Opinión

CDMX, el regreso del miedo

   
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asalto en periferico. (Especial)

El miedo ha vuelto a ser el tema de la conversación de los capitalinos. “¿Vieron el asalto que sacó Denise en la tele?”. “¿Qué tal el tuit del robo en pleno Periférico?”. “No manches con lo de la chava española. Júrame que tú nunca vas a tomar un taxi de la calle, primero caminas dos horas, júramelo”. “¿Te cae que de nuevo están asaltando en Constituyentes? ¿Y los polis que habían puesto?”...

Una serie de eventos delictivos que se han vuelto mediáticos le dan la razón a las estadísticas. Y viceversa: datos como los que han manejado Alejandro Hope o estudios como los dados a conocer por el Observatorio Ciudad de México (2016, el más alto en homicidios en década y media http://bit.ly/2deuOZo) hacen obvio lo obvio: el miedo chilango tiene fundamento mientras que el triunfalismo mancerista en la materia es de chocolate.

Unos amigos me decían que el miedo nunca se fue, porque son millones los que lo viven diario en el transporte público y las madrugadas.

Puede ser. Puede ser que sólo estemos ante el retorno del miedo de las clases medias y altas.

Por ello, para recordar cuán crudo era ese miedo de los años noventa, cedo la palabra a Antonio Ruiz Camacho, autor del extraordinario libro Los perros descalzos (Random House, 2015):

“A mi amiga no ha terminado de caerle el veinte, cuando estos hijos de su pinche madre ya la están madreando”, dice el curador, “clavándole los puños debajo de las costillas como cuando ablandas una almohada antes de irte a la cama. Acto seguido, se la llevan de ronda por varios cajeros automáticos”, explica, “obligándola a sacar todo el efectivo que pueda mientras le pican la parte baja de la espalda con un cuchillo, hasta que llega al límite diario en las tres tarjetas bancarias que lleva en el bolso. El güey que va al volante dice que tienen que esperar hasta la medianoche para continuar, y mientras tanto pasean a mi amiga por la Roma y la Doctores, haciendo tiempo (…).

“El conductor del taxi vuelve a arremeter contra el tráfico, y los tres hijos de su pinche madre se ponen a tragar mientras pasean por las calles”, prosigue el curador, “los tres cabrones y mi amiga apretados como sardinas en el vocho, que apesta a taco húmedo y sudor de puerco. Cuando dan por terminada la cena la medianoche no ha llegado aún, y están aburridos. Minutos después uno de ellos dice algo así como: ‘Oigan, güeyes, ¡nos falta el dulce! ¿Y si nos chingamos a esta pirujilla en vez de postre?’ ‘Nel. No está tan sabrosa’, dice el que va manejando, pero no tienen nada mejor que hacer hasta la medianoche, así que al final lo someten a votación y gana el sí”, dice el curador con la voz entrecortada. Hace una pausa, se le ve sobrecogido, parece que tiene dificultad para seguir adelante con la historia (…).

“Alcanza a escuchar a los hijos de puta cagarse de la risa, celebrando como locos en el interior del taxi. El güey termina, se pone en cuclillas al lado de ella, y le susurra al oído: ‘Nos vamos a quedar tu bolsa, puchita; si uno de estos días nos dan ganas de ir a visitarte ya sabremos dónde vives’. Se mete en el coche, y ella ve de reojo cómo el vocho desaparece en el horizonte. Y aquí viene la parte más deprimente de la historia, asegura el curador. “Una sensación de dicha que nunca antes había experimentado se apodera de ella cuando los ve desvanecerse en la oscuridad”.

Esta columna se toma dos días. Retornará el martes 11.

Twitter: @SalCamarena

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