Opinión

'Coco', México versión Pixar

 
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Coco

Miguel vive en un pueblito mexicano que parece una fotografía de Manuel Álvarez Bravo coloreada por el Diego Rivera de Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. El gran sueño del chamaco es ser cantante como su ídolo Ernesto de la Cruz, un mariachi que, en vida, tenía pinta de Pedro Infante. El problema es que nadie en su familia de zapateros le permite siquiera levantar una guitarra para entonar Las Mañanitas. Les preocupa que Miguel siga el trágico destino de su tatarabuelo, un hombre que abandonó a su esposa y su hija Coco para dedicarse al canto. En la víspera del Día de Muertos, el chico por casualidad (así siempre pasa en este tipo de películas) da con una manera de transportarse a otra dimensión. Ahí, en el mundo de los muertos, Miguel tendrá la oportunidad de obtener la bendición del mismísimo Ernesto de la Cruz y así poder dedicarse a la música.

Ese bosquejo es suficiente para ver que Coco, la más reciente película de Pixar, es un bicho muy raro. Desde su estética, su música, hasta su trama, la película empalma clichés sobre nuestro país con una especificidad que parece partir de un cariño genuino por la cultura que retrata. El resultado es una experiencia que, como mexicano, no tiene paralelo: lo único que quizá se le asemeje es leer una guía turística de nuestro país publicada en Estados Unidos y escrita en inglés. Sí, lo que vemos en efecto existe aquí –los alebrijes, los altares, los mariachis, las películas de Pedro Infante–, pero estamos conscientes de que está representado por una mirada extranjera que registra nuestro lado exótico. Esto, claro, no le resta honradez a Coco. Su lugar de origen y su forma de ver a México simplemente hacen de ella una película peculiar: un producto de entretenimiento masivo, cuya historia transcurre en una fantasía donde lo más puramente mexicano es la voz de Gael García Bernal, quien interpreta con dulzura a Héctor, el Virgilio de Miguel en el mundo de los muertos.

¿Cómo es esa mirada que nos registra desde lejos? Diría que es indulgente y generosa. Aunque su trama rebote entre los enredos ya típicos de la marca Pixar, el director Lee Unkrich entrega una película suave, incluso para los estándares de su estudio y más tomando en cuenta que se desarrolla en un lugar repleto de cadáveres. En Coco hay suspenso, pero no hay oscuridad: en este submundo de los muertos mexicanos, colmado de naranja cempasúchil, de tonos brillantes como los de los alebrijes, no hay muertos malos. Tampoco hay menciones al narco, ni matones con pistola o siquiera callejones por los que es mejor no caminar. Ahí está la generosidad de la mirada; generosidad que termina por convertirse, a su manera, en un festejo de nuestros rasgos más fáciles de querer (y exportar): la música, la fiesta, los vínculos familiares, todo enmarcado en una historia que encara la vejez y la memoria de una manera más franca que como Inside Out abordó la infancia y la maduración.

Supongo que no faltará quien se sienta estafado al salir de la sala, como si un gringo viniera aquí a vendernos una botella de mezcal. Yo, francamente, salí satisfecho. Como película, Coco deleita el ojo y apretuja el corazón. Como producto mercadotécnico, ojalá lleve su México de fantasía muy lejos. Y, vaya, mejor que haya salido de afuera que de adentro. Bien dice el dicho: elogio en boca propia es vituperio.

Twitter: @dkrauze156

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