Opinión

Chandor y Patiño: surcando

I. EL SOLILOQUIO NAVEGANTE

En Todo está perdido (All is Lost, EU, 2013), árido y solipsista aunque extrañamente apasionante y emotivo opus 2 del expublicista-documentalista vuelto talentoso autor total ya autopostulándose para cineasta-camaleón J.C. Chandor (primer filme diametralmente opuesto: El precio de la codicia 11 sobre la épica del desplome-desplume de Lehman Brothers), un sexagenario pasajero anónimo del velero Virginia Jean (Robert Redford resurrecto) despierta a resultas del encontronazo con un contenedor a la deriva, se descubre abandonado en el Océano Índico y navegando a 17 mil millas náuticas del Estrecho de Sumatra, logra desatorar el navío, remienda con habilidad el casco, guía el timón basado en precisos cálculos improvisados, consigue lanzar un SOS por radio interrumpida, hace acopio de agua potable en tambos, cocina raciones sobrantes y se prepara a resistir, pero su mudo soliloquio navegante no contaba con que, temporal tras tormenta, la frágil embarcación naufragaría volteada de cabeza y habría de recurrir a una inflable balsa circular de salvamento, cuyos mínimos suministros y equipos de sobrevivencia se revelarían inútiles y que sus gritos (“Vamos, aquí, auxilio”) y bengalas serían ignorados por los botes y cruceros que pasarían de largo, hasta acabar una noche zozobrando sin remedio. El soliloquio navegante sitúa su detalladísima robinsonada acuática como una fábula sin moraleja ni rollo ni flashbacks, en un terreno narrativo-literario más próximo a las sudorosas labores prácticas de Los trabajadores del mar de Víctor Hugo que al himno a la fortaleza humana de El viejo y el mar de Ernest Hemingway, fílmicamente más cerca de Wall*E (Stanton 08) o de Luna: 1095 días (Jones 09) que de Náufrago (Zemeckis 00) o de Kon Tiki (Ronning-Sandberg 12), para llevar a buen puerto una experiencia main stream aún más radical que Una aventura extraordinaria (Lee 12), sin cuyo antecedente exitoso acaso no hubiese sido posible, aunque menos crucial que la recia presencia de un Redford de golpe ancianísimo pero aún tan vigoroso como su antiguo montañés sobreviviente en las alturas salvajes de Jeremiah Johnson (Pollack 72), la contrastante fotografía de superficie constreñida (por Frank G. De Marco) con la submarina suntuosa (por Peter Zuccarini), una antimelódica música climática traductora de agónicas inmensidades en intensidades funerales de Alex Ebert y la apretadísima edición elíptica de Pete Beaudeau casi de a incidente por cada superbreve plano-secuencia cerradísimo. El soliloquio navegante lleva a sus últimas consecuencias la autosuficiencia de una estética neobehaviourista, posbressoniana (Un condenado a muerte se escapa 56) y supratecnológica, basada en actos concretos (manuales, primarios) y artículos específicos (brea, latas, cuadrante), pero aún así se da el lujo de implicar cierto insólito lirismo objetal en ese contenedor escupechanclas, ese tambo de agua podrida, esa incipiente pesca arrasada por un tiburón repentino, ese círculo flotante entre cardúmenes vistos desde el fondo, esa desesperación de labios resecos y jaloneo de greñas rubias (“Maldita sea”), esa quema de apuntes con lancha entera intentando infructuosamente llamar la atención. Y el soliloquio navegante se plantea en función de una despedida-prólogo monologal en off (“Lo intenté, ser fuerte, amable”) y un gran finale espiritual con ese cuerpo que emerge guiado por aquel salvador rayo de luz hacia la corona de fuego.

II. LA INCANDESCENCIA MARINA 

En Costa da Morte (España, 2013), bello y austeramente visualista primer largometraje documental del privilegiado realizador-fotógrafo vigués de 30 años Lois Patiño (cortos previos: Recordando los rostros de su muerte 09, Paisaje-Duración 10 y Montaña en sombra 12), ganador absoluto del IV Festival FICUNAM 2014, registra tan vehemente y plásticamente como es posible la neblinosa y húmeda vida cotidiana de los aserradores pinares provistos de sierra mecánica, recolectores de mariscos a ras de estero y pescadores de percebes en altamar, así como de curiosos visitantes cubiertos por el oleaje, en el fin del mundo de aquella olvidada España uncida al imperio romano, el Finisterre salvaje e irrebasable del mundo antiguo, con toda su incandescencia marina, hecha de arrecifes e islotes azotados por un imposible mar embravecido y duramente castigados por indomables ventarrones en los peligrosos confines de La Coruña en Galicia, la legendaria Costa de la Muerte gallega, inasible y hasta hoy inédita en términos de cine. La incandescencia marina se asume como revelación social y colectiva, tal como en alguna época lo fueran la fotogenia laboral y los habitantes mismos isleños irlandeses pescadores de arenques y tiburones de El hombre de Arán de Flaherty (34), el gran clásico de un cine documental considerado como entrañable e irreductible experiencia del aislamiento, a un tiempo descubierta, vivida y compartida, al mismo nivel observacional y no-participante, cuanto reflexivo e insondable, por tenazmente ajena, y en que ahora Patiño se solaza en sus poemáticas imágenes a distancia, a larguísima y empequeñeciente distancia, tal como lo habían hecho antes de Patiño pintores románticos cerebralmente alemanes como Caspar David Friedrich y cintas insólitas como El cielo gira (04) de la también documentalista hispana Mercedes Álvarez (sobre lamentaciones de ancianos ante el arrasamiento de su modo de vida por la construcción de una represa), porque la distancia física no sólo significa pictoricismo a ultranza o paisajes sin énfasis humanizados a cuentagotas, sino contemplación dentro de un contexto, extrañamiento crítico, ejercicio la mirada involucrada aunque siempre extranjera, imposibilidad de fusión diferente a la sensible y acercamiento reconocido, evidenciado y reiterado de antemano. La incandescencia marina genera así cualquier cosa menos un cine costumbrista, sino un relato delirante y majestuoso en su abstinencia misma, gracias ante todo a la guía apenas realista de un trabajo muy esporádico pero elaboradísimo del sonido, con un audacísimo diseño sonoro ambiental de Miguel Calvo Maiki y Erik T. Jensen permutable con la música discretamente huracanada de Ann Deveria, en una irrealidad pura cual artificio bonancible donde se insertan los diálogos en gallego vueltos eco de sí mismos, en su inmensa mayoría relativos a consejas de rústicos lugareños y chismosas lugareñas, sobre ancestrales naufragios provocados, asedios de piratas y hundimientos de galeones con sobrecarga, acorazados nazis en el atorón y destripados buques-tanque infestando la costa con su derrame de petróleo. Y la incandescencia marina culmina en un incendio forestal que parece mirarnos desde su inminente lejanía, como luego lo hará aquel protagónico del segundo documental largo de Patiño La imagen arde (14), en continuo trance hipnótico y a veces en auténtico éxtasis, al unísono de un campanario mutante, aspas eólicas, la dinamita pertinaz y ese retrato mental comunitario.