Opinión

¡Chabelo quiebra a Televisa!

 
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Chabelo

Los servicios de Chabelo aparentemente dejarán de ser requeridos por Televisa y el programa visto hasta por cuatro generaciones saldrá del aire el último domingo del año. Sea verdad o no (en estos momentos es tan incierto como un concierto de Luis Miguel), las bromas giran en torno al fenomenal costo que implicaría para la empresa liquidar al octogenario personaje. Que si, gracias al pago, Chabelo llevará a Televisa a la bancarrota, o que si superará de golpe la riqueza de Carlos Slim.

Es improbable que “el amigo de todos los niños” tenga un contrato laboral tradicional, pero los chistes reflejan la cruel realidad que enfrentan las empresas mexicanas. El universo laboral (formal) de México es para Ripley: se puede contratar voluntariamente a quien se considere adecuado para ese trabajo (faltaba más), pero el despido debe “justificarse” a los ojos de una autoridad externa. De lo contrario, de ser “injustificado”, los costos son enormes, incluyendo los tres meses de salario por ese despido en adición a un importante número de días por año trabajado.

El falso dilema de Televisa es la pesadilla cotidiana de los patrones que operan en territorio nacional, prácticamente sin distinciones: nacionales o extranjeros, micro, pequeños, medianos o grandes. Los que se salvan son aquellos firmemente anclados en las sombras de la informalidad. Y esa pesadilla tiene un nombre que no suena amenazador, pero lo es: Junta Federal de Conciliación y Arbitraje.

El gobierno peñista, con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social como ariete, ha tenido un éxito singular empujando la “formalización” de trabajadores.

Indudable: el número de aquellos laborando y además registrados en el IMSS ha aumentado de manera notable, más cuando se considera el mediocre crecimiento económico registrado en los últimos tres años. En los inicios del sexenio peñista había 16.06 millones de trabajadores registrados, mientras que en el pasado octubre la cifra era de 18.06 millones (sí, dos millones de empleos formales adicionales).

No es despreciable, pero el gobierno presenta dicha política de formalización como un remedio contra la enfermedad de la improductividad (y por ende el crecimiento económico mediocre).

Pero lo cierto es que un trabajador que sale del IMSS con su registro en la bolsa sigue, por desgracia, tan improductivo como el día anterior. En cambio, un verdadero síntoma de la improductividad nacional son los enormes costos que implica el contratar un trabajador y, sobre todo, despedirlo.

El mercado laboral (formal) de México no fomenta aumentos en la productividad, al tener inherentes potentes incentivos a la inmovilidad.

Las empresas privadas sufren el lastre de empleados que carecen del empuje para actualizarse y, además, de la imposibilidad de rotar personal por otros (precisamente) más productivos. Se puede, claro, pero con un costo significativo. Y esa realidad es todavía más patente entre los empleados gubernamentales, desde el burócrata de ventanilla hasta el “profesor” (entre comillas pues afortunadamente muchos no enseñan) del SNTE y la CNTE.

Lo de Chabelo y Televisa es broma. Por desgracia el asunto no es de risa para el resto de las empresas mexicanas.

Twitter:@econokafka

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