Opinión

¿Cerramos México?

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil ha notado que la opinión pública, publicada o lo que sea, ha traspasado una frontera, se ha movido del asombro a la postración psíquica. Gamés no quisiera unirse al cataclismo mental, pero donde pone la mirada hay una noticia con desaparecidos, balazos, marchas de protesta, tumbas clandestinas, secuestros, incendios, actos de corrupción. No sólo en Guerrero: en el Ajusco secuestraron a un grupo de ciclistas de alto rendimiento, en Guadalajara los disturbios terminaron en llamas, en La Paz hubo ocho ejecutados en una jornada violenta y cuenta y suma.

Como si todas las calamidades se hubieran cernido al mismo tiempo sobre el gobierno de Peña Nieto, quien levante una piedra encontrará un problema de los grandes. Gilga lee los periódicos y se percata, además, de que las noticias de la violencia mexicana han vuelto a cada una de sus páginas en ríos de tinta. No falta, nunca faltan, quienes se refieran a esta nube de calamidades como si se tratara de un momento magnífico por el cual atraviesa el país. Somos maestros en paradojas: de las reformas aprobadas que nos traerían la prosperidad y la bonanza pasamos como un rayo maldito a la violencia incontrolable y el crimen ominoso.

Un periodista de fuste

Gamés sabe que la oscuridad del momento es perfecta para que se impriman las opiniones más chocarreras. Gil leyó con los ojos de plato el artículo de Jorge Ramos Ávalos en su periódico Reforma. El periodista de Univisión se despachó con el viejo cucharón del puchero. Las crisis permiten que surjan los campeones de la verdad. Este periodista de fuste, fusta y fiesta ha escrito esto: “Miles han pedido su renuncia de la Presidencia de la República en la múltiples protestas por la desaparición de 43 estudiantes (…) ¿por qué piden su renuncia? Por incapaz, por no poder con la violencia, que aterra al país, por los altísimos índices de impunidad y corrupción, por tener una política de silencio frente al crimen y, sobre todo, por la terrible y tardía reacción ante la desaparición de 43 estudiantes en Guerrero (…). Un presidente nunca debe esconderse. Y Peña Nieto se ha escondido”.

Jorge Ramos es un periodista influyente en la industria mediática hispano hablante de Estados Unidos. Al parecer, Ramos sabe lo que los mexicanos piensan, como si él personalmente hubiera puesto un chip en la cabeza de cada ciudadano, y entre que da su opinión y registra hechos (es un decir), este periodista pide la demolición mexicana, como si los países fueran pequeñas empresas en las cuales el director puede renunciar y, si no sale bien el asunto, se cierra la empresa y a otra cosas. ¿Cerramos México?

El reportero de la libertad

El perfil de Ramos en Wikipedia informa que ha escrito nueve libros, recibido premios internacionales a granel; de entrevistas, ni se diga, sólo le ha faltado entrevistar a Dios nuestro señor. A Gilga no le extrañaría que mañana Ramos tuviera la exclusiva: Ramos entrevista a Dios en una de sus oficinas (se comprende que Dios tenga muchas oficinas, ¿no es cierto?). Gran titular: Dios le confiesa su debilidad a Ramos Ávalos.

En el mazacote con el cual realiza Ramos la sinapsis de sus neuronas se ha concebido esto: “El artículo 86 de la Constitución mexicana dice: ‘el cargo de Presidente de la República sólo es renunciable por causa grave, que calificará el Congreso de la Unión ante el que se presentará la renuncia’. ¿Es ‘causa grave’ lo que esta pasando en México respecto a la inseguridad, la impunidad, incapacidad para gobernar (…). Pedir la renuncia de Peña Nieto es, por ahora, un ejercicio de la libertad y la protesta”.

Que vengan Aristóteles y los suyos en nuestra ayuda, si Ramos tuviera un coco por cabeza, su transparencia lógica no sería mejor. Gamés conoce, eso sí, al menos a dos personajes públicos que consideran que la renuncia del Presidente podría ser una solución a los problemas que nos amenazan: Liópez y Ramos Ávalos. Ambos habitan el mismo manicomio. Gamés oye los rumores: gacetillero al servicio del mal gobierno, neoliberal, reaccionario, hirsuto, vendido. Será por eso que le zumban los oídos a Gil. Ni pex.

La máxima de Francis Bacon espetó dentro del ático de las frases célebres: “Dado el mal uso que se hace de ella, la lógica vale más para perpetuar los errores cimentados sobre el terreno de ideas vulgares que para conducir al descubrimiento de la verdad”.

Gil s’en va