Opinión

Catástrofe en Belo Horizonte

Gil nunca había visto una cosa así. En siete minutos el equipo alemán hizo añicos a la Selección brasileña, le anotó cuatro goles y la arrastró en el fango de la vergüenza; luego sacudió las redes tres veces más y tiró a la verdeamarela a un pozo oscuro, punto y se acabó el futbol brasileño en este torneo. Bastante hizo un equipo mediocre, extraviado, sin alma para tocar la orilla de la semifinal.

Los aficionados lloraban en las gradas. La mayor goleada que ha recibido la canarinha se la lleva en su casa, en la copa de la cual es sede y cuyo sueño voraz consistía en levantar el trofeo. La realidad suele ser cruel. El desastre había empezado el día en que el árbitro le regaló un penal a Brasil para facilitar su victoria ante Croacia; además, un golpe de suerte y tedio hizo que le arrancara un empate a México; luego derrotó al inexistente equipo de Camerún; más tarde ganó inmerecidamente ante un valeroso equipo chileno. Para llegar a la catastrófica cita con Alemania pateó a los colombianos a placer. Neymar terminó en el hospital después de una entrada criminal de Juan Camilo Zúñiga.

DESPUÉS DE LA BATALLA

Frente al desastre, después de la batalla, Felipao ha dicho que él es el único culpable de la catástrofe: “Esperaba que con Bernard, Hulk y Oscar podría organizar el medio campo. El primer gol nos desorganizó”. Siempre que se pierde, medita Gilga, todo se desorganiza.

En todos los juegos de Brasil no ha sido posible encontrar, si quitamos a Neymar y a Oscar, un equipo interesante. Hulk es un hombre diseñado para la halterofilia y no para el futbol; Marcelo corrió como un perseguido político por la banda; Fernandinho jugó de hoyo, una oquedad por la cual pasaba todo lo que fuera material, incluido el balón; David Luiz quiso cubrir aquel hueco enorme, pero era demasiado tarde, Brasil perdía por cuatro goles.

Gamés quiso imaginar a la presidenta Dilma Rousseff mordiéndose los nudillos y ordenando vigilancia extrema a su secretario de la Defensa. A medida que avanzaba el Mundial, se había olvidado que Brasil 2014 ha sido la copa militarizada, el torneo de la revuelta social, la contienda de los equipos vigilados por la policía militar. La presidenta de Brasil conocerá ese momento en el cual el deporte deja de serlo para convertirse en un barril de pólvora.

EL TREN ALEMÁN

El guión alemán se repite con variantes y elenco diverso: juega a ser débil en algún partido y luego se convierte, mientras madura la copa, en un gigante furioso. El tren alemán arrolló a Portugal, nada más le metió cuatro goles; en un juego trepidante empató con Ghana a dos goles; luego, le robó tres puntos a Estado Unidos con un gol y, en uno de los mejores juegos del campeonato, derrotó a Argelia dos a uno. Gil pronunció la frase clásica: media docena de ostión, pero aún cayó otro en las redes del portero Julio César, un arquero que trajeron de Toronto para cubrir la portería brasileña. La verdad, se notó su último domicilio.

Alemania, por cierto, juega un poco como Brasil, cuando Brasil tenía un gran equipo: un guardameta que dispone como líbero y ataja todo lo que le manden, una sandía, un melón o un trallazo de zapato privilegiado. Defensa de rufianes armadores entre los que se cuentan Hummels y Boateng; un medio campo de pánico: Khedira, Schweinsteiger, Oezil, Kroos o Lham; arriba, Löew puede utilizar a Müller, Schuerrle, Klose, Podolski o Goetze. Un equipo de la muerte y de los goles, del ataque sin piedad, un finalista y muy serio favorito a llevarse a casa la copa del mundo.

La máxima de Stefan Zweig espetó dentro del ático de las frases célebres: “La medida más segura de toda fuerza es la resistencia que vence”.

Gil s’ en va