Opinión

CDMX, pesadilla de una noche de verano

   
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Augusto Gomez Villanueva. (cuartoscuro)

De martes para miércoles soñé espantoso. Todo era extraño (yo bien original: un sueño extraño). Eran los años ochenta, y en vez de vivir en Guadalajara, donde vivía entonces, habitaba en la Ciudad de México. Y yo no era un joven, sino un casi cincuentón como soy ahora. Lo terrible del sueño era que la política de la capital la decidían apellidos como Muñoz Ledo, Gómez Villanueva, Pagés, Camacho... Citando al clásico: Fue horrible.

No puede ser, pensaba yo como cree uno que piensa cuando aun dentro del sueño lo que ocurre le parece inconcebible. No puede ser, qué hago yo metido en una situación donde el PRI es el que rige los destinos de la ciudad donde vivo.

Pero ahí estaba yo: viendo cómo en la asamblea capitalina se entronizaba ni más ni menos Augusto Gómez Villanueva. ¿Sigue vivo?, me preguntaba en el sueño. ¿No estaba retirado? ¿No quedó olvidado entre expedientes arrumbados de la reforma agraria?

No. Ahí estaba Gómez Villanueva, en mi pesadilla, a punto de asumir las riendas de una Asamblea, donde la mesa directiva la tendrían los decanos. Decanos, sí, porque así le decían en el sueño, decanos, una cosa media cursi que no desentonaba con otras cosas más que medio cursis que pasaban en ese mal sueño.

Porque ocurría que Gómez Villanueva (todo un 'dino' de los de antes) trabajaría (es un decir) a partir de un proyecto de nueva constitución para el Distrito Federal, que había sido redactado por los notables. Les dije que en el sueño todo era cursi, les juro que así les decían
–notables– a los que habían redactado la Constitución para una ciudad que yo sabía que durante décadas se declararía de izquierdas.

Esos notables habían sido convocados por un jefe de Gobierno, famoso en mi pesadilla por su afición a los gimnasios y a las pasarelas, y si la edad de Gómez Villanueva contrastaba con la edad de una ciudad vibrante, qué les voy a decir de los llamados notables, cuya edad promedio era de 61 años, donde sólo dos tenían formación en derecho constitucional (Pedro Salazar y Ana Laura Magaloni). Como lo oyen, era mi sueño: una Constitución que no era redactada por constitucionalistas, y donde si ya habían hecho un tutti frutti de notables les faltaron representantes de jóvenes y de los pueblos originarios, opinaba yo al ver la lista. ¿Quieren saber qué era lo más bizarro de mi sueño? A los notables constitucionalistas los coordinaba un siquiatra. Literal. Alguien que se parecía a Juan Ramón de la Fuente. Bien raro todo.

En el sueño todo era como en los años ochenta de antes del terremoto. Los diputados cerraban las puertas de Donceles a los ciudadanos. Los legisladores decidían a espaldas de la sociedad los proyectos urbanos que afectarían la vida de millones de personas. Los electores protestaban, pero los asambleístas ni veían ni escuchaban (ya saben de quién son los ochentenos derechos de esa frase) a vecinos hartos de la corrupción y de las componendas entre autoridades y empresarios.

En el sueño el presidente de la República era un ser todopoderoso en la ciudad, y el jefe de Gobierno era un regente que lo mismo prestaba el Zócalo para estacionar guaruras que se plegaba a los designios políticos de los priistas mexiquenses, que venían de Atlacomulco, como el ochentero profesor Hank.

Y la izquierda del sueño era muy parecida al PPS y al Ferrocarril. O eso me parecía en el sueño: izquierda amorfa y acomodaticia.

Menos mal que todo fue un sueño, pensaba yo al amanecer.

Twitter: @SalCamarena

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