Opinión

¿Cómo habla Trump?

         
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Todo parece indicar que habrá tensión entre el gobierno de Trump y la prensa. (Óscar Castro)

Contra lo que algunos esperaban, Donald Trump no cambió de estilo oratorio al rendir protesta como presidente. Fue tan informal como siempre, porque lo que le atrae simpatizantes es, precisamente, que no se comunica como el típico político pomposo y rollero.

Su vocabulario se limita a palabras de una o dos sílabas (people, country, good, world). Casi no maneja conceptos abstractos y prefiere términos comunes (start en vez de commence); el más raro que emplea es bedlam (desorden). Poco utiliza oraciones complejas con cláusulas independientes o párrafos largos. Sus construcciones son breves, simples y directas (“we have a problem”, “there are bad people”, “we will bring back our jobs”)

Su razonamiento es incoherente: interrumpe las explicaciones; cambia de tema, sujeto o tiempo gramatical bruscamente.

Sin embargo, esa pobreza lingüística y esa forma tan descuidada de disertar tienen sus virtudes. La primera es que lo que dice es accesible a casi todos. En el test de Flesch-Kincaid, que se aplica para medir la dificultad para comprender lo que se lee, los textos de Trump tienen el nivel de un niño de cuarto de primaria. Ese es precisamente el que se recomienda para los contratos y los manuales; el que es común en los comics y en los artículos de deportes o espectáculos.

Otra ventaja es que ese talante, conversacional y casual, genera identificación, cercanía y confianza. Ante multitudes se expresa como lo haría con sus amigos en un bar: dice lo primero que se le ocurre, sin inhibiciones o cortesías innecesarias. Eso lo hace parecer auténtico y es un factor de diferenciación respecto a los políticos profesionales, que leen arengas bien estructuradas y muy ensayadas, que suenan falsas.

Acude además a los trucos de vendedor experimentado que es: te ofrece una oportunidad única que no puedes desaprovechar (“this is your day”, “believe me”); se pregunta a sí mismo lo que tú le cuestionarías, para que no te queden dudas (“for what?”); implica que estás de acuerdo con lo que dice (“you know”)

El suyo es un discurso emocional. Está lleno de calificativos terriblemente negativos (corrupt, deppressive, horrible, crazy, disastrous) o increíblemente positivos (amazing, fabulous, glorious, magnificent, tremendous). Le encantan los adjetivos que dimensionan (huge), los adverbios de grado (totally, completely, fully) y los verbos fieros (steal, rob, destroy, kill, fight, atack).

Tiende a usar juegos de ideas polares (correct-incorrect, win-loss) y a poner vocablos fuertes al final de las proposiciones (unity, nation, dreams, wealth, power, strenght, destiny, unstoppable, disaster).

Frecuenta las alegorías deportivas (“I throw exclusively fastballs”, “China is constantly taking away the ball”) y es bueno para crear frases efectistas (“radical Islam terrorism”, “rigged election”, “draining the swamp”, “America carnage”).

Lamentablemente también le gusta rebajar a los demás (stupid, moron, idiot, dumb, weak) y etiquetar a sus enemigos (“croocked Hillary”).

Es autorreferencial (I, me, myself, my, mine) y narcisista (“when you are really, really smart like I am…”; “I will be the greatest job president than God ever created”). Lo grave es que, como sucedía con Mohamed Alí, a muchos les divierten esos insultos y les cautiva esa actitud de exagerado desafío.

Halaga a la audiencia (“wonderful people”), no la aburre con largas peroratas; le hace comentarios personales (“the worst I have seen”); se dirige a ella en segunda persona del singular y de modo imperativo (see, look).

Hace escasas inflexiones de voz y tiene algunos tics retóricos, como repetir para enfatizar (“a big, big problem”) o duplicar la primera vocal (Chiina, looser).

En las entrevistas y debates se pone nervioso, sube la voz, interrumpe al interlocutor, pronuncia hasta 180 palabras por minuto y tartamudea.

Su lenguaje corporal es singular. Frente a grandes públicos su rostro es serio e imperturbable. Apenas gesticula; a lo más, entrecierra los ojos y baja las cejas para verse seguro y amenazante. Al subrayar lo importante, mueve la mano pausadamente, como si estrechara una batuta, y junta el índice y el pulgar, como pellizcando el aire. Si quiere acentuar lo que está mal, agita las manos abiertas de lado a lado. Al acabar, extiende las palmas, indicando que está listo para la acción.

Cuando le aplauden, soberbio, mueve los brazos de arriba hacia abajo, eleva la quijada y junta los labios, como manifestando: “reconocen que tengo razón”.

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