintiendo sus vestigios.

La reflexión que quiero hacer al traer dos de los eventos que han marcado el inicio del siglo XXI es que nos permiten ver que a diferencia del siglo XX y claramente que otros siglos atrás, el mundo de hoy tiene una gran dependencia de dos sistemas: los sistemas computacionales y el sistema financiero. Además, ambos guardan una relación muy estrecha ente sí. En este sentido, ambos sistemas ya están provocando cambios estructurales de gran envergadura y como todo en la vida, también están abriendo la puerta a nuevos riesgos.

Por un lado, los sistemas computacionales están haciendo que emerja la economía fundamentada en servicios y cada vez menos en manufactura o agricultura. En este sentido, ya no son los monarcas de antes del siglo XX –quienes eran dueños de la tierra–, ni los grandes empresarios del siglo XX –dueños del capital–, sino jóvenes innovadores –dueños del talento–, quienes están transformando el mundo. Así, las oportunidades que brinda el nuevo mundo a la población y los menores costos, apuntan hacia una mayor ecualización de clases sociales en el mediano plazo.

Por otro lado, si bien la fuerte regulación financiera global ha puesto un freno a la innovación y al avance del sistema financiero en los últimos años, el desarrollo de sistemas está disminuyendo los costos de transacción tanto para los bancos como para los usuarios. Hoy por hoy es relativamente sencillo llevar a cabo casi 99 por ciento de las transacciones sin hacer fila y más aún, sin salir de casa.

Asimismo, las tecnologías derivadas de bitcoin –que no se aprecia más como una moneda que amenaza al sistema monetario actual, sino como una plataforma de transacciones– disminuyen el costo de dichas transacciones, reduciendo así los riesgos de liquidación, entre otros.

No obstante lo anterior, esta nueva forma de vivir no está exenta de riesgos. Desafortunadamente, el riesgo que representan los hackers es mayor, sobre todo en dos sentidos. Por un lado, cada vez todo está más interconectado, por lo que las afectaciones que pueden lograr los hackers no sólo se quedan en los sistemas de seguridad de las naciones o en el sistema financiero, sino que pueden extenderse a servicios públicos y en el futuro a todo lo que nos rodea (e.g. electrodomésticos, etcétera). Por otro lado, el riesgo que representa el Estado Islámico (EI) es enorme, conformado como un país y no una organización terrorista “común” y con fundamentalistas religiosos que en muchos casos crecieron en ciudades como Londres o París, se educaron ahí y llegaron a tener estudios de licenciatura, maestría o doctorado. En este sentido, a diferencia de los muy desafortunados ataques en Estados Unidos en 2001 –el tercer evento del que hago mención en el título– el próximo “9/11” puede ser que desde un lugar remoto se levanten las cortinas de la presa Hoover y dejen sin agua ni energía eléctrica a Las Vegas y la región periférica o que un banco global grande o una bolsa de valores dejen de operar por varias horas o varios días.

Al final del día, considero que los aspectos positivos tendrán una contribución mayor que los negativos y nuestra civilización continuará progresando, pero siempre teniendo en cuenta los riesgos.

El autor es economista en jefe de Grupo Financiero Banorte. Las opiniones que se expresan en el artículo no necesariamente coinciden con las del Grupo Financiero Banorte, por lo que son responsabilidad absoluta del autor.

Twitter: @G_Casillas

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