Opinión

Ciudad perdida

 
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Gamés.

Mano sobre mano, Gil observaba la escena. Parecía tranquilo, pero la verdad sea dicha (muletilla pagada por Morena), Gamés se sentía como un engomado adherido a la realidad, un raro holograma que visto de un lado resalta un perfil y visto del otro muestra otra dimensión.

Hace apenas unas horas, la Ciudad de México tenía un serio problema de contaminación ambiental, como hacía catorce años no lo tenía; es más, Gamés ya había olvidado los Imecas. Con la novedad de que los que habitan la ciudad se enfrentarán a un nuevo problema: la basura. El Estado de México ha cerrado sus puertas de los tiraderos a los camiones de basura capitalinos. Gil lo leyó en su periódico El Universal: “el relleno sanitario de Cuautitlán dejó de recibir basura de la Ciudad de México por instrucciones del gobierno estatal”. Afuera del confinamiento (que así le dicen) estaban en fila unos 50 camiones recolectores en espera de que les permitieran la entrada. ¿Tenemos un problema? Yo les devuelvo dos.

La Ciudad de México produce 12 mil toneladas de basura cada día, de las cuales ocho mil son enviadas a otros estados. Es decir: la ciudad no tiene dónde poner su basura. Menudo problema. Gamés lo sabe: empeñados en no encontrar soluciones, dejamos crecer los problemas.

Si tuviéramos por lo menos un paliativo, un revulsivo, en fon, se requiere lava losa con experiencia; se hace zurcido invisible; se arregla bejuco; se busca vendedora, magnífica presentación, sueldo base más comisión. En fon.

VIGILAR Y CASTIGAR
Gil detesta escribirlo, pero se los dijo. El city manager de la Delegación Miguel Hidalgo, Arne aus den Ruthen, exhibió en Periscope a un grupo de sexoservidoras en la colonia Verónica Anzures. El hombre del látigo, el pequeño Indiana Jones, vengador no tan anónimo, mostró en las calles de Bahía de Corrientes y Ejército Nacional un operativo que contó con el apoyo de la Policía para remitir a cinco sexoservidoras.

El señor Ruthen leyó a las mujeres un artículo de la Ley de Cultura Cívica en el cual explica que se remitirá a un juez cívico a quien invite a ejercer la prostitución en la vía pública. Y mientras las grababa, les leía la ley que habían infringido. Gil lo leyó en La Silla Rota.

El corazón simple de Gil pregunta al viento: ¿y las familias de esas mujeres, sus hijos o sus padres? Eso es algo que a Indiana Ruthen le importa una almendra (que vale un poco más que un cacahuate). Allá ellos y ellas, que se las arreglen como puedan. Lo dicho: se empieza exhibiendo y descalificando moralmente a quien tira la basura en la calle y se acaba persiguiendo a infractores de la moral. ¿Está de acuerdo Gil con el escolta abusivo que golpeó a Arne? No. ¿Está de acuerdo Gamés con Indi Aren? No.

OCTOPIA
A esta página del fondo ha llegado Octopia, instalación sobre los efectos de la motricidad. Gil lo leyó en su periódico La Jornada en una nota de Fabiola Palapa: “con leves movimientos, 80 coreógrafos, bailarines y aficionados ponen en marcha un pulpo de grandes dimensiones”. La propuesta artística se ha inaugurado en el Museo Tamayo. Dice la reportera: “sin hablar, simplemente guiados por ligeros movimientos, los participantes movieron al octópodo, el invertebrado de mayor inteligencia”.

Gil no alcanza a comprender qué relación hay entre el octópodo y el arte del realizador argentino Eduardo Navarro, “quien interesado en la conducta y los comportamientos de los seres explora el tema de la sensibilidad corporal y la comunicación integral”. Bien, muchas personas se encuentran sumamente interesadas en la comunicación de los seres”, pero, ¿por qué no un perro en lugar de un octópodo? Sólo Dios y Eduardo Navarro los saben. Según este creador él hace a un lado la individualidad de los participantes: “para convertirme en esa identidad mayor necesito dejar que me controle y no yo a ella”. Aigoeei.

Gilga piensa crear una pieza que devore a algunos instaladores, que los desparezca mientras crean a sus monstruos. ¿Cuánto cobra por sus obras este artista argentino? Mejor no saberlo. Una pieza que devore instaladores: qué gran objeto, qué belleza. Octopia, no jalen que descobijan. Señor Woldenberg: ciertamente, no tenemos remedio.

Se sabe. Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros se acercan con las bandejas que soportan las botellas de Glenfiddich, Gamés pondrá a circular la máxima de Cicerón por el mantel tan blanco: No hay absurdo que no haya pasado por la cabeza de algún filósofo.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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