Opinión

Chazelle y Miller: preoscareando

I. EL ABUSO EMOCIONAL. En Whiplash: música y obsesión (Whiplash, EU, 2014), poderoso segundo largometraje como autor total del rhodeislandiano independiente de 29 años Damien Chazelle (primer filme Guy y Madeline en un banco del parque 09, guión original de Gran piano de Eugenio Mira 13), el ingenuo pero tenaz joven de 19 años aspirante a baterista de jazz Andrew Neiman (Miles Teller) ingresa al conservatorio Shaffer, reputado como el mejor del mundo en su especialidad, pero no imagina que al primer maestro a quien le tocaría oírlo será el tiránico gurú musical Fletcher (J. K. Simmons al rape apabullante) y no cejará hasta ponerse bajo esa ala instructora, sacrificando a su ideal perfeccionista a la altura de Buddy Rich y Charlie Bird Parker toda vida relacional e incluso un fresco nexo amoroso con la tierna estudiante mesera de vocación incierta Nicole (Melissa Benoist), sin importar que en plena práctica escolar Fletcher le arroje un taburete en la cabeza y frente de sus compañeros cabizbajos lo abofetee por no llevar el compás por él deseado en la pieza titular “Whiplash” de Hank Levy (que acabará memorizando obsesivamente), lo torture durante toda una jornada para conseguir el tempo o la inhumana velocidad de ejecución demandada (400 golpes de baquetas por minuto) y lo ponga a rivalizar deslealmente con otros aterrorizados bateristas en formación, hasta conseguir rotundo triunfo en cierta competencia y zozobrar en otra debido a un accidente automovilístico, para acabar fuera de control, ser rescatado por su mediocre padre profe de secundaria Jim (Paul Reiser) y aceptar rencorosamente convertirse en delator institucional oculto del odiado Fletcher cuando la escuela resuelva acusar y expulsar a éste, por añadidura causante psicológico del suicidio del célebre jazzista estrella Sean Casey, pero el azar volverá a reunir tiempo después al maestro vengativo y al discípulo revanchista, aún reducidos a su mínima expresión humana, para un último apoteótico recital de banda, donde ambos intentarán acometer su mutua destrucción sobre un escenario de bar.

El abuso emocional traza como algo normal aunque dramático el choque de dos personalidades psicóticas extremas pero representativas del arte en la sociedad contemporánea como autoexigencia límite y competencia malsana, un duelo de titanes entre el solipsista obsesivo y el fascista musical, el émulo jazzista de la bailarina esquizofrénica de El cisne negro (Aronofsky 10) y el genio devastador de Las zapatillas rojas (Powell-Pressburger 48), el infiltrado en la carrera de la fama que camino a la cima sólo quisiera tener a un insuperable Joe Jones o un Pájaro Parker en la cabeza por un lado y el posesivo manipulador de segura eficacia todonadista por el otro, los dos al autista servicio del arte sublime al que se llega con los pies sangrantes (según Liszt) y de la nota que literalmente con sangre entra (“Te ganaste tu puesto”), en un pérfido goce del angustioso juego de masacre espiritual que ha arrancado con el deslumbramiento recíproco ante el baterista doblando tiempos prodigiosos en un túnel fetal/fatal visto frontalmente a lo Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest 14) desde el inicio del filme, tiene sus orígenes en el Andrew videograbado tocando a los 8 años (Sam Campisi), se contagia de un desprecio aplastante que será descargado contra la chava culpable de no saber lo que quiere en la vida y habrá de cebarse en un convenido desdén autoritario hacia las palmaditas en la espalda por el supuesto “Buen trabajo”, para presionar por todos los medios y humillaciones humanamente tolerables hacia “más allá de tus expectativas”.

El abuso emocional coincide curiosamente en sus recursos fílmicos expresivos y dramáticos con los ejercidos de un thriller de suspenso moderno como Gran piano, sobre todo en su recurso constante al detalle metonímico en rápidos close-shots significativos (pasos del monstruo, tenis de la parejita acariciándose por debajo de la mesa, platillos en ristre) y a un montaje acelerado de la más pura cepa vanguardista eisensteiniana de los 20s soviéticos (notable edición de Tom Cross), pese a tratarse de una ficción de mero impacto psicológico behaviourista, cual súbito redoble constante de latigazos ópticos duplicado de un recurrente “Whiplash” sonoro más algún “Caravan” de jazz sincopado, rumbo al enfrentamiento paroxístico lleno de irresolubles duelos de miradas y subterfugios y almas concentradas.

Y el abuso emocional corona en grande su pedagogía sádica para la que todo error es sabotaje, recreada por una dialéctica del maestro y el alumno como si fuera la hegeliana del amo y el esclavo, un don para encontrar los gestos justos, una suave pero tensa simplicidad, grúas descendentes hacia el tamborilero de los desesperados tambores rotos, una feliz alegría del desquiete (“Te atraparé maldito”), cambios de luces para brillar con luz propia en el ya ineludible lucimiento de la batería enloquecida y cierto optimismo reconciliador concluyente un mucho desconcertante, porque así el profe sádico logró finalmente su objetivo, obteniendo una sonrisa de complicidad perversa.

II. EL COSTALAZO SECO. En Foxcatcher (EU, 2014), distanciado si bien sudoroso tercer largometraje del supercalculador neoyorquino de 48 años en Cannes galardonado Bennett Miller (Capote 05, El juego de la fortuna 11), con guión de Dan Futterman y E. Max Frye basado en un hecho real de fatales consecuencias, el solitario y traumatizado huérfano vital ganador de la medalla dorada en lucha olímpica de Atlanta 84 Mark Schultz (Channing Tatum cual ensimismado fortachón lamentable) arrastra gracias a subvenciones gubernamentales una premiosa existencia casi de indigente y entrena a costalazo seco para las próximas competencias mundiales (en Seúl 88) al lado de su cariñoso hermano mayor lleno de hijos Dave (Mark Ruffalo), cuando es invitado con vuelo en primera clase y helicóptero a la mansión campestre del millonario proteccionista de ese deporte John Du Pont (Steve Carell invariablemente anticipado por una simbólico-postiza nariz aguileña ¡de ornitólogo pérfido!) que lo convence con su vehemencia patriótica y a precio de oro para formar parte de su elitista equipo Foxcatcher (Atrapazorros), lo hace radicar en un magnificente chalet de su finca, lo previene de no entrar en contacto con su propia omnidespectiva madre anciana (Vanessa Redgrave inaccesible aun para el poderoso), lo obliga a separase de su hermano, lo entrena en persona, lo edipiza como su nueva figura paterna y pronto lo convierte en un abofeteable remedo cocainómano de sí mismo y del nuevo amo de quien depende, haciéndolo fracasar aparatosamente en unas eliminatorias decisivas, pero luego debe contemplar la necesidad de seducir también al hermano entrenador Dave, quien ha llegado al rescate, para disputarse el alma del medallista incluso a balazos homicidas que acaban con ese inusitado triángulo metafísico-afectivo.
El costalazo seco endereza sus arrestos expresivos contra las redes del poder y la riqueza, el doloroso drama de la tutela insoportable en espiral descendente y la oscilación entre la dependencia cabrona y la rabiosa conciencia súbita de vivir a la sombra de las figuras primarias, más allá de la depresiva tragedia derrotista y del naturalismo a flor de ring del sobreestimado Luchador de Darren Aronofsky con Mickey Rourke (08), gracias a una escritura cinematográfica lo contrario coloquialista, naïve o visceral, deliberada y propositiva en toda ocasión, por encima de cualquier pathos o tremendismo realista barato, en virtud de una constante elegancia y una altivez (jamás altivivez) formal que calculan muy bien la magnitud de sus efectos emotivos y visuales, si bien un tanto lúgubres y cortantes.

El costalazo seco se estructura a base de rápidas escenificaciones contundentes que equivalen a breves opúsculos intelectuales y al sintético desarrollo de numerosos temas autosuficientes, bella y justamente escalonados, puesto que aquí el llamado de la selva suntuosa por ti merecida será el intercambio de un colchón aguado por uno firme, el inspiracional discurso patriotero será un vacuo rollo narcisista que se asesta a indefensos chavitos de gafas en un auditorio escolar o se lanza sobre el paisaje grisáceo de un antiguo campo de batalla inolvidablemente cruenta, el aplastante peso de la dinastía heroica serán una carcomida microestructura de imágenes fílmicas mostrando en paralelo opulentas cacerías al zorro y una regia galería de retratos turbiamente agazapados en la oscuridad, la gloria deportiva será una sala de rutilantes trofeos obtenidos de cachirul, la única vida afectuosa posible será una inevitable serie de amistades pagadas por tu madre o por ti mismo desde la infancia, el furioso autoodio soterrado será una interminable tanda de cachetadas al propio rostro antes de romper el espejo a cabezazos, el sueño megalómano satisfecho será un seductor tratado ornitológico de amansables especímenes humanos vueltos sucedáneos de las aves en libertad, la recompensadora/compensadora aprobación familiar será el agresivo silencio de la provecta madre observando impotente los revolcones sabios desde su blindada silla de ruedas, el calor de hogar será la acritud de la vulgarzona cuñada clasemediera Nancy (Sienna Miller) en trance de expulsar de su mezquino territorio doméstico al héroe o tratando como igual a su paranoicazo patrón sinuoso, la soledad del poder serán un conjunto de aposentos baldíos y una recua de equinos pura sangre soltados a media noche, la castración personal será el berrinche ante un tanque bélico de colección que carece de ametralladoras, la automutilación transferida será una tuzada a base de Tijeretazos (Menzel 81) que poco a poco llegan al rape, la lucha grecorromana como mandato y revelador y metáfora y consecuencia de la pavorosa relación humana bajo líneas de fuerza, o así.

Y el costalazo seco acomete de manera tan lacónica como inolvidable el viviseccional estudio metafórico y metacrispado-crispante de la decadencia de un yo nacional enfrentado a su imposible salud física y mental, dentro de una autoaniquilada sociedad contemporánea naufragando por todas partes en una zozobra inconsciente que todavía pretende endiosarse en virtud del rebajamiento de un deporte olímpico cual postrera tabla de salvación.